viernes, 28 de junio de 2013

Periplo de Rayuela (50 años)




El Hurgador de Libros estaba en la feria del Parque Centenario haciendo su trabajo. Cuando encontró sin buscar “Papeles de Macedonio Fernández” se alegró, y si bien la tarea estaba cumplida, no pudo resistir la tentación de continuar merodeando en el puesto. Le gustaba la memoria de la vendedora que respondía de inmediato si tenía o no los libros que los visitantes le requerían, sin consultar listas ni pilas de volúmenes. El Hurgador ya se aprestaba a comprar el libro encontrado, y en eso llega una señora y pregunta por “Rayuela”, de Julio Cortázar. Pero no buscaba cualquier edición. Ella quería la que tiene el dibujo de una rayuela en la tapa. Al Hurgador le gustó ese interés específico y escuchó cuando la señora le explicaba a la vendedora que era un pedido de su hija. La librera le dijo que sí lo tenía y en un segundo lo puso frente a sus ojos. El ejemplar le pareció hermoso al Hurgador de Libros. Castigado por el tiempo, pero digno. Y el interés de la madre por cumplir el deseo de su hija, estimulante. Historia cerrada con final feliz, pensó. Pero la interesada frunció el ceño. Preguntó si no le faltaría alguna página. Le pareció muy viejo. Desconfió. La vendedora le dijo que tenía otras ediciones más modernas. Incluso tenía uno nuevo, impecable, envuelto en celofán. Ahora la madre tenía tres Rayuelas ante sus ojos morosos, de distintos tamaños y colores. La “Rayuela” con la rayuela en la tapa se había empequeñecido. La señora insistía en que su hija quería ese, pero no estaba convencida. Para peor, la vendedora suspiró por la cantidad de personas que habrían leído ese volumen, y en lugar de acercar el interés de aquella, lo alejó. Como era la primera caseta de la fila, la señora decidió caminar un poco más. A esta altura es menester aclarar que al Hurgador de Libros no le gustó su desconfianza. Nunca entendió bien por qué hay personas que buscan algo y cuando lo tienen frente a sus ojos, automáticamente se pierden en una especie de marasmo. Puede comprender eso ante la posesión de la cosa, como el juguete que un niño abandona luego de interminables aventuras. Lo que no se explica El Hurgador es la inmediata insatisfacción ante la mera visualización de lo deseado. Y esa actitud provocó su propio interés. Cuando la compradora comenzó a dar vueltas, su boca se empezó a llenar de agua, sus rasgos se endurecieron. Mutó de Hurgador a Cazador. Ni bien giró la interesada hacia el puesto siguiente, indagó por los principios morales de la vendedora, que como todos sabemos, están completamente ausentes en el decálogo del arte de la compraventa. El ejemplar de Macedonio (124 páginas) salía quince pesos, que sumados a los increíbles diecisiete de Rayuela daban treinta y dos. El Hurgador, con prisa, puso cuatro billetes de diez ante los ojos de la vendedora, que no tenía problemas de moral, pero sí de cambio. Con el rabillo del ojo izquierdo El Hurgador notó que la madre ya volvía, decidida a confirmar la venta. Era menester liquidar la operación de inmediato, entonces sumó un tercer volumen (La Risa, de Bergson, que salía diez) no sin antes regatear dos pesitos para redondear los cuarenta. Se cruzó con la madre y le sonrió con cierta malicia porque sabía que la desazón se apoderaría de ella tres pasos más adelante. Pudo sentir el índice vengativo de la vendedora señalando a su espalda quien acababa de llevarse la “Rayuela” de su hija. Apuró el paso y cruzó el Parque Centenario, pero no podía esperar más para revisar su botín. Se detuvo en un banco y empezó a observar los libros. Entonces una pena anuló su felicidad pueril: en la página 435 de Rayuela había un sello borroso, pero que El Hurgador alcanzó a descifrar:

“Instituto...................- Incorporado a la Enseñanza Oficial”

