domingo, 29 de mayo de 2011

Peces globo

Iré al fondo del mar

Bien abajo bien abajo

Que peces globo extraños venenosos

Me miren espantados

Donde no llega la luz

Un poco más

Que los pulmones me odien

Que mis oídos exploten

Un poquito más

Total si lloro

Quien lo va a notar

Los peces globo extraños venenosos

No beben lágrimas dulces

Y cuando sienta que ya muero

Mis manos tocarán el cielo

(digo el suelo)

El Titanic

El tesoro

Porque todo tiene fondo

Incluso los barriles

Y entonces sí

Me plantaré

En ese otro mar de algas

Ataré un pez globo venenoso en mi muñeca

Daré un salto subacuático

Subhumano

Emergeré majestuoso

Medio muerto medio eterno


Y me reiré.


jueves, 26 de mayo de 2011

Aventuras de un copista

En “Bartleby y compañía” Vila-Matas nos recuerda la historia del escribiente de Melville, aquel que vivía en la oficina donde trabajaba y ante cualquier requerimiento contestaba preferiría no hacerlo.

Luego se refiere a Juan Rulfo y Augusto Monterroso, anónimos copistas en Ciudad de México, aterrorizados con la idea de que el jefe los despidiera para siempre. O Robert Walser, que trabajaba de amanuense en una increíble “Cámara de Escritura para Desocupados”

Me quedé reflexionando mucho en esa actividad menor, monótona y olvidada en estos tiempos, hasta que caí en la cuenta de que yo también fui copista una vez.

En realidad era una tarea contable, pero sí que era un amanuense. Fue mi primer trabajo, hace 25 años, incluso un poco más, y fue en la administración pública. Había una planilla de gastos diarios que debía pasar a una especie de libro mayor donde las columnas se sumaban y el ejercicio era anual. Cuando llegué por primera vez, un jefe parecido al científico de la peli “Volver al futuro” me dijo que el empleado que hacía el trabajo antes que yo llevaba el libro con seis meses de atraso. El tipo estaba loco. No me refiero al Jefe (que también lo estaba) sino a mi antecesor, quien me enseñó la tarea mientras me explicaba por qué el nazismo era la solución a los problemas mundiales. Finalmente se fue de la oficina y yo quedé a cargo del mamotreto. Al inicio, como todo principiante, me esmeré en mi trabajo, y llegué a estar solamente un mes atrasado. No era tan difícil, había que sumar unas decenas de planillas y volcar el resultado en el libro, día por día, apuntando cada asiento con letra clara y prolija. Haciendo una semana por día, tarde o temprano podría actualizarlo. Pero un mediodía de diciembre se hizo un almuerzo para festejar el fin de año, y volví a trabajar un poco bebido. Las cuentas no las revisé y el libro dejó de parecerme fiable. Se lo dije al Jefe y me contestó que eso estaba previsto, que de ninguna manera se podía confiar en los números que arrojaba esa contabilidad desde el momento en que un demente lo llevó por años. Es más, el buen hombre me dijo que él hizo ese trabajo cuando empezó hacía más de tres décadas, y todos sabían que el libro daba cualquier resultado. Pero había que hacerlo ya que así eran las reglas. Sin importar las cifras que arrojaba porque no se utilizaban para nada.

Saber eso no ayudó a mantener mi esmero. Empecé a volcar las cuentas sin revisar, aunque a veces el resultado me daba en millones de pesos. Incluso comencé a atrasarme (hasta un año, por lo cual fui delicadamente reprendido) o probaba diferentes letras y números, muchas veces desprolijos y coronados por una que otra mancha de café sobre las tabuladas páginas.

Cuando mis estudios avanzaron decidí renunciar. El libro tenía seis meses de atraso, exactamente el mismo tiempo con que lo recibí tres años antes, lo cual me pareció muy relevante.

Una década después pasé a saludar por la oficina. El Jefe parecido al científico de la peli se había jubilado y una amiga me fue contando qué fue de la vida de cada uno de los compañeros comunes: renuncias, pases y retiros dominaron sus destinos. Algún fallecimiento también, naturalmente. Casi al final le pregunté por el libro que yo escribía, y me contó que no se llevaba más, que ese trabajo se hacía por computadora, la cual era infalible y siempre estaba al día, lo que me dejó un poco triste.

