jueves, 30 de mayo de 2013

Escuchar a Cortázar


Escuchar a Cortázar es condenarse. Lo repito, para eventuales transeúntes distraídos: escuchar a Cortázar es condenarse. Condenarse a que su voz nos acompañe cada vez que lo leamos. Leer "Torito" es escucharlo leído por él, con sus egues preexistentes a París. Yo, por ejemplo, nunca, pero nunca más, podré leer solamente con los ojos un cuento o una novela de Cortázar. Cada vez que abro Rayuela siento que está él a mi lado, o un poco más atrás, leyéndomela. Hace un instante me dijo: "sentía una especie de ternura rencorosa, algo tan contradictorio que debía ser la verdad misma"  "yo no sé si usted ha tenido alguna vez quince años" "la vida, proxeneta de la muerte, espléndida baraja, tarot de claves olvidadas que unas manos gotosas rebajan a un triste solitario"

Vaya esta advertencia para los que nunca escucharon a Cortázar: si prefieren leerlo en la forma corriente, deben prescindir de su audición sin remordimientos. Porque si le prestan oídos una sola vez,  se los robará para siempre, a modo de condena. Condena que es -parafraseando a Jorge Guillermo Borges- mucho más dichosa que cien absoluciones amargas.




 

jueves, 23 de mayo de 2013

Continente libros

Se me desordenaron los libros de la biblioteca. Esa  manía de buscar algo y dejar apoyado el volumen en la mesa, sin devolverlo a su lugar. A veces aprovecho los más gordos a manera de pesas o de banquito, ya que están paseando. Nada tremendo debiera costarme, es apenas mover un peón, ponerlos de nuevo en la fila, aunque tenga más libros que estantes.
Dentro de los libros, papelitos. Con un argumento no concretado, una cita olvidada; un boleto de colectivo, una apuesta de quiniela, cuentas pagas; o un número de teléfono críptico, sin ningún nombre (y si llamo a ver quién es?) El comienzo magistral de un cuento de nunca acabar, o una poesía escrita en una servilleta. Un asunto de trabajo que tenía pinta de esencial pero ya no. Monedas no hay, billetes tampoco (Borges guardaba ahí su dinero y mucha plata se le extraviaba luego en los glaciares del olvido) Una foto con mi viejo y sus amigos, que creía perdida, reaparece dentro de un libro que no leí.
De todo hay en mis libros, además de subrayados propios y ajenos (¿qué le habrá visto a esta frase? ¿Por qué no marcó esta? ¡aquí sí que acertó!) y antiguas dedicatorias perdidas (cartas, ya no)

Me gustaría que un día sucediera al revés. Y así, al abrir la cuenta del teléfono, me tropezara con Las flores del mal. O que el colectivero me diera junto al boleto un viejo ejemplar de Los verdugos. Y en la agencia de quiniela, después de haberle puesto diez pesines al doble cero asomara, tímido, un cuento de Cortázar.

A lo mejor no di con los lugares correctos, vaya uno a saber

miércoles, 15 de mayo de 2013

La chica mala y el detective


En las novelas de detectives hay dos clases de chicas. Las chicas buenas o malabuenas, a veces regenerables y a veces no, son una de esas clases. El detective se enamora de ellas y se empeña en salvarlas, generalmente sin importarle quien pagará sus servicios. La historia suele terminar bien. Luego tenemos al grupo de las chicas malas. Están involucradas en el crimen, son rubias, infieles, atractivas pero banales. Se dan cuenta que el detective está bien encaminado en su pesquisa y lo tientan con dinero. Ven que eso no funciona entonces le ofrecen una copa, se cruzan de piernas, lo animan a que pase “algo”. Pero el detective las rechaza, les recrimina su accionar y ellas lo detestan profundamente. Pueden morir antes de terminar la novela, el detective resuelve el caso, tal vez se esfumen o acaben en la cárcel.
Me gustaría que alguna vez fuera distinto. Que el detective, sin desviarse de su principal cometido, le aceptara el dinero a la mala. Y luego no solamente su copa sino también su cuerpo y a la mañana siguiente resolviera el caso, aunque debiera inculparla. Supongo que eso no sucede porque en tal caso el accionar del héroe perdería eficacia moral. Tal vez, pero es un detective, está  al borde del bien y del mal y podría vérselo también alguna vez como el estafador de una estafadora. Finalmente resolverá el caso, ¿quién se puede enojar si retoza un poco con la rubia mala? Pero no, el tipo va por la novela como si fuera un mártir, a lo sumo se quedará un poco con la chica buena o malabuena y nada más…


sábado, 11 de mayo de 2013

Los peces


Por qué será que aún los peces
muerden impasibles sus anzuelos?

Mientras me hundo a lo profundo
De mis cosas
Olvidé que en cualquier parte
De aquí abajo
El brillante metal  sigue esperando
Por los peces

sábado, 4 de mayo de 2013

Un incidente en el Chino


Reconozco que no era para tanto. Pero me molestó que todos hicieran oídos sordos a mi reclamo. Me pareció imprudente que no hubiera ninguna Quilmes Stout fría en la heladerita del chino. Steven, el dueño, leía impertérrito. Así que, sólo por llamar la atención y para remarcar mi disgusto, le pegué un botellazo de Quilmes Bock (esa sí la tenía fría) en la cabeza. Por los gritos entendí que Steven había acusado recibo de mi malestar, pero nunca esperé la traición de la empleada local, tan muda como Steven y que no sé por qué yo pensaba que teníamos un código. La muy bandida me clavó uno de los cuchillitos Tramontina (que están en oferta por docena) en mi omóplato izquierdo (no paró hasta el hueso) Me la saqué de encima con el pico roto de la botella en su garganta (un poco de sangre también le saltó) pero Steven ya tenía ánimos como para contestarme con un champagnazo en mi frente (el desgraciado eligió la marca más barata) Alguien llamó a la policía y nos llevaron al hospital. A juzgar por el consigna de la puerta, creo que luego terminaré en la cárcel (ellos no y me parece injusto) 
Me dijo el enfermero que cuando la poli se fue, desaparecieron del fondo del súper tres docenas de Quilmes Stout. Y que tampoco estaban frías.