Comprendió de inmediato que el libro, hacía muchísimo tiempo, había sido robado de la biblioteca de una escuela. Entendió también que eso, tarde o temprano, lo llevaría a devolver el libro al lugar de donde no debió salir. Alentó una última esperanza, porque era un colegio privado: tal vez no existiera más, con los vaivenes de la educación argentina. Lo buscó y allí sigue, en el barrio de Flores. Le queda al Hurgador de Libros decidir si lo va a devolver antes o después de leerlo. Siempre tuvo una deuda con Cortázar, al cual leyó y apreció bastante, pero no lo suficiente para amarlo sin reservas, como sabe que se merece el querido Julio. Y siendo que le faltaba su novela principal, era un acto de justicia leerla. Seguía cavilando desilusionado cuando lo comprendió. Todo lo que acababa de vivir había ocurrido para que se produjera un acto de justicia poética. Haber estado en ese puesto de libros viejos, admirando la memoria de la vendedora; escuchar la tierna historia de la madre preocupada pero dubitativa; su pequeño acto de maldad depredadora: todo eso había ocurrido simplemente para que El Hurgador repusiera el libro al lugar que le pertenece y que había perdido por décadas. La biblioteca de una escuela, donde seguramente, quiere creer El Hurgador, aún se juega a la rayuela.

martes, 25 de junio de 2013

Los muertos laterales


Hay personas que nos pasan por la vida de costado, y cuando mueren, muy de vez en cuando, las recordamos. No se trata de parientes o amigos cuya pérdida nos arrasa. Estos seres dejaron una huella pequeña en nuestros corazones, pero que no se borra. Una tía que en realidad no era nuestra tía sino la tía de alguien querido y que nos invitaba a merendar. O el amigo de un amigo, con quien compartimos partidos de fútbol, o un asado. Personas que al nombrarlas porque llegaban no podíamos menos que sonreír, y al evocarlas, también.

Son nuestros muertos laterales. Actores de reparto en nuestras vidas que dijeron su letra a la perfección y se retiraron de la escena justo cuando el implacable guión lo impuso. Esos que salieron al costado de la foto, tan atrás, que apenas se ven. Esos que muy de vez en cuando, como esta noche, recordamos.

domingo, 23 de junio de 2013

Sfogliatelle


El tipo golpeaba a tu puerta
Con sfogliatelle en una mano
Y muerte en la otra
Y lo más curioso era
Que podía dejarte a ambas






sábado, 22 de junio de 2013

El mundo blog ha muerto




Dicen que el mundo blog ha muerto
Que ya nadie lee  
Lo que en él se escribe
Que es google quien comenta
A través de grises empleados
Que se apiadan
De los que persistimos
En el error


martes, 18 de junio de 2013

Vindicación del Varela Varelita



Varela
Varelita es un
Bar
Abarca
Varios
Valores
Va Strafacce
Va Varlotta
Varios más
¡Varita mágica!
Buenos Aires
Vuela por las mesas
Varelianas
Varelitanas
Viernes sábado
Volveré y seré
Varela.



viernes, 7 de junio de 2013

El asesino era el intérprete


No me acuerdo si las cosas sucedieron exactamente así, pero Borges dijo que los hechos continúan existiendo en el recuerdo y no se mantienen vivos de otra manera  que tal como los recordamos (1)  De modo que paso a contarlas.
El chino del súper había recibido amenazas porque no quería seguir pagando el impuesto a los compatriotas mafiosos que lo "protegían"; eso le dijo a la policía con sus pocas palabras en español.
Cuando fue citado a declarar en la fiscalía, un intérprete lo estaba esperando. Ambos cambiaron unas palabras en mandarín y al rato el traductor empezó a dictarle la declaración a la audiencista: que el dicente no recordaba nada, que retiraba la denuncia.
La policía pasó de nuevo por el negocio a preguntarle qué había pasado, por qué se desdijo. El hombre explicó que el traductor, antes que nada, le advirtió que tenía un mensaje de unos paisanos que conocía bien: si intentaba revelar sus nombres, tenía órdenes de  matarlo allí mismo.

Desconozco si en la cultura china están previstos los mayordomos, y mucho menos si los hay criminales. De cualquier modo, en este caso, el asesino era el intérprete.



(1)  No recuerdo en qué cuento Borges lo dijo. En realidad no estoy seguro de que haya dicho algo semejante, pero conté lo que creo que dijo. Entonces, lo dijo.