viernes, 31 de diciembre de 2010

Actitud Cleopatra


Observando a cierta sujeta esta noche intuí una actitud Cleopatra. No me refiero a la gran urdidora de intrigas palaciegas sino a lo que por lo menos a mí me ronda en la cabeza cuando pienso en Cleo: una mujer recostada que come lánguida, sensualmente manjares increíbles. Con la mano izquierda los toma, mientras el brazo derecho se pierde al costado de la cabeza, como posando para un pintor inexistente.

Claro que Cleopatra es impensable sin un Marco Antonio dispuesto a pelearse con el mismísimo Augusto y toda Roma por ella, por sus encantos, por sus favores.

Les deseo a todos ustedes una actitud Cleopatra para el 2.011. Disfruten todo lo que les sea posible, después veremos qué hacer con las amenazantes legiones romanas. Si la figura les resulta demasiado placentera para los tiempos que nos toca vivir, es posible también una actitud Marco Antonio, llegando locamente hasta el final de las cosas por ella, y, si la fiesta termina mal, hasta el fondo de la propia espada también.

Que el mundo es difícil, la vida es corta, pero la imaginación y algunos goces, ilimitados.

Dejo algunas músicas pro 31 y….feliz 2.011!!!

lunes, 27 de diciembre de 2010

Un balance necesario

Termina el 2.010 y me encuentro balanceando entre lo bueno y lo malo, lo lindo y lo feo. Lo breve. Lo profundo. Lo fútil. Y noto que en este año me he elevado hasta tocar el cielo con las manos, pero también casi me he roto la crisma en los vaivenes de la vida. En cambio, en otros momentos el ascenso y el descenso fueron más cortos, previsibles y planificados.
Muchas veces sentí que me moví en círculos, sin avanzar, girando en falso y sin obtener ninguna recompensa. Otras me pareció que el suelo se me abría como si fuera una trampa de arenas movedizas que además no me dejaban ver el futuro, llenándome los ojos de lágrimas.
Conseguí ascender trabajosamente, escalón por escalón, para luego descender desde lo más alto, y al final de mi vertiginosa caída sólo pude beber agua porque otra cosa no tenía. En el final quise escaparme corriendo y me golpeé durísimo, y un ave -símbolo de paz- se me acercó en procura de auxilio y me tranquilizó.


Todo esto me sucedió en 2.010 y este es mi balance. Tal vez el año próximo no debiera prepararlo en una plaza, porque a pesar de ser un señor grande, me siguen gustando tanto pero tanto los juegos infantiles, que me roban todas las metáforas.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Yo te ordeno

Ordeno que dejes que clave mis ojos en los tuyos. Pupila con pupila. Ordeno que te relajes. Y ahora que te está dando sueño y estás bajo mi poder, he decidido que pararás de sufrir en estas navidades. Que te olvidarás de los problemas. Total, ellos también estarán distraídos pensando en sus propios ídem.
¡Relajate o te reviento! ¿hasta cuando pensás seguir así? Las lágrimas alguna vez se terminan, en cambio la risa no. Se puede morir uno de risa (tormento chino) pero nadie se muere llorando.
¡Si te querés morir te mato!


¡A tí te hablo, dama o caballero! te me emperifollas para esta hermosa navidad que se avecina, te preparas algo sabroso y pones regalitos en el árbol. A las doce brindas con quien tú deseas, quieres o extrañas. Porque también se puede brindar con quien no está. Estoy seguro, alguien te lo va a agradecer.


Y ahora, cuando dé un chasquido con mis dedos, olvidarás todo esto que te dije. Ya se introdujo en tu inconciente y el viernes resultará, inevitablemente. Claro que no podrás agradecérmelo porque lo habrás olvidado. Descuida. Quizás simplemente estoy cumpliendo el brillante designio de un astuto hipnotizador que hizo que bebiera de su propia medicina. Mi destino es el olvido, no la gloria. Pero yo no me olvido. ¡El veinticuatro estaré alzando mi copa por tí!
(Feliz Navidad)

