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domingo, 21 de noviembre de 2010

Esperando a Godot

Sábado de luna llena y el viejo lobo sale de su guarida. Buscando algo parecido a un hogar se sienta en el rincón del último bodegón de Buenos Aires. Las mesas desbordan, bulliciosas. Pide comida y un vaso de vino, mientras lee “Esperando a Godot”, intentando ser ajeno a la dolorosa alegría de los otros.
Se le acerca un tipo con una valija. Tiene pinta de ser Dios o el Diablo, y encuentra risueña semejante ocurrencia. El que sea de los dos le deja la valija en pago por “los servicios prestados” La mira de soslayo. Está repleta de dinero. Termina la pobre cena y se vuelve a su no hogar, valija en mano. Pero no la abre, siente que el contenido no podrá cambiar las cosas que le importan de su vida. Espera un poco más a Godot y decide ir a tomar la última copa a “Mundo bizarro” dejando la valija intacta. Ya tendrá tiempo para revisarla.
Se ubica en la punta de la barra y la ve. No está seguro de conocerla pero se ponen a conversar como si fuera la primera vez. Empieza a sentir su cuerpo nuevamente. Una hora después están en la casa de ella, amándose. Luego se marcha sin hacer ruido, ella ya está dormida.
Regresa a la guarida y sobre la mesa, la valija. Ahora sí la abre, pero ya no están los billetes. No le importa. Se sirve un whisky y se va a esperar otro poco a Godot. Seguramente no vendrá, no la misma noche de luna llena en que vio a Dios o al Diablo, tuvo entre sus manos una valija llena de dinero y luego, a un ángel que se quedó dormido.



Samuel Beckett y yo tenemos algo en común: ambos escribimos "Esperando a Godot"

domingo, 14 de noviembre de 2010

El Resucitado

Que es más fácil nacer que resucitar nadie puede discutirlo. Sobre todo si consideramos que muchísima gente no cree en la resurrección. Aunque crean en la reencarnación, les resulta difícil de aceptar que alguien vuelva a la vida en su mismo cuerpo. Yo conozco a uno que resucitó. Y no se trata de Lázaro, precisamente. Mi amigo, el resucitado, me dice que es muy extraño. Porque se da cuenta de que es el mismo tipo al que todos conocen. Pero a la vez es otro. A veces se siente como una especie de Mr. Hyde, otras un Frankenstein tan sensible como el de Mary Shelley. Y tan brutal también, pero sin instintos homicidas. Me dice mi amigo que resucitó que en general nadie advierte que estuvo muerto. Y mucho menos que volvió. O mejor dicho, que está volviendo. Hay gente que ni siquiera se dio cuenta que está algo demacrado y flaco, metida como está en sus problemas. Que es verdad eso que dicen de que nos morimos solos. En cambio resucitamos por alguien, o cerca de alguien.
Mi amigo se siente muy extraño. Se pone los zapatos y la ropa de antes, pero hay dolores desconocidos que lo hicieron distinto. Porque morirse, duele. Y resucitar también.
Está un poco asustado porque lo que le sucedió no ocurre todos los días. Digo, uno se baña, se viste, se desayuna y se va derechito al trabajo. Pero una vida rutinaria no admite muertes seguidas de resurrecciones. Al menos no muy a menudo que digamos.
Volviendo a sus zapatos y, tratando de ponerse en ellos para entender lo que le pasa, me cuenta mi amigo que excepto atarse los cordones, lo demás lo está aprendiendo de nuevo. Todo. En eso la resurrección se parece un poco al nacimiento, sólo que se aprende todo junto, mezclado y con parte de la información que ya se tenía. Lo otro que me dice es que ve las cosas diferentes. Los cortos de vista lo entenderán bien. Ahora ve algunas cosas con lente de aumento y otras sin las gafas puestas. Antes lo veía todo bien, pero igual. Sin matices. Antes pensaba en lo que sucedió ayer y lo que pasará mañana. Ahora también, pero además le concede un lugar mayor al presente. Sabe que, en caso de morirse de nuevo, va a ser difícil resucitar otra vez. Porque no es un gato, debe tener más cuidado. Eso le estoy diciendo a mi amigo ahora mismo, mientras me afeito y lo miro de frente, cara a cara, sin posibilidad de que se me escape con alguno de sus viejos chistes malos de siempre, que insiste en contarme aún después de resucitado.



lunes, 4 de octubre de 2010

Carta urgente para el Reparador de Sueños

Estimado Sr. Reparador

Me imagino que Ud. debe ser un señor con mucho trabajo. Aun más que Santa Claus, porque el Sr. del Jo Jo Jo trabaja unas pocas semanas y de enero a noviembre me parece verlo panza arriba en una playa del Caribe, con una chica de cada lado (o dos muchachos, por qué no, Santa Claus también tiene derecho) En cambio Ud. debe trocar lo sucio en oro todos los días del año. Supongo también que debe ser Ud. un hombre que recibe mucha correspondencia solicitando sus servicios, quejándose por sueños que han sido mal reparados o porque no pasó por la casa de alguien que lo estuvo esperando.

