jueves, 30 de abril de 2009

La Gloria del Coronel



Las últimas batallas, cuando uno de los bandos ya sabe que está perdiendo, son las más encarnizadas. Siempre fue así, y así seguirá siendo. Pasó en Malvinas con Monte Longdon o en la Segunda Guerra con Okinawa. Y en las batallas de la Independencia también. San Martín ya había abdicado a favor de Bolívar toda la gloria en pos de la libertad americana. Pero los realistas no se iban aún del Perú, y el 6 de agosto de 1.824 se libraría la anteúltima batalla: Junín.
Bolívar, que tenía ocho mil hombres (incluídos los granaderos de San Martín) y se enfrentaría contra diez y ocho mil realistas, arengaba así a su ejército:

“¡Soldados! Los enemigos que vais a destruir se jactan de catorce años de triunfos; ellos, pues serán dignos de medir sus armas con las vuestras que han brillado en mil combates.
¡Soldados! El Perú y la América toda aguardan de vosotros la paz, hija de la victoria, y aún la Europa liberal os contempla con encanto porque la libertad del Nuevo Mundo es la esperanza del Universo. ¿La burlaréis? No. No. Vosotros sois invencibles.”

Ante el primer embate de los Granaderos al mando de Mariano de Necochea los Húsares de Fernando VII respondieron eficazmente, hiriendo al líder y provocando el desbande de las fuerzas americanas. El choque de las caballerías fue a sable y lanza. Uno de los primeros en retirarse estratégicamente fue Bolívar , quien pese a su valeroso discurso, “cruzó como un relámpago la distancia que los separaba de la infantería” Detrás de ellos iban los realistas, a la caza de los fugados.
Pero había oculto un escuadrón de reserva, esperando el momento oportuno. Estaba al mando del Coronel Manuel Isidoro Suárez, quien dejó pasar al ejército realista y atacó su retaguardia por un flanco que había quedado al descubierto.
El desenlace cambió dramáticamente. Los que estaban huyendo volvieron sobre sus pasos, y el Coronel Suárez selló una de las últimas victorias de la emancipación americana. Además tuvo tiempo de rescatar al General Necochea: “Las heridas de Necochea fueron... ¡14!: cuatro sablazos en la cabeza; dos que le quebraron el brazo izquierdo, que debieron amputarle; una en la mano derecha que le inutilizó los tres últimos dedos; dos lanzazos en el costado izquierdo, uno de los cuales le perforó el pulmón, a raíz de lo que sufrió una concusión y falleció 25 años después; una estocada en el vientre y cuatro heridas más en los brazos”
Por supuesto que la victoria tuvo un dueño inmerecido: Bolívar. Pero bueno, la política también gobierna las batallas desde adentro.
Me agrada este combate por varios motivos: porque no me lo contaron en la escuela pese a haber sido tan importante; porque no se disparó un solo tiro (toda la lucha fue a lanza, sable y cuchillo); porque hoy casi nadie sabe quien fue el gestor de la gran victoria; y porque el Coronel Suárez fue el bisabuelo de Borges, quien así recuerda a su insigne antecesor:
//
PAGINA PARA RECORDAR AL CORONEL SUAREZ, VENCEDOR EN JUNIN
"Qué importan las penurias, el destierro,
la humillación de envejecer, la sombra creciente
del dictador sobre la patria, la casa en el Barrio del Alto
que vendieron sus hermanos mientras guerreaba,
[los días inútiles
(los días que uno espera olvidar, los días que uno
[sabe que olvidará),
si tuvo su hora alta, a caballo,
en la visible pampa de Junín como en un escenario
[para el futuro,
como si el anfiteatro de montañas fuera el futuro.
Qué importa el tiempo sucesivo si en él
hubo una plenitud, un éxtasis, una tarde.
Sirvió trece años en las guerras de América.
Al fin
la suerte lo llevó al Estado Oriental, a campos del Río Negro.
En los atardeceres pensaría
que para él había florecido esa rosa:
la encarnada batalla de Junín, el instante infinito en que laslanzas se tocaron la orden que movió la batalla,
la derrota inicial, y entre los fragores
(no menos brusca para él que para la tropa)
su voz gritando a los peruanos que arremetieran,
la luz, el ímpetu y la fatalidad de la carga,
el furioso laberinto de los ejércitos,
la batalla de lanzas en la que no retumbó un solo tiro,
el godo que atravesó con el hierro,
la victoria, la felicidad, la fatiga, un principio de sueño,
y la gente muriendo entre los pantanos,
y Bolívar pronunciando palabras sin duda históricas
y el sol ya occidental y el recuperado sabor del agua
[y del vino,
y aquel muerto sin cara porque la pisó y borró la batalla...
Su bisnieto escribe estos versos y una tácita voz
desde lo antiguo de la sangre le llega:
—Qué importa mi batalla de Junín si es una gloriosa memoria,
una fecha que se aprende para un examen o un lugar en el atlas.
La batalla es eterna y puede prescindir de la pompa
de visibles ejércitos con clarines;
Junín son dos civiles que en una esquina maldicen a un tirano,
o un hombre oscuro que se muere en la cárcel"
//
No me gustan las guerras, como a la mayoría. Por otra parte, creo también que los americanos supimos aprovechar las distracciones napoleónicas. Pero me gusta ese Borges que no perdona nunca a sus tiranos. Me gustan los olvidados de la historia. Me gusta el gesto despojado de San Martín, a quien sus pares jamás pudieron honrar en las siguientes y vergonzosas batallas. Me gusta Necochea y sus múltiples heridas, que le permitieron vivir 25 años más.
Me gusta Suárez, escondido, esperando la llamada de la gloria...
/
Tal vez el destino quiso a Suárez en Junín para que lo evoque su bisnieto en esas hermosas letras.
Junín me lo recordó Gloria esta noche, en la voz de Borges.