jueves, 16 de diciembre de 2010

Mis problemas con las camisetas

El día que cumplí cinco años, alguien me regaló un equipo completo de Estudiantes de la Plata, club de moda en aquel entonces por haber ganado cosas importantes (ahora también) Se trataba de la camiseta, el pantaloncito, las medias y, por supuesto, la pelota con gajos rojos y blancos. Recuerdo que tenía pegada la camiseta de mañana, de tarde y de noche. No me la quitaba nunca hasta que mi madre, harta del asunto, me obligaba a cambiar de indumentaria. Los meses pasaron y la camiseta empezó a quedarme pequeña y los colores, a desteñirse. Las bandas rojas se fueron aclarando y las blancas, enrojeciendo. Como ya me estaba dando dificultades para ponérmela mi madre le hizo un corte con la tijera en la zona del cuello y así pude seguir un poco más, hasta que finalmente no hubo caso. Ya no me entraba y parecía de un club desconocido, por los colores indefinidos. Recuerdo que ya no podía inspirar por la presión de la tela, y el corte del cuello empezó a descender hasta transformar la camiseta en chaleco.

Hace unos días mi hija me regaló una camiseta. No es de un club de fútbol pero se parece a alguno de España, de esas blancas con las tiras negras. El enamoramiento fue instantáneo y allí empecé a repetir la historia, cuarenta años después. Claro que como ahora soy un poco más grande en seguida me ví en la necesidad de lavarla, lo cual hice a mano para evitar todo tipo de estrujamiento, manchado con otras prendas o cosas por el estilo. La puse en una percha y la llevé al balcón, para que el sol de primavera realzara el blanco inmaculado, y me fui. El día fue largo y la noche, tormentosa. Hubo truenos, rayos, viento y agua, un temporal hecho y derecho. Me olvidé de la camiseta y de que tal vez no la sujeté demasiado bien…
Llegué de madrugada y ella no estaba. Creí que me moría. Automáticamente miré hacia la calle (vivo en un piso alto) y por supuesto no había nada. Se me dio por buscar en la terraza del edificio de al lado y vi un bulto retorcido y blanco. Era ella. Bajé como un rayo. El problema fue que eran las siete de la mañana de un día feriado y el encargado no aparecía. Tampoco nadie que entrara o saliera. Estuve dos horas haciendo guardia, y nada. En eso apareció el encargado de mi edificio y me advirtió que en el otro no había portero, apenas una señora mayor que iba dos veces por semana y que además estaba enferma.
No me importó. Ya eran las diez y había intentado dormir un rato, sin resultados. Cada cinco minutos me asomaba al balcón para ver si estaba. Sabía que el primero que la viera al subir a la azotea se la llevaría sin miramientos. Bajé resuelto a despertar a todos los moradores. Era feriado pero ya era una hora más razonable. El edificio tiene veinte departamentos y toque todos y cada uno de sus timbres. Sólo contestaron dos vecinos. Una chica con voz de dormida que esperó que yo terminara mi numerito, y cuando le pedí que subiera a buscarla lacónicamente me contestó “no puedo”, y me cortó el portero eléctrico. El otro señor me dijo que casi ningún vecino tenía llaves de la terraza y también me cortó. Pasaron varias horas y la portera no aparecía. Tampoco nadie que entrara o saliera, porque me quedé allí hasta el mediodía. Empecé a sospechar si no sería un edificio fantasma o gobernado por alguna secta. Mi encargado empezó a intentar el recupero por su lado, la señora que me ayuda en la limpieza también, y nada. Era como si allí no viviera nadie. La angustia seguía y todo empeoró cuando volvió a llover. Me imaginaba que el deterioro era inminente, como el de Gregorio Samsa debajo de su cama. Pensaba que la camiseta se despedía de mí como Di Caprio cuando se hunde con el Titanic.
Esto fue un miércoles. Ya era sábado y casi había desistido. Estaba hablando por teléfono, recién me había despertado y me pareció oír un murmullo. O tal vez fue un pálpito, pero me fui hacia el balcón y abrí la ventana con algo de furia. En la azotea habían unos operarios de televisión por cable y un vecino. Pero la camiseta ya no estaba. Comencé a gritarles pero no sabían de donde venía mi voz, porque me encontraba arriba y al costado de ellos: ¡Muchachos! ¡Muchachos! ¡Acá arriba! Les gritaba. Por un momento habrán pensado que era Dios quien les hablaba, pero no. Era yo desde el balcón.
Les pregunté por la camiseta y me dijeron que sí, que la habían encontrado. No podía esperar a que llegara el ascensor. Y casi me meto al edificio de al lado al ver la puerta de calle abierta. Minutos después llegó el vecino con mi camiseta, un poco sucia pero sin roturas. La llevé de inmediato a la tintorería y ahora la tengo puesta, por supuesto, mientras escribo estas letras.






