jueves, 1 de mayo de 2014
(...)
Un segundo antes
de estrellarme
En el planeta
desolado
Una extraña
parábola
Folha seca
Me depositó justo
a tiempo
En tu vida
sábado, 12 de abril de 2014
Sabores de la niñez
Recordaba el
episodio proustiano de las magdalenas, quería invitarlos a que me cuenten qué sabor los remite directamente a la niñez.
A mí el primero
que se me ocurre es el del chorizo con galleta de campo. Cuando era chico
recuerdo a mi tío Daniel, el que se quedó en Arenaza, el pueblo de mi padre, y
su galponcito de los chorizos. Creo allí guardaba unas herramientas, de eso no
estoy seguro. Lo que sí recuerdo es que en determinada época del año en el
galpón colgaban decenas de chorizos con un aroma que aún hoy me despierta
cosas. Sé que las magdalenas de Proust son más glamorosas pero lo cierto es que
yo, con seis o siete años y luego de haber vagado por la casa y por el pueblo,
jugando a lo que fuera, siempre pasaba por el cuartito subrepticiamente y si
bien cumplía con la orden de NO TOCAR LOS CHORIZOS me acurrucaba en un rincón
completamente a oscuras, aunque del otro lado de la puerta el sol rajara la
tierra, a oler. Un día mágico y que respondía a un cálculo muy específico y que
yo ignoraba aunque también incluía que mi tío toquetease los chorizos para ver
si ya estaban, iba con una cuchilla y cortaba el hilo de uno, y lo comíamos con
galleta.
Detrás de cada
chorizo que pruebo ahora voy detrás del recuerdo de aquel y desde luego, es
irrepetible, salvo algunos caseros que vienen de la provincia de Buenos Aires y
que al menos se les aproxima. Con la galleta me pasa lo mismo, en Buenos Aires
jamás encontré.
Unos años más
tarde de aquellos que les cuento, mi felicidad fue mayor cuando ya podía, junto
a esos hombres de campo que se reían del porteñito, acompañar el manjar con un
vaso de un vino. Pero esa es otra historia porque en ésta, mandan los chorizos.
Sé que en este momento del mundo blog en general y de La Menor Idea en particular, corro el riesgo de no recoger ninguna historia. Pero sé también de algunos lectores (que puedo contar con los dedo de una mano) que regularmente pasan por aquí y no dejan comentario, los invito a hacerlo por única vez. Querido lector invisible: no soy el fisco y el comentario no será utilizado en tu contra.
jueves, 3 de abril de 2014
Una noche trastocada
- - Papá… ¿por qué en tu heladera nunca hay
nada?
Y claro que tiene razón, pero ¿qué le voy a decir? ¿Que cuando tengo tiempo
no tengo plata y y que cuando tengo plata no tengo tiempo? ¿O que cuando tengo
tiempo y plata compro cosas que después no como y un buen día me va a crecer la
lechuga dentro de la heladera hasta hacerse palmera o que me van a nacer flores
de queso rallado?
Ahora son las nueve de la noche ¿Voy a ir a COTO a comprar qué? ¿A cocinar
qué? ¿Y después quien lava los platos? (bah…el plato) Bajo a comer a la esquina
y listo, el gordo que atiende es casi de la familia.
Pero el gordo no está y en las mesas de afuera hay gente. Igual siempre
como adentro, dan un partido y el libro lo traje al pedo porque me olvidé los
lentes en el trabajo. No me acostumbro a los anteojos. Ciego nuevo. Hace un año
que uso para leer y ya voy por el tercer par. Los dos anteriores los perdí y
sobre este ya me senté dos veces, haciendo zafar una patilla por sentada. Juega
San Lorenzo. No me gusta San Lorenzo, y encima gana. Me pido el MENÚ CENA all
inclusive. Primer plato: “fiambre surtido”: dos fetitas de jamón cocido, dos
fetitas de queso, cuatro aceitunas. Ajá. Bueno, qué le vamos a hacer. El mozo
que reemplaza al gordo es simpático. Digo “qué
grandes están los mosquitos” y me dice que él vive en provincia y que allá
son inmensos, nada que ver. Me descoloca eso de que él vive en provincia,
reduce mis preocupaciones a cero y me llega la culpa. Puedo tener mis problemas
pero estoy a cien metros de casa. Él va a terminar de trabajar después de
medianoche, se va a tener que tomar un colectivo hasta la estación de tren,
después el tren y después otro bondi hasta su casa, te lo firmo. Y además lo
pueden asaltar y cuando llegue, su bebé estará dormido. Y yo quejándome de mis
problemas alimenticios. Segundo plato: “muslito de pollo al champignon”. Breve,
pero bien. El menú avisó muslito, no tengo quejas. Con el libro, sin anteojos
no puedo y San Lorenzo gana, tampoco lo miro. ¿Qué voy a hacer entre plato y
plato? Miro las mesas. A treinta metros y del lado de afuera tres veteranas
cenan con vino. Hay una que gesticula mucho, y logro leerle los labios, le dice
a las otras dos “está medicado y no
trabaja, toma varias pastillas por día, no hay derecho”
Lo que no hay derecho es que entiendo lo que dice la doña que está a un
kilómetro, vidrio de por medio y no pueda leer cómodo mi libro, che.
