viernes, 12 de junio de 2009

Caballos salvajes




Sueño con caballos salvajes
paciendo por los llanos
del norte o del oeste
de la tierra sin alambres;
sin monturas sin aperos
sin jinetes
ni desfiles militares

Dueños de su tiempo
Orgullosos invictos
Sin carreras sin espuelas.

Detrás de las pupilas apagadas
del caballo viejo
Que recoge las miserias
frente al carro del paupérrimo
Veo el alma victoriosa
que resiste que recuerda
los inmemoriales tiempos
no vividos
De la libertad.
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martes, 9 de junio de 2009

Fue primicia de "La Menor Idea": Kafka no era kafkiano (al menos, no todo el tiempo)




Los especialistas en análisis literario de LMI lo vienen sosteniendo en las entradas del Sr. K y desde antes también: Don Francisco podía ser simpático, mujeriego y juerguista, y sus escritos no. Sin embargo pasó a la historia como un personaje sufrido, solitario y torturado. Siguiendo con la sección "recomendados no vistos por el recomendador", les vamos a sugerir un libro que aún no hemos leído, aunque en este caso nos salva el hecho de no haber llegado a nuestras librerías: "Cuando Kafka vino hacia mi" (Acantilado), que recoge 45 testimonios de personas que conocieron a uno de los grandes, pero grandes de la literatura de todos los tiempos. Repasemos qué dicen algunos según nos ilustra Xavi Ayen del diario La Vanguardia:
"¿Kafka? ¡Sí, hombre, el señor aquel con que me fui de juerga!" "Era mi antiguo novio" "Qué hombre más guapo, alto y con aquellos ojos grises!" "Hum, llegaba siempre 15 minutos tarde al trabajo en la compañía de seguros"
Hans-Gerd Koch, el editor de esta obra, dice que fue el primero en darse cuenta que los testimonios recogidos chocaban con "la imagen estereotipada de un Kafka introvertido, que sufría por sus circunstancias vitales, místico, visionario de un mundo dominado por oscuras, absurdas y anónimas burocracias" Aunque hay algún testimonio así, muchos también lo destacan como un tipo alegre, vital y seductor. Sí es cierto que el tipo no soltaba un manuscrito hasta que no lo consideraba perfecto. Sigamos con las aventuras de Don Franz: su hermana se quejaba de que "de vez en cuando se escapaba para irse a vivir con alguna mujer" le gustaba jugar con los niños en la plaza y eso sí, nadie en la oficina sabía que escribía... "no era un hombre introvertido. en sociedad se mostraba alegre y divertido, siempre con un juego de palabras a mano, fuera en alemán o en checo"..."qué es lo que eres, querido, siempre tan guapo y con una sonrisa? la suya era una sonrisa especialmente hermosa" Así que estimado lector, ya lo sabe. En esta casa nos gusta mucho Kafka, alegre o triste. Particularmente creemos que era todo a la vez: sórdido, simpático, sufrido, divertido, torturado y amable.

Y por sobre todas las cosas, nos gusta imaginarlo a don Franz riéndose mientras escribía sus universos kafkianos, anticipándose a la perplejidad y vacío que pudiera provocar en sus lectores...


Fuente:http://www.lavanguardia.es/cultura/noticias/20090608/53718944067/un-nuevo-libro-sobre-kafka-rompe-con-su-imagen-torturada.html

