lunes, 14 de diciembre de 2015

Sobrenombres



Volver a Liniers es una recordación permanente. Una foto vieja; un pasaje del barrio que sigue igual, o alguien que me encuentro por la calle. Había bajado a buscar algo al chino y de frente venía un señor con dos chiquilines de la mano que me resultaba cara conocida. Para hablar con más exactitud, lo que me resultaba familiar era su nariz ganchuda. Antes de seguir mi relato quiero decir que los adolescentes, incluso los niños, gustan de poner apodos a los demás, a veces crueles. A mí me decían Cabezón (muchos amigos todavía me siguen llamando así aunque mi cabeza ahora luce más proporcionada con relación al resto del cuerpo, pero de chico era verdaderamente grande) y si me querían hacer enojar me decían Fósforo. A otro amigo que a veces pasa por aquí le decíamos Narigón, y de más chicos, Pinocho. Había dos hermanos que tenían varias desdichas. Una que eran de pelo claro y ojos verdes. O sea, distintos. Otra, que la madre creo que los tenía medio amarrados. Había más: jugaban poco y muy mal al fútbol y eso en el barrio merece cierta reprobación. Quedar último en la fatal selección del “pan y queso” para determinar los equipos, es una horripilancia que no se le desea a nadie. Pero además tenían otro infortunio: sus ojos de un hermoso color verde eran saltones, dos pares de huevos prácticamente. Conclusión, que les decíamos “Los Marcianos”. Nunca supe sus nombres y si los supe, no los recuerdo. El disgusto de compartir equipo, la madre que los llamaba, lo poco que hablaban y esos ojazos definitivos verdaderamente los hacía de otro planeta. El último sobrenombre que mencionaré en este intermedio es el de alguien que no recuerdo de dónde era (del barrio? del cole? de algún club?) Lo cierto es que la naturaleza había sido caprichosa al decidirle su rostro, no porque tuviera algún rasgo demasiado prominente, simplemente la distribución, los detalles tan raros, así que se lo designó “Cara extraña” y a otra cosa, porque nadie puede discutir el apodo que le toca en suerte. Generalmente demostrar dolor o enojo ante el sobrenombre no hacía más que incrementar su uso y la satisfacción de los designadores, por esa crueldad que mencioné antes.

Pero vuelvo a la tarde de hoy, a mí me estaba pareciendo que el que venía de frente con dos chicos (sus hijos? acaso sus nietos?) no era otro que “Condorito”. De más está decir que lo llamábamos así por la nariz ganchuda y el flequillo que lo hacía tan parecido al personaje de historieta. No le gustaba a Condorito que le dijéramos Condorito, y mucho menos si estaba charlando con una chica. No recuerdo su nombre, para todos era Condorito. La última vez que lo vi habrá sido hace veinte o veinticinco años, ahora era un señor mayor, cómo llamarlo de ese modo tan infamante para él delante de sus hijos o nietos? Me quedaba la alternativa de una amiga para cuando se ha olvidado el nombre del interlocutor y le manda un “qué hacés Campeón!” pero no me parecía justo conmigo mismo porque yo sí me acordaba que era Condorito.
Por suerte el señor de nariz ganchuda como la de Condorito, no era Condorito. Igual ya tenía resuelto el intríngulis dos metros antes de cruzarlo, una manera que me dejaba en paz conmigo mismo, que demostraba afecto pero también respeto, y que incluso podría realzarlo delante de sus hijos (acaso sus nietos)

Pensaba decirle “que hacés tanto tiempo, Cóndor!”







jueves, 19 de noviembre de 2015

HERMOZOS



Los mozos se suelen parecer a los restaurantes donde trabajan. Pueden ser más o menos agradables pero si el establecimiento es muy fino, el empleado gastronómico suele hacer notar esta distinción, incluso no tan amablemente. En el mismo sentido, el mozo de bodegón puede ser muy simpático o no tanto, pero si al depositar el plato que pedimos nos bautiza con un poco de salsa de tomate, tampoco se hará demasiado problema. Aunque todos recordemos más de una excepción a esto que digo, sobre todo en los restaurantes de alcurnia, creo que se produce bastante este fenómeno de mimetismo entre el lugar y su personal. Por eso es que me gustaría intercambiar por un día a los camareros del restaurante Cinco Tenedores con los mozos del fondín. No sé si dejaría alguna enseñanza al personal o a los clientes, pero sería divertido ver cómo vuela hasta la falda de la condesa un resbaloso y poco cocinado "lomo en camisa de hojaldre" llevado por Antonio, mi mozo de cabecera correcto, pero sin demasiado voulez vous; o bien cómo el Maítre Principal Monsieur Philippe, accede a realizar tareas de categorías inferiores alcanzándome delicadamente un rebosante plato de fuccile pesto y tuco a mi mesa de cantina, con mantelería de papel, donde luego deberá escribirme la adición.