Entra una señora mayor con un muchacho, me parece que son tía y sobrino
pero no sé. El pibe es raro. Pide una cerveza de litro para los dos, un agua
mineral para ella (sin gas) y otra para él (con gas) ¿Por qué carajo piden
cerveza y agua? Ni que fueran a darse con algo. No me sigue gustando el pedido,
de entrada piden jamón con melón (no pidieron el “menú cena” evidentemente) Me
fastidia la bebida, me fastidia la entrada y me fastidia lo que pregunta
después: ¿la suprema es de pollo? Me dieron ganas de contestarle yo: “no, es de
chajá, marmota!”. Pero el mozo (el que vive en la “provincia”) le dice que sí.
¿Y a la Maryland cómo es? Fue demasiado para mí, miro para otro lado.
Se me sienta una pareja al lado mío, vidrio de por medio. Parece que no
hubiera vidrio y que ellos no están afuera ni yo adentro, sino que estamos los
tres juntos en la misma mesa. ¿Por qué se sentaron en esa mesa justo al lado
mío, si hay lugar de sobra? Yo no hubiera elegido esa mesa en el lugar del
novio, con un tipo comiendo del otro lado. No me gusta nadie: las tres jovatas
a las que le leo los labios, la tía y el sobrino (que luego de un comienzo de
charla se llamaron a silencio y comen el jamón con melón sin decirse nada, no
serán madre e hijo que apenas se ven?) Segundo gol de San Lorenzo, maldigo ese
partido y sin darme cuenta me meto índice
y pulgar en la boca para destrabar un pedacito de pollo de la muela, total no
me ve nadie. Me olvidé de la pareja de afuera,
vidrio de por medio, que miran azorados
cmo la mano se me pierde en la profundidad de mis fauces.
Mejor pido el postre, el mozo que vive en la provincia es lo más agradable
de la cena así que le digo que me recomiende el mejor postre que haya y me dice
flan.
De pibe hice lo que quise. Siempre salía a jugar adonde quería y volvía a la hora que quería, siempre que fuera razonable. Mamá no sabía dónde estaba, puedo decir que fui un chico que creció con libertad. No di trabajo con los deberes ni la comida, pero un día mamá hizo flan y no quise y le dio un ataque de domadora de leones y me lo hizo comer por la fuerza. Un horror, quedé marcado para siempre. No me jode el flan, lo que me molesta es el caramelo. Pero el mozo de provincia ya va a pedir el flan al mostrador y me defiendo con un “ponele dulce de lecheeeee”
Ganó San Lorenzo, el flan era con mucho caramelo, me olvidé de las tres
viejas, de la madre/tía con su hijo/sobrino, pagué y me fui. Cuando pasé por al
lado de la pareja, charlaban tan acaramelados que no parecieron reconocer que a
su lado pasó el hombre que se traga su
propia mano, en acto cuasi circense.
domingo, 23 de marzo de 2014
Sumario apresurado de lectura y pensamientos otoñales
Este domingo invita
a muchas cosas. Ese sol que ya no duele pero que calienta tímidamente me
estimula a pensar en:
1 1) Olga
de Kiev, la santa viuda vengadora.
2 2) Que a
Stalin le hubiera encantado Putin, pero que lo hubiera liquidado por las dudas
luego de ascenderlo a Jefe de Departamento en la KGB.
