jueves, 26 de mayo de 2011

Aventuras de un copista

En “Bartleby y compañía” Vila-Matas nos recuerda la historia del escribiente de Melville, aquel que vivía en la oficina donde trabajaba y ante cualquier requerimiento contestaba preferiría no hacerlo.

Luego se refiere a Juan Rulfo y Augusto Monterroso, anónimos copistas en Ciudad de México, aterrorizados con la idea de que el jefe los despidiera para siempre. O Robert Walser, que trabajaba de amanuense en una increíble “Cámara de Escritura para Desocupados”

Me quedé reflexionando mucho en esa actividad menor, monótona y olvidada en estos tiempos, hasta que caí en la cuenta de que yo también fui copista una vez.

En realidad era una tarea contable, pero sí que era un amanuense. Fue mi primer trabajo, hace 25 años, incluso un poco más, y fue en la administración pública. Había una planilla de gastos diarios que debía pasar a una especie de libro mayor donde las columnas se sumaban y el ejercicio era anual. Cuando llegué por primera vez, un jefe parecido al científico de la peli “Volver al futuro” me dijo que el empleado que hacía el trabajo antes que yo llevaba el libro con seis meses de atraso. El tipo estaba loco. No me refiero al Jefe (que también lo estaba) sino a mi antecesor, quien me enseñó la tarea mientras me explicaba por qué el nazismo era la solución a los problemas mundiales. Finalmente se fue de la oficina y yo quedé a cargo del mamotreto. Al inicio, como todo principiante, me esmeré en mi trabajo, y llegué a estar solamente un mes atrasado. No era tan difícil, había que sumar unas decenas de planillas y volcar el resultado en el libro, día por día, apuntando cada asiento con letra clara y prolija. Haciendo una semana por día, tarde o temprano podría actualizarlo. Pero un mediodía de diciembre se hizo un almuerzo para festejar el fin de año, y volví a trabajar un poco bebido. Las cuentas no las revisé y el libro dejó de parecerme fiable. Se lo dije al Jefe y me contestó que eso estaba previsto, que de ninguna manera se podía confiar en los números que arrojaba esa contabilidad desde el momento en que un demente lo llevó por años. Es más, el buen hombre me dijo que él hizo ese trabajo cuando empezó hacía más de tres décadas, y todos sabían que el libro daba cualquier resultado. Pero había que hacerlo ya que así eran las reglas. Sin importar las cifras que arrojaba porque no se utilizaban para nada.

Saber eso no ayudó a mantener mi esmero. Empecé a volcar las cuentas sin revisar, aunque a veces el resultado me daba en millones de pesos. Incluso comencé a atrasarme (hasta un año, por lo cual fui delicadamente reprendido) o probaba diferentes letras y números, muchas veces desprolijos y coronados por una que otra mancha de café sobre las tabuladas páginas.

Cuando mis estudios avanzaron decidí renunciar. El libro tenía seis meses de atraso, exactamente el mismo tiempo con que lo recibí tres años antes, lo cual me pareció muy relevante.

Una década después pasé a saludar por la oficina. El Jefe parecido al científico de la peli se había jubilado y una amiga me fue contando qué fue de la vida de cada uno de los compañeros comunes: renuncias, pases y retiros dominaron sus destinos. Algún fallecimiento también, naturalmente. Casi al final le pregunté por el libro que yo escribía, y me contó que no se llevaba más, que ese trabajo se hacía por computadora, la cual era infalible y siempre estaba al día, lo que me dejó un poco triste.

Ya me iba y pensé en algo que me alegró. En la administración pública no se arroja la documentación respaldatoria por cuestiones legales, de modo que en alguna burocrática catacumba habrían de estar archivados tres enormes libracos manchados de café y que está lleno de resultados tan fantásticos como inútiles, sumados de mi puño y letra caprichosa. Y ahora esa tarea vana me llena de orgullo, porque me hace pertenecer a una categoría integrada por cientos de personajes anónimos y grises, visibles apenas por uno que otro Rulfo, Kafka o Pessoa, hermanados todos en el enigmático escribiente de Wall Street que, ordenara lo que le ordenase el jefe, inexorablemente contestaba “preferiría no hacerlo”

Ese sujeto, en la oficina que yo integré, no hubiera desentonado en absoluto.

22 comentarios:

BLAS dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
SIL dijo...

Ud tiene una interesante capacidad para lograr que nos hermanemos con los personajes de sus textos.

De la noble y paciente tarea del amanuense, que en mis años mozos desempeñé con orgullo en una Escribanía del centro-oeste santafesino, guardan silencioso recuerdo unos libros de Actas amarillados y polvorientos.

LUJO su blog-columna izquierda. Debería comentar aparte sobre ella, pero en honor a la brevedad ¨preferiría no hacerlo.-¨

Un beso

SIL

Marcelo dijo...