Yo no me quejo. He tenido sueños hermosos y muchos se cumplieron. Y Ud. pasó más de una vez por mi casa, reparando, corrigiendo, administrando mis sueños. Y he sido un soñador feliz: todo lo he soñado, mucho se cumplió. Pero hoy me encuentro con que si Ud. pasara por casa, no tendría ningún sueño para acercarle hasta mi puerta para que me lo repare. ¿Será que envejecer no consiste tanto en perder el cabello o la vista sino en que uno ya no sueña? Porque eso es lo que justamente me sucede. Ya no sueño nada. Y mire que yo he soñado mucho, Don Reparador. He soñado intensamente las cosas que deseé. Incluso he soñado cosas que no deseaba tanto, de puro curioso. Me soñé Alejandro, me soñé jugador de fútbol. He tenido cosas que ni siquiera me atreví a soñar, pues siendo tan frágiles temía que se rompieran de sólo desearlas. Y así fue que soñé en voz baja que era artista. Que era feliz, rodeado de los míos. Pero, o yo no soñé con suficiente fuerza, o Ud. debe haber estado muy ocupado reparando sueños ajenos, de esos con automóviles y rubias despampanantes. Porque no pasó más por casa. Lo entiendo perfectamente, los sueños materiales son muy difíciles de reparar porque, casi casi, no son sueños sino ambiciones. Y le deben ocupar mucho tiempo.

El asunto es que –le decía- muchos de mis sueños se hicieron realidad pero, como agua entre las manos, se me escurrieron antes de que Ud. viniera otra vez a repararlos.
Pero si no me equivoco, todos tenemos una cantidad de sueños preasignada por quien a Ud. lo emplea. O al menos eso me gusta pensar. Y aquí llegamos al punto central de esta carta. Lo que quiero saber, Señor Reparador, es si los sueños que me quedan disponibles y sé que no soñaré puedo traspasárselos a una personita feliz que es muy de mi consideración y estima. Porque, ¿sabe qué pasa Don Reparador? Son tiempos muy difíciles, y quisiera que esté bien pertrechada de sueños. Al fin de cuentas, son tan alimenticios como el pan y como el agua. Y Ud. sabe mejor que nadie que no se puede vivir sin ellos.

Esperando su respuesta favorable, me despido con un saludo cordial, deseándole que se le cumplan todos, pero todos, sus sueños.

jueves, 17 de junio de 2010

Los perros de Pavlov

Pavlov es el nombre de uno de los asistentes convocados por algún dios inseguro que quiere encontrar leyes universales en el mar de nuestra incertidumbre.
Que no se nos haga agua la boca la próxima vez que toque la campana Pavlov, así su preocupado jefe entiende que la conducta humana es imprevisible, incluso para los dioses como él.


Iván Pavlov

martes, 25 de mayo de 2010

La rata nocturna y los sobrevivientes

Deambulo por la casa como una rata nocturna que olfatea medrosa y hambrienta buscando comida. Entre tanto, a diferencia del roedor (o no, quien puede saberlo) pienso. Pienso que en cada hombre o mujer hay un sobreviviente. Incluso –tal vez especialmente- en aquellos que no saben que lo son. Debemos sobreponernos a la tragedia de la vida aunque ignoremos para qué, o dejarnos morir. Y no estoy pensando en tipos con problemas terribles. Me refiero, por ejemplo, al monótono comerciante con su vida pequeña. Él también es un sobreviviente que milagrosamente se despierta cada día, en un mundo que es hostil hasta en sus paraísos privados. Pero además, mientras estamos aferrados al pedazo de madera que evita que nos hundamos (familia, trabajo, dinero, pasatiempo favorito o cualquier otra adicción) ni siquiera podemos esperar que al final de la aventura exista un lugar seco y cálido donde podamos descansar, porque la única certeza que tenemos es fría y húmeda como la tumba que espera por nosotros.
Encontré un chocolate mordisqueado sin quitar el papel. Hay otra rata en la casa. Tal vez ella tenga las respuestas que no encuentro. O tal vez no tenga ninguna, empeñada como está en sobrevivir. De un modo u otro, ella y yo nos parecemos.







La "rata de Venecia" es de Sergik
Bitacoras.com