Referencias:
La batalla sin humo, Carlos Pachá (lagazaeta.com.ar)
Elgrancapitan.org

miércoles, 29 de abril de 2009

Ejercicio de fe

Creo que siete por ocho son siempre cincuenta y seis, sin necesidad de esparcir siete hileras de ocho fósforos cada una y sumarlas.
Creo en los prospectos de los remedios
En las fechas de vencimiento
En la fe notarial
En las tarjetas de crédito.



Creo que los futbolistas son lo único sano de un negocio sucio
En el poder de los blogs
En los preservativos
En las encuestas.


Creo en los husos horarios
En el termómetro
En los repuestos
En los frenos de los autos
En los paracaídas.


Creo que la verdad siempre triunfa al final, o al menos sale a la luz.
En los soportes técnicos
En los planos

En las farmacias de 24 horas.

Creo en los salvavidas
En los perfiles de los bloggers
En las garantías inmobiliarias

En la bandera blanca
En la próxima vacuna contra el sida.

Creo que el banco me devolverá mi dinero cuando se lo pida
O que me prestará dinero cuando lo necesite
Creo en los aviones
En las economías emergentes
En las Naciones Unidas.


Creo en la ruleta
En las balas de fogueo
En que el que las hace, las paga en este mundo.
En las casualidades.


Creo en Dios
Y en Obama.


Creo en la inteligencia de los países desarrollados
En los responsos

En la Edad de Piedra
En Wikipedia.

Creo en la movilidad social ascendente
En las últimas palabras
En la germinación
En los semáforos.


Creo en el horóscopo
En los jurados

En los mecenas
En las compras por teléfono.


Creo en los carnets habilitantes
En los diplomas

En el delivery.


Creo en las industrias no contaminantes
En los títulos de propiedad
En el boletín de calificaciones
En las críticas constructivas.


Creo en los currículum
En los manuales de instrucción.