Ya me iba y pensé en algo que me alegró. En la administración pública no se arroja la documentación respaldatoria por cuestiones legales, de modo que en alguna burocrática catacumba habrían de estar archivados tres enormes libracos manchados de café y que está lleno de resultados tan fantásticos como inútiles, sumados de mi puño y letra caprichosa. Y ahora esa tarea vana me llena de orgullo, porque me hace pertenecer a una categoría integrada por cientos de personajes anónimos y grises, visibles apenas por uno que otro Rulfo, Kafka o Pessoa, hermanados todos en el enigmático escribiente de Wall Street que, ordenara lo que le ordenase el jefe, inexorablemente contestaba “preferiría no hacerlo”

Ese sujeto, en la oficina que yo integré, no hubiera desentonado en absoluto.

viernes, 20 de mayo de 2011

Prohibido tocar los libros

Al Hurgador de Libros le gusta ese parque de la ciudad. No tanto por lo que es, sino por lo que significa para él (aunque para Borges probablemente sea la misma cosa)

El parque ha sido siempre un paraíso de libros viejos, perdidos o encontrados. De los mil puestos del lugar hay uno que le atrae especialmente: lo regentea una enigmática señora que -contraviniendo una regla pacífica y universal- no permite que nadie entre en contacto directo con los libros a través de los sentidos del tacto y del olfato. En efecto, a las hileras de volúmenes los tapa con un nylon, quedando condenado el visitante al engañoso sentido de la vista o a la inquisición verbal. Y no conforme con semejante profilaxis (¿será esa una práctica de libro seguro?) la proveedora corona su puesto con un cartel semiapocalíptico que reza “PROHIBIDO APOYAR COSAS EN LOS LIBROS”

Al Hurgador siempre le llamó la atención el recurso empleado para imponer distancia, ya que la atmósfera parece justificar mejor un “PROHIBIDO TOCARME LOS LIBROS”

Toda la situación indigesta al inquieto caballero, y así, dubitativo, se queda como expectante, momento en que la señora le pregunta qué busca y él, lacónicamente, le responde con un “nada”, da media vuelta y se va. Esta situación se repite hace diez años todos los sábados, de marzo a noviembre.

Sin embargo en la última visita una voz interior contestó por él: “Cualquiera de Robert Walser”. El efecto que causó, una vez más, sorprendió al Hurgador. La señora, lejos de alegrarse por el cambio de ceremonia (acercamiento, duda, pregunta y respuesta inapelable: “nada”), se violentó y respondió, estentórea: “NO TENGO NINGUNO DE ESE AUTOR”

El Hurgador sintió un ligero vahído (como todos los vahídos) y se retiró, no sin antes juramentarse volver al puesto en pos de eterna venganza. Para ello organizó un plan meticuloso y variado:

El primer sábado de cada mes le preguntará a la señora si tiene un libro imposible, como por ejemplo cualquiera de Bruno Schulz o los Doce Poemas Mortales de Recúpero.

El segundo sábado hurgará un poquito levantando el nylon, y ante una hipotética reprimenda alegará no haber incurrido en la conducta prohibida, puesto que se cuidará de apoyar sobre los libros objeto alguno.

El tercer sábado mantendrá su rutina decenal y le contestará que no está buscando nada (es que las costumbres procuran insistentemente su conservación)

El cuarto sábado de cada mes planificará algo verdaderamente especial: le regalará una rosa a alguna dama que deambule por los puestos –en lo posible extranjera, ya que como leyó del inhallable Walser: “todo lo extranjero, no sé por qué, tiene cierto sello de nobleza”- y le rogará que deposite lacónicamente el pimpollo sobre los libros de la malvada Elphaba devenida en librera, para desentrañar así su cosmología: ¿será la flor para la pérfida tan cosa como un maletín, un paraguas, un bolso o un capote militar?

Pero si el mes tuviera un quinto sábado, El Hurgador descansará. Tal vez, leyendo un libro en el banco de una plaza que no signifique nada para él.

miércoles, 18 de mayo de 2011

¿Qué hago en Plutón?

Que el colectivo 343 tiene un recorrido largo y sinuoso nadie lo discute. Lo que nunca pensé es que quedándome dormido iba a terminar en Plutón. Una frenada fuerte y me desperté. Sobresaltado bajé en la esquina y ahí me di cuenta. Básicamente porque hace un frío espantoso y porque un cartelito todo cubierto de nieve dice “Welcome to Pluton”

Cuando digo que hace frío, es porque hace frío: doscientos diez grados bajo cero (en verano) Decir que me dejé el piyama debajo del pantalón y el pullover y con eso tiro. Es de noche la mayor parte del tiempo y bares no se ven. Por suerte la blackberry me deja mandar sms, quería avisarte para que no te preocupes. El 343 que vuelve tendría que pasar cuando amanezca, el problema es que me parece que acá amanece poco. En fin, en cuanto me cruce con alguien le pido un pucho y con el humo del tabaco seguro se me calienta el cogote un poco más. Pensándolo bien, mi casa no es tan fría.