domingo, 7 de junio de 2009

En la sala de espera

El Sr. K. estaba en la sala, aguardando su turno con el Doctor. Estaba solo porque era el último paciente del día y la secretaria ya se había marchado. Mientras leía distraído una revista, se cortó la luz. El Sr. K. se quedó quieto, esperando que algo sucediera; que volviese la luz, que apareciera alguien. Pero nada de eso ocurría. Luego de unos minutos en total oscuridad y donde sólo escuchaba su propia respiración, el Sr. K., tanto como para demostrarse iniciativa, se levantó. Trató de avanzar un poco pero tropezó con la mesita de las revistas, y al caer se desorientó. Era la primera vez que iba a ese consultorio, y no recordaba bien las formas de la sala de espera. Se sentó en el piso, y se preguntó cómo podía ser que nadie apareciese. Como mínimo esperaba la llegada del médico o del paciente que tendría que estar atendiendo en ese momento, si es que lo había, y nada. El tiempo pasaba y murmuró un auxilio, pero le dio vergüenza y se calló. Comenzó a gatear, buscando el escritorio de la secretaria. En los cajones tal vez tuviera una linterna. Palpando, empezó a moverse, mientras sentía que el miedo y la transpiración comenzaban a esparcirse por su cuerpo. Finalmente halló el escritorio, y empezó a revolver con angustia los cajones. Temía que al hacerlo a ciegas se pudiera lastimar con unas tijeras, por ejemplo. Felizmente tanteó una caja de fósforos. Encendió uno, y allí aparecieron en penumbras, las sillas, las revistas y la mesita que quedó ladeada por su tropiezo. De nuevo se hizo la oscuridad, y prendió otra cerilla. Decidió buscar el consultorio del médico, a quien no conocía aún. Golpeó y solamente encontró silencio. No podía ser que lo hubieran dejado solo, tendría que haber alguien del otro lado. Encendió el tercer fósforo y abrió la puerta. Lo primero que vio fueron las decenas de diplomas en la pared, que reflejaban en el vidrio que los cubría su propia figura, fantasmal. El Doctor era una eminencia. Al costado del escritorio, la biblioteca, repleta de volúmenes especializados. Y detrás del cómodo sillón, acurrucado y con los ojos cerrados, casi en posición fetal, invadido por el pánico, encontró al Doctor. Cuando regresó la luz, el Sr. K. ya había alzado su voz y el médico parecía empezar a reaccionar, dándole las gracias por su ayuda. Ya repuesto, el Doctor lo invitó a sentarse, pero el Sr. K. declinó gentilmente la invitación, aduciendo que su tiempo se había terminado. Es que quería pensarlo mejor. Tal vez el Doctor no fuera el psiquiatra adecuado para atender su problema.
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sábado, 6 de junio de 2009

Heartbeats

El viento golpea duro en la cara
y moja el alma.
Nadie podría caminar en una tarde como esta
Nadie en su sano juicio.

Nadie camina en un día de lluvia
y viento
sin saber adonde va
a menos que esté loco
o perdido.

Eso me digo yo
que estoy cuerdo
mientras apuro el paso
buscando adonde ir.

Los diamantes son el mejor amigo de la mujer (final)




Era la típica rubia platino: curvas abundantes, zapatos de taco alto y risita ingenua. Pero de ingenua sólo tenía la risa…


- él tiene razón en esto: Agostino está involucrado. Pero no con él. Conmigo. Más o menos desde que mi marido dejó de trabajar para su “grupo”. ¿O por qué se cree que lo dejó ir tan campante? Pero el idiota del Tenso, cuando vio la dirección adonde tenía que llevar la caja, pensó que era para el contador, no para su esposa. Mañana es la boda de la hija del gobernador, que como usted sabrá es muy amigo de Agostino. Y nosotros también estamos invitados. El quiere que luzca los diamantes. Pero ahora Ud. tiene que averiguar quien los dejó allí, por qué y entregarlos. Lo primero acabo de contárselo. Qué piensa hacer con ellos?

Nuestro detective estaba perplejo. Todavía no había conseguido digerir que un tipo que lo ubicó por la guía telefónica le hubiera dejado un millón de dólares en diamantes y cien mil dólares en efectivo para averiguar algo que su esposa le diría una hora después. Y ahora debía decidir qué hacer con las joyas. Pensó en ganar tiempo.


- Dígamelo usted…
- Démelos a mi.
- Y qué haría con ellos? Si los luce en la fiesta tendrá un problema con su marido. Y si no, lo tendrá con Agostino…
- Es verdad, Ud. es muy inteligente. Tenemos un problema, encanto.

Toda la frase le retumbó en la cabeza como un escalofrío. Sabía perfectamente lo que significaba: una invitación. Pero lo que más lo inquietaba es que ella no parecía preocupada por poner en riesgo su matrimonio y su vida. Nadie, pero nadie, le hace un desprecio a Agostino. Ni siquiera una chica platino como ella.


- Voy a hacer unas llamadas. Por favor, espere en la sala contigua.
- O.K., pero me llevo el whisky.