Creo en las promesas dichas a los ojos
En los diplomáticos
En el menú del restaurante
En los comentarios en mi blog .


¡Creo en el amor a primera vista!

En las cuentas de la luz, del gas y del teléfono.
En la electricidad
En que Potter es bueno para la imaginación de los niños
En los impuestos.


Creo en las claves de seguridad
Y en las autopsias.


Creo en los grupos sanguíneos
Creo en los diagnósticos médicos
Creo en el derecho de defensa
En las radiografías
En los matafuegos
En los plagios involuntarios.


Creo en las buenas intenciones
En los chalecos antibala
En los elevadores
Creo en los consejos
En las becas
Y los cinturones de seguridad.


Creo en las cartas de amor
En las estadísticas
En el reloj despertador
En los bozales.


Creo en los extraterrestres
En que la tierra es redonda
Creo en la palabra empeñada
En el actimel.


Creo que alguien va a llegar a este punto de lectura
Y en la vida perdurable.


Quizás, debería creer en menos cosas.

domingo, 26 de abril de 2009

Pedro Menárdez y el burdel


Nuestro citador de Borges se adentró en el bajo mundo, tratando de entender por qué al insigne escritor, como a tantos otros jóvenes de su generación, lo llevaron a un lugar como ese para para adiestrarse en el arte amatorio, o mejor dicho para iniciarse, con resultados nefastos.
Ya en el burdel, lo primero que le llamó la atención a Menárdez fue que los clientes, antes de concretar el acto sexual, fingen seducir a la profesional, y ésta a la vez finge ser seducida. Poco trabajo le costó a Menárdez imaginar que esa doble ficción se trasladaría adentro del cuarto. Tal vez lo único real de todo lo que allí ocurría fuera la transacción monetaria. En el baño de hombres del salón, se sorprendió aún más con dos caballeros que se acicalaban y bromeaban entre ellos acerca del éxito de sus próximas empresas sexuales, que obviamente tenían un riesgo reducido a cero en lo que a conquista se refiere. Sin darse cuenta, Menárdez, que también estaba frente al espejo como los clientes, dijo:


“Aquí fracasan todas las religiones. La concepción judaica fracasa, ya que el árbol del Génesis lo han talado a golpes de falo y Adán y Eva se ven aquí reducidos a su actuación más lamentable de mercancía y comprador. La concepción hedónica fracasa, ya que al placer lo han mutilado, robándole las tiaras prestigiosas de la visión romántica y subrayando su tonalidad de fatalismo duro”

Los tipos dejaron de hablar repentinamente, como si hubieran recibido sendos mazazos en sus vientres, casi en la línea del golpe bajo.
Por compromiso, uno de ellos balbuceó

- ¿qué dijiste?

“El día, como un perro cansado, se tiende a nuestros pies y le acariciamos el lomo. Y la estatuaria –esa cosa gesticulante y mayúscula- la comprendemos al deliciarnos con las combas fáciles de una moza, esencial y esculpida como una frase de Quevedo. Y que acepta –sin mayor alarde de asombro- la oxidada moneda falsa de nuestros verbalismos"


El otro tipo se había quedado con la cara empapada, y en las manos, suspendida, una toalla de papel no había llegado a destino. Cerró la boca para abrirla de nuevo


-callate porque te corto

Pero no era Menárdez quien hablaba. Mejor dicho, sí lo hacía, pero las palabras eran puestas en su boca por otro, y entonces no podía detenerse:

“De la madeja sensorial, la memoria sólo almacena los datos auditivos y visuales. Los otros –placer, dolor, estados térmicos- únicamente persisten vertidos al lenguaje de la visualidad y la audición. E íntimamente ¿qué pueden importarnos las interjecciones y la plasticidad cambiante de las etapas del ayuntamiento, si estas cosas tienen sólo un valor de paralelismo con el placer, que es lo único esencial y que nadie logrará jamás encerrar en una urdimbre de arte?"

