Dejé la ventana abierta y la tormenta trajo una enorme mangosta de escolopendras que se posó sobre el samovar de la tía Sara, haciéndolo pedazos. Cuando el último aleteo se perdió en la oBscuridad de la noche salí del escondite (no tengo reparos en admitir mi pánico por bichos tan pegajosos) y pegué orfebremente cada poquito. Terminé en el preciso instante en que tía Sara volvía de las compras. Por las dudas, para disimular el estropicio, delante del samovar reempedazado puse el astrolabio de tío Julio, que con su brillo tapa todo.
Tía Sara se perdió un gran, gran momento.
ResponderEliminarY yo no perderé el momento de visitarte, amigo Ferragus!
ResponderEliminarGran virtud de tu post, Marcelo, es que me hizo ver en el diccionario qué diablos es un astrolabio.Nunca se termina de aprender.Ni siquiera a los 81.
ResponderEliminarMuy buena precaución la ocultar el objeto reconstruido con otro que brille.
ResponderEliminarSaludos.