Bueno, decile a mi vieja que estoy bien y preguntale si me cosió el agujero del guante. La próxima vez que me tome el bondi me los pongo. Encima en el que vine había una ventanilla rota y entraba un fresquete…es que Plutón no es joda. Es tan frío como Necochea en julio, como mínimo. No te enojes si el SMS me quedó largo. Es lo único que tengo para hacer hasta que aparezca el transporte. Y me ayuda a no pensar que tengo $3,25 en monedas y el pasaje Plutón Liniers me parece que estaba a $3,50…¿Me dejará subir el chofer?

sábado, 14 de mayo de 2011

Una pesadilla de Kant

Immanuel Kant soñó que caminaba por una oscura calle de Berlín y alguien lo seguía. Apuraba el paso pero no conseguía perder de vista al extraño. Finalmente éste lo alcanzaba y le decía que era Jesús. Lo invitaba a recorrer el cielo y el infierno; podría hablar con cualquiera que allí encontrase. Immanuel aceptaba y descubría que ángeles y demonios eran muertos que habían optado por continuar siendo tal como eran en la tierra. Y que los que estaban en el cielo no sólo eran justos, sino también inteligentes (allí se hablaba de teología) En cambio el infierno estaba habitado por los que amaron la oscuridad en la tierra. Pero nadie sufría condena o gozaba de salvación eternas, todos podían elegir dónde estar. Alguien le comunicaba que los muertos no se enteran en seguida de que lo están; que los probos comienzan a ver y oír con mayor intensidad que cuando eran simples mortales. Y que en el cielo la luz es mucho más potente que en la tierra. Esa intensidad sensorial los volvía más sabios. Recién entonces advertían dónde estaban.

Por un demonio descubría que en el infierno los sentidos se veían disminuidos y ninguno de sus moradores percibía sus propias imperfecciones. Allí se disfrutaba del robo y la mentira y volvían a encontrarse los malvados terrenales. Ese ser infernal le indicaba a Kant que debía escribir en la tierra que “todo espíritu, bueno o malvado, vive en su propio deleite, el bueno en el deleite de su bien; el malvado en el deleite de su mal” Los demonios eran horribles, llenos de excrecencias y fístulas pero claro, ellos no se daban cuenta y se reputaban hermosos. Sólo los ángeles los veían tal cual eran.

Cuando Kant se dio cuenta de que fue un sueño, recordó que él mismo escribió que todos al despertar reconocemos la irrealidad de lo que soñamos. Que conocer a Dios no le ha sido dado al hombre y por eso Él es indemostrable. Que cualquier contacto con Dios es mero fetichismo religioso, falso de toda falsedad. Tomó un vaso de agua para recuperar la razón y se acostó de nuevo. No había terminado de dormirse cuando descubrió que alguien lo acechaba otra vez por las calles de Berlín. Era Jesús, y lo llamaba “Emanuel” en lugar de Immanuel. Kant apresuraba el paso pero el Señor insistía y le recordaba el significado de su nombre: “Dios está con nosotros”. Con espanto comprendió Kant que en su sueño recurrente ya no era Immanuel Kant sino Emanuel Swedenborg. El hombre que viajó al cielo y al infierno invitado por Dios y volvió para contárselo al mundo. El visionario. El loco. El último hombre en la tierra que Kant hubiera querido ser y sin embargo estaba siéndolo todas las noches en sueños horrorosos, reales.