El tipo sacó un puñal, pero el amigo lo detuvo:
- ¡Dejalo! ¿No ves que está loco? ¡Vamos, que las chicas nos esperan!

- Tenés razón, vamos. Pero nos vamos también de este puterío de mierda, el idiota este me arruinó la noche.

Menárdez volvió a la barra y terminó su ginebra, mientras una mujer entrada en años y con boca rojo lápiz le sonreía con forma de mueca. Pagó su bebida y se retiró, murmurando:

“Salimos. El bloque de aire cuadrangular que oprimía nuestras espaldas se hunde. El andamiaje de guirnaldas de brazos y voces acarameladas también se aleja. El cielo se ha llenado de astronomía. Una estrella jadeante tiembla sobre los techos del mercado. Nuestros ojos pulsan muchas estrellas. Las calles, como rieles expertos, nos empujan no se sabe a qué parte”

Y se aleja Menárdez del burdel, habiendo comprendido que aquel fracaso iniciático del hombre que guía sus pasos, era el fracaso de todos los hombres.





Las palabras dichas por Menárdez y en cursiva fueron extraídas de JORGE LUIS BORGES: "Casa Elena (Hacia una Estética del Lupanar en España)". Ultra año 1, no. 17. Madrid, 30/10/1921.


Dedicado a Susana, que con su amor a Borges impide que Menárdez sea atrapado por las redes del olvido.

Pintura VIII es de Eduardo Labombarda

sábado, 25 de abril de 2009

Pommery




Cuando mis amigos del grupo humorístico tenían un trabajo importante, me llevaban para ayudarlos a cargar el equipo de sonido y la ropa. En realidad podían hacerlo ellos solos porque eran tres, pero si la fiesta prometía buena comida, bebida, invitadas (todo junto o separado) requerían de mis “servicios” y yo la pasaba genial mientras ellos trabajaban. Lo único que tenía que hacer era cargar y descargar las cosas (cinco minutos de entrada, cinco de salida) y poner cara de estar trabajando. En el medio revoloteaba por la fiesta, picoteando de lo que hubiera, yendo de aquí para allá. En este caso, se trataba del cumpleaños de la esposa del Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires (en aquel entonces se lo llamaba Intendente) y el asunto prometía muchísimo. Era en su residencia particular, un hermoso caserón de Flores. La seguridad nos hizo pasar directamente a la habitación de uno de sus hijos, el lugar elegido para que el trío se cambiara. Mientras íbamos hacia el cuarto que habían dispuesto, de reojo vi los manjares que había en la mesa, y a las amigas de la hija del dueño de casa, que parecían modelos.
Refregándonos las manos entramos a la habitación, y mientras los artistas se preparaban, una atenta camarera nos trajo un balde con dos botellas de Pommery. Jamás había bebido champagne francés. El problema es que no había comido nada desde hacía varias horas, preparándome para el festín, y no me daban ganas de beber con el estómago tan, pero tan vacío. Y a los chicos tampoco, de manera que nadie tocaba las botellas. Llegó la hora de la actuación y salimos los cuatro, pero uno de seguridad dijo la frase fatal:
- el muchacho que los espere en la habitación.
Y ahí me quedé, con un urso en el pasillo que me miraba con cara de pocos amigos. La camarera no volvió nunca más, mientras de lejos se escuchaban las risas del público ante la actuación de mis amigos. El hambre me estaba matando, y los dos Pommery parecían mirarme sensualmente, desde la frappera repleta de hielo. El cuarto estaba lleno de juguetes y ahí estaba yo maldiciendo mi suerte. Sin ganas y por curiosidad, me serví una copa del precioso líquido, que sentí cómo bajaba por mi aparato digestivo libremente, sin obstáculo alimenticio que se interpusiera ante él. La vida a veces propone esos paraísos incompletos, y uno es libre de tomarlos o dejarlos. Y yo los tomé. A los Pommery, digo, que me los clavé mientras leía una versión para niños de Moby Dick. Todo me produjo una sensación extraña, no espantosa, pero tampoco placentera. Era como estar muerto de sed y que te ofrezcan caviar sin nada de beber. De a ratos me parecía que estaba al lado del Capitán Ahab, luchando contra las olas del mar y el monumental cetáceo. Peor la tuvieron mis amigos, que cuando volvieron al cuarto nos dijeron que debíamos retirarnos de inmediato y no bebieron ni un vaso de agua. Porque los dos Pommery ya estaban fuera de combate, como yo. No recuerdo bien la salida cargando los bultos pero creo que fue poco elegante. Sí tengo una idea de que una invitada me miraba extrañada cuando pasé. Creo que algo le dije, pero no estoy seguro. Eso sí, después me comí mil porciones de muzzarella, con rigurosa Coca Cola. Los políticos con grandes responsabilidades, además de ser millonarios suelen ser excéntricos. Definitivamente.
//