3 3) Que
Borges el ciego, y Stevenson el tuberculoso, amaban a vikings y piratas porque
los miraban desde la ventana de su cuarto, como amigos con los que no se puede
jugar.
4 4) Que
en esta mesa en la vereda donde pienso, más que un café, se imponía una copa de
vino tinto, en homenaje al sol que seguro rebotaba, mágico, en la copa.
5 5) Que
haberme traído a Cocteau fue sabio, él también prefiere las mañanas de domingo.
Aunque me maraville con unas cenas de domingo:
“Le debo muchos tesoros a Lucien Daudet. Aparte del de su amistad, y de haber
encontrado en su familia a otra familia, fue a través de él que conocí a la
emperatriz Eugenia, a Jules Lemaitre y a Marcel Proust. Durante una cena de
domingo en la calle Bellechasse conocí a Jules Lemaitre. Léon Daudet nos había imitado a Zola y dicho,
con su ceceo, las frases que aquél hubiera pronunciado a propósito de la
actualidad política y literaria. No era necesario haber conocido a Zola para
saborear la imitación y sentir su impacto. Léon no imitaba, resucitaba a un
hombre, y no se trataba de una farsa, sino de un prodigio, de algo que se
imponía, asustaba y embrujaba a todos los comensales. De vez en cuando dispersaba los fantasmas con
su risa estentórea parecida a una palmada sobre un hombro. A continuación la
mesa servida se convertía en mesa de médium, el fantasma ceceante se familiarizaba, volvía
y tomaba cuerpo de nuevo”
“Después de la cena, Reynaldo Hahn se sentó al piano y cantó L’ile heureuse, de Chabrier. Al igual
que en casa de Madeleine Lemaire o en su habitación del muy misterioso hotel de
los Réservoirs, en Versailles, Reynaldo cantaba con el cigarrillo a un lado de
la boca, y su exquisita voz del otro, la mirada en el cielo, todo el pequeño
jardín a la francesa de sus mejillas azuladas girado hacia la sombra y el resto
de su persona, en rueda libre, detrás del piano, en una inclinación suave y
nocturna”…
”El 14 de julio cenamos en la plaza de la Bastilla, en los “Quatre sergents de la Rochelle”, con la
ventana abierta sobre los bailes populares, la condesa de Noailles, la señora
Scheikevitch, Jules Lemaitre y yo. Era un rito, una doctrina.
Edmond Rostand se unió a nuestra última cita. Una antigua desavenencia separaba
desde Cyrano de Bergerac al autor de
este drama y al crítico de los Contemporains.
Aquel encuentro, una noche de 14 de julio, era una trama amistosa de Anna de
Noailles. Al parecer, Jules Lemaitre era el único crítico que no había hecho
sonar las fanfarrias del triunfo. Según él, Cyrano
era el broche de la Guirlande de Julie y
no aportaba nada nuevo.
Nuestra velada comenzó de maravilla. Rostand quería deslumbrar a Lemaitre y
deslumbrarnos a nosotros. De pronto, el monóculo de Rostand cayó y se rompió.
El camarero que nos atendía se precipitó y guardó los trozos. La cajera hizo
monerías y reclamó un trozo. Entonces Rostand sacó del bolsillo un segundo
monóculo que dio a la cajera y un tercer monóculo que se encajó en un ojo.
¿Se irritó Lemaitre por la cantidad de monóculos? ¿Era la última gota que
esperaba el vaso? Lo cierto es que cuando Rostand quemó el mantel con su
cigarrillo y portándose como un chiquillo, fingía temor y pretendía no saber
qué hacer, Jules Lemaitre salió de su mutismo para decir en tono seco: “Es muy sencillo, firme el agujero”
Los petardos, los gritos de la gente y la inspiración de Anna de Noailles
arreglaron las cosas. Pero fue nuestra última cena en los Quatre sergents de la Rochelle”
Me
resulta un domingo prodigioso. Pienso en lugares y personas mencionados por Cocteau para buscar.