Dedicado a Angel, del café de la Farmacia, que estuvo atento al desarrollo de la historia de la camiseta

sábado, 11 de diciembre de 2010

Necesito Viagra

Estoy inapetente. No doy nada, no recibo nada. ¿Qué me pasará? No lo sé, pero sí sé que es la primera vez que me sucede, o al menos no recuerdo otra vez. No tengo ganas de nada, pero de nada nada que tenga que ver con las letras. Cero poesía, cero relato, cero libros, cero blogs amigos. Necesito un Viagra literario. Y es urgente. Sólo escucharé a productores, creadores o a simuladores de literatura. Intermediaros abstenerse.

“Siéntate en el umbral de tu puerta y verás pasar el cadáver de tu enemigo”

Científicos de la Universidad de Massachusetts (Arizona) han llegado a la conclusión de que este aserto se materializa en el 0,0023 % de las veces en que es puesto en acción. En efecto, de arranque nomás hay que restarle el 50% de posibilidades, ya que si los dos enemigos intentan aplicarlo, uno de ellos indefectiblemente fracasará. Al 50 % ganador hay que restarle la gente que no vive en casas y que si se sientan en el umbral de su puerta sólo verán a la vieja del 6º “A” que es insoportable pero no alcanza para ser enemiga y que además, cuando se muera, nadie se enterará porque vive sola. Ya nos está quedando algo así como un 20%, de los cuales el 95% ni siquiera sabe qué es tener un enemigo, porque en estos tiempos de anomia no tener enemigos parece ser una virtud zen, cuando cualquier persona de otros tiempos siempre supo que el número de enemigos es directamente proporcional a la huella que intentamos dejar: los líquenes no tienen enemigos, por ejemplo, y así les va.
En síntesis, cuando algún fulano (con aire pretendidamente oriental) le suelte esta frase al verlo a Ud. enojado con su compañero de oficina que le roba el liquid paper, siéntelo de un cortito al mentón y dígale “ahora esperame sentado vos, jetón”
No sé si servirá de algo, pero que descarga tensiones, descarga.

Alguien que me lo explique

¿Por qué las mujeres que llevan paraguas los días de lluvia insisten en ir bien pegadas contra la pared, y cuando uno -que viene de frente y por supuesto sin paraguas- intenta guarecerse contra el mísero techito de la vieja casa y se interpone en su camino lo miran enojadas por su falta de caballerosidad, ellas que viene secas y espléndidas? ¿eh?

sábado, 4 de diciembre de 2010

Sábado de gloria

¿Hay algún momento más lindo que el sábado al mediodía? ¡Para mi que no! Los negocios esperan a los clientes con alegría. Nadie parece estar triste y si el día acompaña nos podemos tomar un cafecito en la vereda del sol.
La noche de sábado promete sueños que tal vez no se cumplan, pero mientras la esperamos podemos sentirnos jóvenes, optimistas, casi casi inmortales.

Total mañana será otro día -más precisamente domingo de ceniza- y ya tendremos tiempo de sabernos breves, pequeños, grises.
¡Aprovechá el sábado! ¡Usá esa sonrisa abollada que tenés en el bolsillo! Que si te la ponés seguro que llama a la hermana risa y, si tenés suerte, la vida te de un beso. Y sabemos como son los besos de sábado. No son besos de madre, no son como el beso de Judas. Ni siquiera un besamanos. Son besos diferentes.
¡Porque hoy es sábado!