En los años ochenta había un mimo en la peatonal más famosa de Buenos Aires que imitaba el caminar de los transeúntes. Se empezaba a juntar gente que se reía mucho del asunto porque el imitado tardaba un poco en darse cuenta y el mimo –detrás de la “víctima”- lo sacaba perfecto, aunque exagerando un poco las prisas, las preocupaciones, las alegrías, las coqueterías o lo que fuera del andar de los porteños. Una señora con paraguas; un tipo exultante; otro cargando un valioso maletín; un niño travieso; cualquiera podía caer bajo la percepción del artista. Tal vez eran varios los mimos, y a mí me parecía que era uno solo pero bueno, es que son fáciles de confundir. Ahora veo que hacen otro tipo de shows y que incluso los contratan empresas respetables para que animen sus happenings. Pero para mí aquel mimo que imitaba a todos los paseantes de Florida era el mejor y además un revolucionario en aquellos estructurados años. Una vez imitó a un adolescente de andar algo extraviado, manos en los bolsillos, caminando completamente enfrascado vaya a saber en qué pensamientos insondables, que al descubrir al mimo detrás suyo y un público que seguía con sonrisas la escena se puso más rojo que la camiseta del Club Independiente.
Si yo hubiera ido a Buenos Aires en esos años y hubiera visto al mimo sé que me habría parecido totalmente exótico y artístico, y hubiera creído que el viaje era sólo para verlo.
ResponderEliminarSaludos.
El mimo quizás todavía se acuerda de ese joven, en franca retribución a este post.
ResponderEliminarUn beso, Marcelo.
SIL
Qué manera tan curiosa tiene la mente de actuar, hoy a ti...te da por acordarte de un mimo, ¿por qué sera?, ¿qué te habrá llevado hasta él?, de todos modos, te ha salido un homenaje muy digno.
ResponderEliminarNunca vi un mimo en acción. Y siempre me llamaron la atención.
ResponderEliminarOjalá me cruce uno por ahí, pero no es algo que se ve a diario- Nunca vi uno en Córdoba.
Te escribí en FB. Besotes, M.
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