Disfruto de su “inclinación suave y nocturna” y en esa cena que fue “un rito,
una doctrina” Comprendo también por qué el mozo salió a mi encuentro en la
vereda para saludarme e invitarme a que me siente, a reconvenirme porque hacía
tiempo que no iba a ese sitio llamado “La pharmacie”. Debía sentarme allí para
disfrutar de una mañana que empezó con Olga de Kiev y continuó en París. Fue un
error evidente no haberme pedido una copa de vino para terminar el encuentro. No cumplí con una inclinación que debió ser
un rito, una doctrina.
Los párrafos fueron transcriptos de "Retratos para un recuerdo" de Jean Cocteau. Y la ilustración es del mismo autor "Reynaldo chante L’ile heureuse" Y en la música, el mismo Reynaldo cantando esa canción.
domingo, 23 de febrero de 2014
El partido
Como todos los
días, hoy me desperté a las siete. Como es domingo , me quedo un poco más en la
cama. Me duermo otra vez. En el sueño estoy llegando a un estadio, pero no para
ver el partido sino para jugarlo. A mi izquierda viene Messi, entramos al
vestuario que está repleto de gente. No sé qué equipo es pero parece un
amistoso. Hay clima distendido, yo sé que estoy invitado. Todos se empiezan a
cambiar, voy con retraso, no encuentro las vendas para los tobillos. Messi ya
las traía puestas, todos los jugadores están listos, yo ya me vendé pero perdí
de vista el bolso. El partido es en otro lado, se suben al ómnibus y arranca,
Yo termino de vestirme y llego corriendo desesperado, ya se fueron. Detrás hay un coche con tres
rezagados. Me esperan y me subo, estoy feliz porque jugaré ese partido. Me
despierto antes de que eso suceda.
Muchas veces soñé
con partidos de fútbol. Pero hace como cinco años que no juego más por un esguince y cuando volví, me fracturé
un dedo. Así que no jugué más. Cuando jugaba soñaba con partidos y los había de
dos clases. Unos eran problemáticos: o
se jugaba en cámara lenta o la pelota parecía un globo y no había forma de
meterla. Pero en otros sueños el partido era perfecto, se jugaba en tiempo real
y yo hacía goles preciosos. Nunca me había tocado jugar con Messi, estuve a
punto de hacerlo.
Quisiera agregar
que Messi es tan callado como uno lo ve. Me sonrió apenas, pero no abrió la
boca en todo el sueño.
miércoles, 19 de febrero de 2014
Zapato
Dulce zapatito de
bebé
Rígido zapato
policial
Muda zapatilla
bailarina
Patas de rana
saladas
Del buzo y de la
rana
Zapato de
abuelita
Zapato de niño
con punteras
Los míos aún
mojados por la lluvia
Los pondría a
todos en la bolsa,
Cenicienta
A cambio del zapato
Que te falta
sábado, 8 de febrero de 2014
El perro y el borracho
Uno tuvo una
semana difícil y se quiere relajar desayunando bien en un lugar pacífico. Uno
deja la bici a su lado y se pide uno completo pero de los cool porque el lugar
es cool, de relajación o algo así. A las tostadas le suman un yogur y en vez de
manteca, queso. Todo bien, la calle está tranquila. No tan tranquila, en la
mesa de al lado de uno hay una pareja, el tipo
señala y dice algo de uno, parece que está borracho. Uno se pone a leer, a pensar en otra cosa. El tipo está borracho,
toma de una botella envuelta, se le cae. El lugar es un centro de yoga , quizás
hagan clases de recuperación de alcohólicos o cosa así. Pero uno sospecha que a
las clases de recuperación de alcohólicos se debe recomendar no llegar
alcoholizado, no? Uno que venía en plan relajación enciende una tímida alarma.
Llega otro tipo a la mesa, saluda a la chica y la chica le presenta al
acompañante. Uno piensa que es el profesor de las clases de recuperación de
alcohólicos. No simpatiza con el primer
acompañante, la chica paga la cuenta y se van los dos. Queda el borracho, y
pese a que no había parado de hablar con la chica, uno ve que sigue con ganas
de charlar. Uno se da cuenta del error, no hay clases de nada. El señor de al
lado es vendedor de artesanías, se acercó a la chica que esperaba al novio, la
chica tenía conciencia social entonces lo invitó con un café , pero cuando
llegó el novio se fue con él y su conciencia social. Ahora sólo quedan uno, su
desayuno, el borracho y su botella envuelta. Y las artesanías, unas piedritas
en la mesa. Los clientes que se acercan optan por las mesas de adentro al ver
el “paisaje” y uno visualiza lo que viene, no tanto para irse, no tan poco para
relajarse…
BORRACHO:
¡Maestro! Me hdgdffaffajdla horda?