sábado, 31 de octubre de 2015

El futuro es hoy


Cuando era chico soñaba con un año 2.000 lleno de futuro y gente que se transportaba telepáticamente. A los diez años me parecía que faltaba muchísimo, verme un señor con treinta y seis se me hacía imposible de creer, era más fácil pensar en gente con túnicas blancas teletransportándose.
Ahora estamos en 2.015 y me veo tan sobreadaptado, tan un hombre de estos tiempos llenos de polución ambiental y guerras como siempre y gente que viaja mejor aunque no telepáticamente, que menos mal que no llevo adentro al niño que fui sino órganos, sangre y huesos, porque no sabría qué decirle. Soy tan dosmilmente normal en el subte A (sin los vagones viejos que tanto quería), tan cincuentón eso sí leyendo en un smartphone (los teléfonos naranja con cable tirabuzón ya no existen) que si me topara con el chico que soñaba un futuro futurista le diría: “¡avivate pibe! El futuro, como aseveran los Reyes de los Lugares Comunes, está con vos en 1.974”

sábado, 17 de octubre de 2015

Novia


Antes, cuando veía una novia entrar a la iglesia me preguntaba qué estaría sintiendo el señor que la esperaba en el altar (nunca me pasó)
Recién acabo de ver una novia entrando a la iglesia y me pregunté qué estaría sintiendo el señor que la llevaba al altar.

miércoles, 14 de octubre de 2015

Soltar (1)



Parece que soltar es lo adecuado
Si cruje  una amistad
Una esperanza
O un amor
“Si lo amas déjalo ir”
Como si hundirse fuera un acto voluntario
Como si en cada amor
No muriésemos un poco
Como si el lastre fuera nuestra perdición
En lugar de lo que nos salva


(1)    Nota del Editor (1)
El autor no ha querido soltar nada, ni siquiera Rayuela y aquel amor que “te deja estaqueado en la mitad del patio”
 El Editor ha consentido en publicar estas líneas porque el autor jura que sólo después de escritas se le aparecieron las imágenes del “rayo que te parte los huesos” y que fue culpa de esa moda de “soltar” que está bien pero está mal. Agrega que también fue culpa de la lluvia, como dice la canción. Y el Editor le cree.


domingo, 6 de septiembre de 2015

Mi religión



Iba caminando de regreso a casa, domingo a la noche. Nada para soñar, ensimismado, sin respuestas como siempre para las preguntas de siempre. No la vi hasta que casi la tuve frente a mí. Una señora mayor en silla de ruedas, en la oscuridad de la plaza. Pensé que me iba a pedir, de otro modo qué podría estar haciendo allí. Me miró sonriente, musitó unas palabras casi para ella misma que no entendí. Yo venía escuchando “Iba caminando por las calles empapadas en olvido/iba por los parques con fantasmas y con ángeles caídos/ iba sin luz, iba sin sol/ iba sin un sentido, iba muriéndome”
No entendí lo que me dijo pero sonreía. No leí sus labios pero sus ojos decían “lo que sea, no es para tomarlo tan en serio”

Y sus ojos, desde luego, tenían razón.

lunes, 31 de agosto de 2015

RODRIGUEZ PEÑA, ENTRE CORDOBA Y VIAMONTE


A la altura del árbol número “C”, el muchacho que caminaba delante mío hizo un movimiento ninja. Cuando estaba por apoyar su pie derecho en la vereda con todo el peso del cuerpo, lo frenó y, desmintiendo la ley de gravedad, subió una escalera invisible. ¿Qué fue lo que no quiso pisar? Un cadáver de murciélago, ratoncito alado que a nadie podría asustar. Inmediatamente miró para todos lados para ver si había testigos de su asco poco varonil. Ya se estaba quedando tranquilo cuando sintió una mirada implacable detrás suyo. Me miró avergonzado justo cuando yo sorteaba con un saltito canchero a la bestia fenecida.

Más adelante, en el árbol letra “5”, un perro fino con alma vagabunda lengüeteaba, feliz,  un invicto chorizo. Un señor que pasaba le dijo a su amigo: “tengo ganas de esperar a ver qué hace, porque si no se lo come él, me lo como yo”
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