Odiaba tener que caer en las manos del Zurdo, pero no tenía opción. Sabía que solamente él podría chequearle toda la historia, empezando por el contador, siguiendo por el romance y terminando con los diamantes. El Zurdo también hizo un par de llamadas y le dijo que el cuento era verdad.

- Hola, Contador? Le habla el Detective. Tiene Ud. razón. Los diamantes los envió Agostino. Disculpe que se lo diga brutalmente, pero tiene dos opciones. El lado bueno es que Ud. puede escoger. El lado malo es que no pintan muy bien ninguna de las dos. Dígame qué prefiere ser: ¿viudo o cornudo? Porque si mañana su esposa luce los diamantes en la fiesta, su vida y la de ella no corren peligro. No sé como se lleva con las cuestiones del honor y esas estupideces. En cambio si no los luce, o no van, le aseguro que la vida de su chica platino no vale nada. Y si encima Ud. los devuelve, la suya tampoco.

Al rato, el Contador estaba otra vez en la oficina del Detective. Fue a buscar a su esposa, y también a llevarse los diamantes. Estaba serio, pero no furioso. Tal vez fuera miedo, o que se sentía acabado. Tuvo ánimo para pedirle al detective el dinero porque el trabajo no estaba terminado. Ya no tendría que entregar los diamantes, él se ocuparía de eso. Nuestro hombre dijo que jamás devolvía el adelanto salvo que él renunciara al trabajo, aunque en este caso tal vez hiciera alguna excepción, pero que lo resolvería un poco más tarde al ver cómo terminaban las cosas.…
Los acompañó hasta el ascensor, y luego se quedó un poco más en el pasillo. Era un elevador abierto, de los antiguos, por lo que escucharía perfectamente si el matrimonio peleaba mientras descendía. Sin embargo solo escuchó una risita. La de ella. En ese mismo instante se dio cuenta que la historia no podía terminar así, sin enterarse qué fuera a pasar en la fiesta. Es que su maldita moral no alcanzaba a decidir si le devolvería una parte del dinero, o no. Seguramente ella sería fotografiada al entrar pero…para qué arriesgarse? Ya de regreso en su oficina, se sirvió el último whisky de la noche. O el primero de la mañana, porque el reloj marcaba las seis.



A la noche siguiente, el Sr. Contador y su esposa entraron a la fiesta. Ella lucía radiante, y el brillo de su sonrisa competía con el fulgor de los hermosos diamantes que llevaba puestos. Al verla, todos se olvidaron de la novia. El gobernador los recibió cálidamente y los ubicó en la mesa de Don Agostino, quien también sonreía. Nuestro detective estaba adentro del salón, confundido entre los invitados, observando. Hacía siglos iba a una fiesta, y aunque a esta no lo habían invitado, tal vez se quedara un rato. Un mozo le ofreció un martini pero él le pidió un whisky. Sus ojos se cruzaron con los de ella. Estaba lejos, pero se dio cuenta que le sonreía a él…

Apuró el trago y se decidió. Nunca, pero nunca, devolvía el dinero que recibía por adelantado. Salvo que él mismo renunciara al trabajo. Era hora de volver a casa. Bah, a la oficina.

miércoles, 3 de junio de 2009

Los diamantes son el mejor amigo de la mujer




Cuando el detective comenzó, siempre soñó con dos trabajos: una llamada femenina pidiendo ayuda en el silencio de la noche, y alguien buscando unos diamantes. Eran dos clásicos que no le pueden faltar a ningún investigador privado. El primer llamado lo había recibido, con suerte regular. Pero el segundo no, y ya tenía olvidado el asunto, preocupado por el inminente corte de luz por falta de pago.
Por eso, cuando el teléfono sonó, dudó en atender. Lo único que le faltaba era el dueño del lugar reclamando los cuatro meses de atraso. Un teléfono que no se responde es un acto de libertad que nuestro detective no estaba en condiciones de realizar.


- Se trata de unos diamantes que valen un millón de dólares. Si me lo resuelve, le doy el diez por ciento. Pero no sé si puede recibirme ahora mismo…



Eran las doce de la noche y el detective había decidido dormir en el sofá. Pero estaba desvelado y sin un centavo, así que dijo que no había problema, fingiendo algo de desinterés al responder. Media hora después estaba bebiendo whisky con el desconocido:


- Encontré su número en la guía telefónica, ¿le explico?
- Por supuesto. Cuénteme sobre la última vez que vio los diamantes.
- Los vi hace un minuto mientras subía por el ascensor. Quiero que me diga quien los dejó en mi oficina y por qué. Y que se los devuelva, naturalmente.