UNO: (levantando
medidamente la vista del libro, dejando pasar unos segundos para que el momento
se tense… ) ¿Qué?
BORRACHO:
(carraspeando) ¡Disculpe maestro! Si me dice la hora
UNO: las diez y
cuarto
BORRACHO: ¡muchas
gracias!
UNO: (inaudible)
de nada
Uno sigue en su
libro pero sabe que la mañana se empieza a echar a perder…
BORRACHO:
¡Disculpe maestro!
UNO: …
BORRACHO:
¡Disculpe maestro!
UNO: (ensordecido
y enceguecido) …
BORRACHO:
(acercándose a la mesa de UNO) ¡Disculpe Maestro! ¿qué está leyendo?
UNO: Un libro
BORRACHO (con
sonrisa tímida) ¡Ya sé! ¿pero… qué libro?
El borracho ya está
al lado de la mesa de uno porque uno no revela el título que lee, así que lo
cierra y dice “este”. El borracho lee el título y se inquieta. Lo repite en voz
baja. Se sobresalta. Uno sospecha que ha leído, y siente que el título lo
sobrecogió. O quizás la foto de la tapa, hay algo que no le gusta, la sonrisa
se le apaga un poco pero nuevamente dice ¡disculpe Maestro! ¡Gracias!
Uno ya se cree a
salvo con el libro talismán, el borracho se contrarió y empieza a retirarse. A
último momento encara para la puerta del lugar, quiere ir al baño, lógicamente.
Lógicamente la chica del lugar no tiene ganas de que entre, el borracho alega
derechos de consumidor, la chica no sabe qué hacer, y uno intercede, dice que
no es peligroso, la chica cede, el borracho entra. La micción del alcohólico es
naturalmente prolongada, uno piensa que todo acabó, vuelve al libro y se olvida
del mundo por diez minutos, la trama es atrapante.
BORRACHO:
¡Disculpe maestro! La avsndggabsddji dsajsnatnta ffmnbe?
UNO: (levantando
medidamente la vista del libro, dejando pasar unos segundos para que el momento
se tense… ) ¿Qué?
BORRACHO:
(carraspeando) ¿La avenida Santa Fe?
Uno le dice que
queda para allá tres cuadras y el borracho se disculpa nuevamente, agradece y
se va con paso tambaleante. La chica del bar sale de su refugio al ver el
peligro alejándose y qué barbaridad y adonde vamos a parar, y uno opina que no
se le veía agresivo y le dice que con ese paso no llegaría muy lejos. Lo ve
perderse hacia Santa Fe, paga su cuenta (uno) y se va pedaleando en dirección contraria para
luego de una buena vuelta, tropezarse de nuevo con el borracho, en plena
interacción con dos turistas de esos que no hablan palabra en español, el
borracho, respetuosamente diciendo “disculpe Maestro”, el turista sonriendo
incómodo y uno, que tiene la conciencia social adormecida, apura el pedaleo y
se aleja en la ciudad desnuda.
Pero a uno el
tema le sigue dando vueltas, y recuerda cuando tenía no sólo conciencia social
sino también animal y levantaba perros abandonados de la calle hasta que
alguien le dijo que no quería más perros rescatados, que “el perro o yo” y uno
dijo “vos” y quizás fue un error porque el perro parecía amigable y finalmente
se quedó sin el perro y sin “vos” , lo cual visto en perspectiva tampoco está
mal (no tanto por la parte del perro sino por la parte de “vos”)
Entonces uno se
pregunta por qué los animales abandonados lo movilizan más que las personas
abandonadas y uno recurre al lugar común de afirmar que las personas parecen
defenderse mejor, el borracho lo acredita, al menos sabe decir “disculpe
maestro” y “gracias”, abrepuertas infalibes, al menos para abrir la puerta que
conduce al baño que permite esa micción larga, sonora y aliviante de quien ha
hecho una bebida de su vida y ahora sí, definitivamente, uno imita a la chica
con novio y conciencia social y decide olvidarse de todas las cosas malas de
este mundo y se pierde por la ciudad desnuda.
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