El debut del asesino sentimental

El trabajo se lo consiguió el Zurdo. El tipo salía todas las mañanas a las siete. Simplemente tenía que acercarse a la ventanilla del auto mientras lo sacaba del garage y dispararle en la sien. El barrio era tranquilo y los vecinos ciegos, sordos y mudos. Un tiro a quemarropa no podía ser problema para él, aunque fuera su primer trabajo. Acostumbrado a manejar armas desde chico, en el campo siempre le disparaba a cualquier cosa. Y siempre acertaba, fuera con escopeta, revólver o rifle.
Así que a la hora señalada estaba ahí y se acercó al auto que iba saliendo de la casa lentamente, en reversa. Cuando le apoyó el caño en la sien, el tipo se quedó duro y cerró los ojos. El debutante demoró un segundo en disparar, suficiente para ver al niño que dormía en la sillita puesta reglamentariamente en la parte de atrás del auto. No se distrajo más y se fue. Sin disparar. Es que él es un eximio tirador, pero le gustan los chicos.
Eso sí, el dinero del adelanto al Zurdo no se lo devolvió. Porque será un sentimental, pero también un delincuente.




jueves, 23 de abril de 2009

Julieta

Ella entró al banco con sus dos hijitos y la panza de ocho meses y medio. Ninguno de los tres hablaba, ninguno sonreía. Se dirigió al último puesto de la larga fila que se formaba ante las cajas. Alguien le dijo que fuera adelante, que la atenderían de inmediato. Ella desconfió y no se movió. Seguro que "privilegio" no figura en su diccionario de vida.
Alguien insistió y le advirtió a un empleado. La atendieron sin demora. Lo único que quería era cambio de cincuenta pesos. Pero no era cualquier cambio: quería billetes de diez, de cinco y de dos, además de algunas monedas.
Le dio doce pesos al mayor, que tendría siete u ocho años. Fueron doce exactamente, ni diez ni quince, y el pibe apenas movió los labios, lo que alguien interpretó como una sonrisa. Se fueron del banco sin mirar atrás.
Alguien imaginó que allí no habría esposo ni padre. A lo mejor era un prejuicio, pero la calle enseña que hay gestos y miradas que hablan. Entonces alguien la imaginó como una Julieta sin un Romeo que fuera a buscarla, ni promesas malentendidas. Pero que era una heroína, a alguien no le quedó ninguna duda.

miércoles, 22 de abril de 2009

Tiro libre


Me pongo en la barrera como siempre
y le pegás con todo, al medio de mi pecho
Otras veces me apuntás a la cabeza o más abajo
¿No será mejor buscar el arco?
Digo, el gol se hace allá, no acá adelante.
Por eso, en el próximo foul cerca del área
No formaré barrera alguna
Dale un chanfle a la pelota
y buscá el palo alejado del arquero
porque yo a la barrera
no voy más.
Bitacoras.com