Si había algo poco “natural” era devolver un millón de dólares en diamantes. Le contó que era un exitoso contador, y que hace unos años se había enredado con algunos tipos pesados, pero que consiguió salir a tiempo. Eso pensaba, pero los diamantes parecían decir lo contrario. No quería, no podía esperar el paso siguiente del “benefactor”, porque no le traería nada bueno. Pensó que si demostraba iniciativa devolviendo el obsequio discretamente, resolvería su situación. Por supuesto que no tenía manera de pedir ayuda a la policía, se vería arrastrado él también por ese pasado que quería dejar atrás.
Nuestro hombre estaba algo distraído. Cien mil poderosas razones eran difíciles de desatender, pero alcanzó a preguntarle por los nombres de sus ex clientes.


-¿Agostino? ¿Victorio? Esa gente no es pesada. Esa gente es de cemento, el mismo con que despiden a sus enemigos en el fondo del río…
- Tiene razón. Por eso le pagaré más. ¿Doscientos mil le parece bien?


El detective le dijo que sí, y que su forma de trabajar era por un adelanto del 50% y el resto al terminar. Encendió el enésimo cigarrillo y se preparó otro whisky. Una hora antes estaba leyendo la intimación de la compañía de electricidad. Ahora tenía unos diamantes envueltos en un paño bordó, cien mil dólares y dos nombres, Agostino y Victorio. Puso los dólares, los diamantes y la pistola debajo del almohadón y apagó la luz. El sueño no venía. Las cien mil poderosas razones que le dio un tipo que lo sacó de la guía seguían siendo difíciles de desatender. Cuando parecía que iba a conseguir dormitar un poco, el teléfono sonó de nuevo. Se preguntó si aquella llamada femenina –la primera- no fuera la que él había imaginado. A lo mejor, sus dos sueños se producían a la vez, en una noche en que el sueño no llegaba. Se maldijo por soñar tanto y levantó el tubo del teléfono. Del otro lado de la línea, una sensual voz femenina le dijo:

- Detective, los diamantes no eran para mi marido. Eran para mí. Necesito verlo ahora mismo.
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martes, 2 de junio de 2009

Ray Van

- Pibe, te vendo los lentes…
- No, jefe.
- Son Ray Van, pibe, ¿no te parece que valgan dos pesos? Cuando te de el sol y te los pongas las chicas se van a morir por vos.
- No
- En cualquier lado valen trescientos...
- Maestro, no me interesan. Gracias.
- Después vos jugás a lo que yo juegue.
- ¿…?
- Se me terminó la plata y en la que viene tengo un caballo que no puede perder. Vos me das los dos pesos, te llevás los anteojos y encima le jugás al que te diga, es una fija y nadie la conoce más que yo. Va a pagar, mínimo, noventa y nueve por peso a ganador.
- …
- Cuántos años tenés pibe?
- Dieciocho
- ¿Y no tenés dos pesos?
- Sí, pero vine al hipódromo a mirar un rato, no quiero sus anteojos y no quiero apostar al caballo suyo, jefe.
- Pendejo, sos un pelotudo. ¡En tu puta vida vas a agarrar un caballo de noventa y nueve pesos! Te estoy pidiendo dos mangos de mierda, lo que vale un boleto de colectivo, un diario. ¡Dame dos pesos la puta que te parió! ¡Mirás el caballo al que le apuesto y ganamos los dos!
- No me putee viejo, no le doy los dos pesos.

Nunca supe si su caballo ganó porque no me dijo cual era, claro. Cuando sonó la campana de largada me seguía insultando. Y tuvo razón. En mi vida, puta o no, jamás gané en el hipódromo. Yo le hubiera dado los dos pesos. Pero no me gustó cómo me los pidió. Y las gafas eran horribles.

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Jockey uruguayo Ireneo Leguisamo junto a Carlos Gardel en el Hipódromo de Palermo (Buenos Aires, 1.930) Entre nosotros, Legui y Carlitos
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