Blas (1)
Revisando el Bartleby de Melville para escribir esto, me encontré con una sorpresa: quien tradujo y prologó la edición que tengo yo fue Borges:
"En el invierno de 1851 Melville publicó "Moby Dick", la novela infinita que ha determinado su gloria. Página por página, el relato se agranda hasta usurpar el tamaño del cosmos: al principio el lector puede suponer que su tema es la vida miserable de los arponeros de ballenas; luego, que el tema es la locura del capitán Ahab, ávido de acosar y destruir la Ballena Blanca; luego, que la Ballena y Ahab y la persecución que fatiga los océanos del planeta son símbolos y espejos del Universo. Para insinuar que el libro es simbólico, Melville declara que no lo es, enfáticamente: "Que nadie considere a Moby Dick una historia monstruosa o, lo que sería peor, una atroz alegoría intolerable". La connotación habitual de la palabra alegoría parece haber ofuscado a los críticos; todos prefieren limitarse a una interpretación moral de la obra. Así, E.M. Forster (Aspects of the novel, VII): "Angostado y concretado en palabras, el tema espiritual de "Moby Dick" es, más o menos, éste: una batalla contra el Mal, prolongada excesivamente o de un modo erróneo".

De acuerdo, pero el símbolo de la Ballena es menos apto para sugerir que el cosmos es malvado que para sugerir su vastedad, su inhumanidad, su bestial o enigmática estupidez. Chesterton, en alguno de sus relatos, compara el universo de los ateos con un laberinto sin centro. Tal es el universo de "Moby Dick": un cosmos (un caos) no sólo perceptiblemente maligno, como el que intuyeron los gnósticos, sino también irracional, como el de los hexámetros de Lucrecio.

Marcelo dijo...

Blas (2)
"Moby Dick" está redactado en un dialecto romántico del inglés, un dialecto vehemente que alterna o conjuga procedimientos de Shakespeare y de Thomas de Quincey, de Browne y de Carlyle; "Bartleby", en un idioma tranquilo y hasta jocoso cuya deliberada aplicación a una materia atroz parece prefigurar a Franz Kafka. Hay, sin embargo, entre ambas ficciones una afinidad secreta y central. En la primera, la monomanía de Ahab perturba y finalmente aniquila a todos los hombres del barco; en la segunda, el cándido nihilismo de Bartleby contamina a sus compañeros y aún al estólido señor que refiere su historia y que le abona sus imaginarias tareas. Es como si Melville hubiera escrito: "Basta que sea irracional un sólo hombre para que otros lo sean y para que lo sea el universo". La historia universal abunda, en con­firmaciones de ese tenor.

“Bartleby”pertenece al volumen titulado The Piazza Tales (1856, Nueva York y Londres). De otra narración de ese libro observa John Freeman que no pudo ser comprendida con plenitud hasta que Joseph Conrad publicó cierta pieza congénere, casi medio siglo después; yo observaría que la obra de Kafka proyecta sobre Bartleby una curiosa luz ulterior. Bartleby define ya un género que hacia 1919 reinventaría y profundizaría Franz Kafka: el de las fantasías de la conducta y del sentimiento o como malamente se dice, psicológicas. Por lo demás, las páginas iniciales de Bartleby no presienten a Kafka; más bien aluden o repiten a Dickens… En 1849, Melville había publicado Mardi, novela inextricable y aún ilegible, pero cuyo argumento esencial anticipa las obsesiones y el mecanismo de El Castillo, de El Proceso y de América. Se trata de una infinita persecución, por un mar infinito.

He declarado las afinidades de Melville con otros escritores. No lo subordino a estos últimos; obro bajo una de las leyes de toda descripción o definición: referir lo desconocido a lo conocido. La grandeza de Melville es sustantiva, pero su gloria es nueva. Melville murió en 1891; a los veinte años de su muerte la undécima edición de la Encyclopaedia Britannica lo considera un mero cronista de la vida marítima; Lang y George Saintsbury, en 1912 y en 1914, plenamente lo ignoran en sus historias de la literatura inglesa. Después, lo vindicaron Lawrence de Arabia y D.H. Lawrence, Waldo Frank y Lewis Mumford. Raymond Weaver, en 1921, publicó la primera monografía americana: "Herman Melville, Mariner and Mystic”; John Freeman, en 1926, la biografía crítica "Herman Melville".

La vasta población, las altas ciudades, la errónea y clamorosa publicidad, han conspirado para que el gran hombre secreto sea una de las tradiciones de Norteamérica. Edgar Allan Poe fue uno de ellos; Melville, también"

Siguiendo tu comentario, Blas, diría que Borges también le sacó jugo a Bartleby.
Un abrazo

Marcelo dijo...

Graciaas por preferir no hacer cosas en esta casa, Sil!
En La Menor Idea podés preferir no hacer lo que tengas ganas, todas las veces que quieras.
Un beso

BLAS dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
esteban lob dijo...

¿Habrá la computación terminado con esas prácticas "totalmente"?


(Fuerza Vélez)

Cristina dijo...

En “Escritores y escribientes”, Roland Barthes distingue al écrivant (escribiente/escriba) del écrivain (escritor).