domingo, 8 de mayo de 2011

Las regiones inferiores

Me gusta Vila-Matas. Recién lo empiezo a leer y ya me gusta. Me gusta que le guste Gombrowicz y que haya querido ser como él antes de haberlo leído. Y eso justifica que ya disfrute de su escritura, aunque apenas haya leído la mitad de dos de sus libros: eso sí, en simultáneo. Me gusta lo que escribe Vila-Matas y me gusta que a su Doctor Pasavento le gusten Robert Walser y sus regiones inferiores: “Si alguna vez una mano, una oportunidad, una ola, me levantase, y me llevase hacia lo alto, allí donde impera el poder y el prestigio, haría pedazos a las circunstancias que me hubieran llevado hasta allí y me arrojaría yo mismo hacia abajo, hacia las ínfimas e insignificantes tinieblas. Sólo en las regiones inferiores consigo respirar”
Dice Pasavento que “lo que en realidad hacemos cuando caminamos por una ciudad es pensar” y tiene razón. Por lo menos en mi caso. Hoy. Caminaba por Buenos Aires y mientras miraba sin ver pensaba que me gustan mucho las personas que doblan por el costado contrario al de la notoriedad y se refugian en los subsuelos. Ernesto Sótano, le decía socarronamente Borges a Sabato, por su deleite por los túneles y las tumbas, aunque parece que a Don Ernesto le gustaba la superficie más que a Don Jorge Luis. El mismo Gombrowicz se jactaba de su sangre noble, quizás para contrarrestar su timidez. Porque esto no impide que me gusten los autores vanidosos, claro. Pero pienso en Bruno Schulz pintando y escribiendo sin mayor interés de salir de su Drohobicz natal. O en Kafka, ordenándole a su amigo Brod que quemara todos sus escritos. O en Pessoa con su no querer ni poder ser nada. A mí también me gustan las regiones inferiores. Y aunque el talento no tenga nada que ver con la posición en que el escritor se siente en el teatro de la literatura, me siento más cómodo con los que no se matan por un palco, al costo de alejarme un poco de Hemingway, Onetti o Cela, a quien aún no he leído tal vez por eso. A las regiones inferiores las veo allá arriba, en el paraíso del teatro (o gallinero según los que no suben nunca)

Si resulta que Vila-Matas no es así sino solamente es así su Doctor Pasavento, no me importa. Lo que a mi me importa de él es lo que diga en sus libros. Allá, en el paraíso, donde el escenario se adivina más que lo que se ve, Kafka, Schulz, Walser o Borges, hablan poco de sí mismos y de su obra. Porque son tipos comunes cuando no escriben. Artistas que en lo oscuro son como cualquiera de nosotros, los que navegamos anónimamente por las regiones inferiores.




Dedicado a Alejandra Moglia y su excelente blog que me dieron el alerta Vila-Matas.

domingo, 1 de mayo de 2011

El maestro de checo


Que el patrón me de tres florines extra para enseñarle checo a su hijo es increíble. Más todavía que por ello deba salir dos horas antes de la tienda. Incluso me sirven café con leche con medialunas durante la clase. Yo lo haría gratis con tal de escaparme un rato antes de ese trabajo aburrido. El niño es pequeño, tiene doce años. No sabe las cosas que yo sé a mis dieciséis. Pero me divierto con él, es muy vivaz. Sus padres son muy buenos y me llevaron de vacaciones con la familia. Aunque ellos sean judíos y yo cristiano, aunque ellos tengan dinero y yo no, nada de eso le importa a don Hermann. A mis amigos no les digo que soy aprendiz de su tienda, sino que soy el maestro de checo del hijo. Claro que no soy maestro, si ni siquiera acabo la escuela. Pero cuando el director no está me pone al frente de la clase, puedo hacerlo y me gusta.
Y además, al terminar la lección nos vamos un rato de paseo y hablamos de cualquier cosa. Ellos se sienten alemanes, por eso el niño tiene problemas con la gramática checa aunque haya nacido aquí. Lástima que metí la pata con ese libro. No debí contarle a Frantik nada sobre la vida sexual de los matrimonios. Pero es que él es muy imaginativo y me preguntó sobre la belleza. Nunca nadie me había preguntado qué me parecía bello. Y dije que tener un matrimonio feliz me parecía hermoso. En realidad no sé por qué habría de serlo, pero eso decía el libro y lo repetí. Frantik se quedó mirándome sin entender demasiado, porque a él le pareció bello el pequeño estanque, con sus flores y sus peces. Eso sí, estoy seguro que ellos son una familia feliz. Por eso y porque no le falta nada, envidio un poquito a Frantík. Su padre es muy cariñoso con él y siempre bromea conmigo, nunca me regaña en el trabajo. Pero el niño no habrá entendido lo que le quise decir y seguro que les preguntó a ellos. A su madre no debe de haberle gustado lo que hablamos. Por eso creo que me dijeron que no serían más necesarias mis clases y que ya había un profesor de checo en la escuela alemana de Frantik. Igualmente don Hermann sigue siendo amable y bromea conmigo en la tienda. Pero ahora soy de nuevo un simple aprendiz. Y a mí me gustaba más pasear con Frantik. Los dos nos llamamos Franz, eso le divirtió mucho a Frantik cuando nos conocimos. Pero mi apellido es Bašík y el de él es Kafka. Ojalá tuviera yo un padre como el de él, que bromea y me da café con leche con medialunas. Franz es muy afortunado.

Basado en “Yo también me llamo Franz” de František X. Bašík
Foto: Franz Kafka a los 13 años