El escribiente o escribidor somete la palabra a un dictado preexistente, confía en que su palabra ordena en parte la ambigüedad del mundo. La escritura es un instrumento en manos de un sujeto que sabe lo que va a decir. Y tal vez por eso el "preferiría no hacerlo" del escribiente de Melville.

El escritor, en cambio,ignora lo que va a escribir y lo va ignorando hasta que, ante el cuerpo de escritura, se sitúa como lector. Para el escritor, la escritura es un fin y un problema.

Blas Matamoro dice que la escribidura pasa, y la escritura queda: vuelve, insiste, se resiste a desaparecer y no hay lectura que la agote. "Es el reino de la vigilia, del que escribe buscando estar despierto en la penumbra de la palabra inusitada y de quien lee en la misma situación alerta que solemos llamar lucidez."

Me gustan los escribidores que se rebelaron ante la palabra dictada y devinieron escritores, los que trascendieron el instrumento para ir tras la palabra como fin.

Me gusta la escritura de Juan Rulfo, la de Augusto Monterroso, la de Marcelo Suárez.

Cristina dijo...

Si herrar es divino, rectificar es al cuete?

La filosofía disléxica atacó de nuevo! jajajaja!

Claudia Sánchez dijo...

Y, qué quiere que le diga maestro? dichoso de usted que pudo dejar su huella inconfundible, un rastro que alguien, tal vez, algún día, se anime a descifrar e imagine la vida de quien escribiera con tal grafía y que dello pueda surgir una novela de la cual fuera usted protagonista inequívoco.
No como lo nuestro (las muchas de nosotras), que comenzamos de copistas con la máquina de escribir y cuyos frutos ya han sido reciclados una docena de veces, cuanto menos, formando parte, al día de hoy, del vasto universo del papel higiénico texturado.
Un placer visitar su casa, como siempre.
Saludos!

Marcelo dijo...

De acuerdo Blas!

Marcelo dijo...

No lo creo Esteban. Además, las computadoras también permiten ciertos resultados fantasiosos.
Un abrazo!

Marcelo dijo...

Cristina:
Salvo el último párrafo, tu comentario es brillante. Y mencionás a Barthes y Matamoro (amigo de Sebreli), dos autores que tengo en carpeta hace tiempo. Cuántos escribidores que se piensan escritores habrá? Muchos. Y eso no es renegar de los que pasaron por este mundo antes que nosotros y nos legaron sus obras. Con ese material se pueden hacer cosas buenas, o apenas transcribirlos.
Muchas gracias!

Marcelo dijo...

Claudia
Y bueno, aún por esas vías novedosas seguimos dejando marcas. Es que uno piensa dejar huellas memorables, maravillosas, desdeñando libracos en catacumbas o papeles higiénicos reciclados, y a lo mejor la clave del universo queda escondida en el lugar menos pensado.
Un beso!

TORO SALVAJE dijo...

La locura de la administración pública ha generado episodios memorables.

Leí una vez que tras la guerra civil española en un negociado administrativo estuvieron durante casi veinte años un jefe y dos empleadas sin absolutamente nada que hacer. Pero nada de nada.

Se ve que al principio iban puntualmente pero claro... luego con el tiempo fueron relajándose y hacían turnos para que siempre hubiera alguien.

A los veinte años vino alguien, debido a una auditoría, y comprobó lo espeluznante de la historia.

En fin...

Saludos.

Daniel Os dijo...

Lo realmente alienante en un trabajo (concuerdan Kafka Brecht y Arlt), es no conocer el siguiente paso de la cadena. Saberse parte del sistema aún habiendo perdido parámetros sobre dónde van a parar el esfuerzo o el desdén con que uno encaró sus obligaciones.

Bajo la sospecha de que más de media clase oficinista ya estuviera alienada, nada extraño resulta que El Orden lo aportara el nazismo… o IBM, una forma moderna de ordenadores.

Un abrazo,
D.

Marcelo dijo...

Gracias Toro. Buscaré a esos individuos. Compartiremos experiencias. Que veinte años no es nada.
Un abrazo

Marcelo dijo...

Os, usted es un genio. Ve debajo del agua y escribe en latín. Mire por donde el nazi explicaba todo a la perfección (a la perfección nazi, que ya sabemos como es)
Un abrazo

BLAS dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
BLAS dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Merche Pallarés dijo...

¡Jozú! Qué debates tan interesantes entre Moby Dick (Ahab), Melville, Vila-Matas, Matamoro(¿?)Kafka, Monterrosso, Pessoa... Confieso que me he perdido. Sólo me he quedado con tus libros de contabilidad que deben de estar hechos polvo y además con las cifras erróneas... Claro, ¡así funciona el mundo! Hecho una ruina debido al mal funcionamiento de las finanzas y de los que las controlan... En fin... Besotes, M.

julio62 dijo...

Preciosa historia la del enorme libraco lleno de cuentas equivocadas, como muchas vidas...