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viernes, 16 de mayo de 2014
Laberintos
La Plata es una
ciudad contradictoria. Parece facilitarle la vida al forastero cuando numera
sus calles. ¿Cómo perderse si se va a 13 y 48, por ejemplo? Sin embargo hay una
trampa: las diagonales. Está visto que si uno se deja llevar por alguna de
ellas corre el riesgo de no llegar jamás a destino.
Hoy anduve por La
Plata y, disponiendo de tiempo, me dejé llevar por una diagonal. A lo sumo,
kilómetros después pediría que me orienten hasta 10 y 48, tan grave no podría
ser. Para mi sorpresa, esta diagonal me hizo llegar más temprano aún a mi cita,
así que me metí en un café y seguramente
por asociación con el laberinto platense de las diagonales, recordé otro laberinto: el del palacio de Cnossos en
Creta. Aquel habitado por el terrible minotauro, que devoraba vírgenes de tanto
en tanto. Repasé la historia que todos conocemos: que Teseo, cansado de la
ofrenda de las y los vírgenes que el Rey de Creta le exigía a su patria, se
mezcló con ellos para darle muerte al temible monstruo. Que Ariadna, la hermana
del minotauro, se enamoró de Teseo y le ayudó a triunfar. La historia es
magnífica por aquello del hilo para salir del laberinto infernal creado por el
ingenioso Dédalo.
Hay aspectos
terribles del mito que la historia de
amor entre Teseo y Ariadna deja un poco solapados. Por ejemplo que el minotauro nació
por un error de su padre, Minos, quien no quiso sacrificar un hermoso toro blanco
en honor de Poseidón y trató de engañarlo con la muerte de otro animal.
Poseidón, al darse cuenta de la estafa, enamoró a Pasifae, esposa de Minos, del toro
magnífico, y ambos procrearon al minotauro (no es bueno querer engañar a los
dioses); que Ariadna (“la más pura”) no sólo se enamoró de quien venía a matar
a su hermano sino que lo ayudó a cometer tal crimen y a salir del laberinto,
por la promesa de Teseo de llevarla a Atenas para casarse. Para empeorar las
cosas, Teseo abandonó a Ariadna a mitad de camino, traicionando así a la
traidora, quizás por orden de los dioses.
Los dioses
griegos y sus hijos suelen ser crueles. Quizás no son nada más que humanos sin
freno alguno, niños poderosos que pueden enojarse mucho si le queremos meter un
toro en lugar de otro. Cuando la hora de mi cita llegaba, recordé a Borges.
Para él, Asterión, el minotauro, no era malo. Ni siquiera devoraba personas, y
creía que alguien vendría a redimirlo, a liberarlo de tanta soledad, no a
asesinarlo. Me quedo con esta versión
borgeana del mito. Al fin y al cabo, muchas veces vivimos en un laberinto del
cual no queremos salir y cuando creemos que alguien viene a rescatarnos,
resulta que quiere hundirnos una espada en el pecho porque nos considera
monstruosos. Todos tenemos laberintos que sortear, soledades de las que huir. Aunque
no residamos en La Plata y su laberinto diagonal.
sábado, 21 de agosto de 2010
El secreto de la vida eterna
En el bar “San Cayetano” de la avenida Rivadavia al once mil servían algo en el desayuno que aseguraba la inmortalidad, pero nunca se supo en qué elemento estaba la clave: ¿en el café, en la leche, en las medialunas, en el licuado de banana, en el jugo, en el vigilante, en el terrón de azúcar, en el rulo de la manteca, en las tostadas, en la mermelada de durazno, en el dulce de leche, en los merengues, en la pasta frola o en el vasito de agua? Nadie lo sabía, pero el que acertaba con el ingrediente adecuado detenía el tiempo, por lo menos hasta el siguiente desayuno.
El problema es que, como en todos lados, hay gente sin paciencia para probar cada una de las partes y opta por el todo; así fue que el Loco Luis tuvo una reacción atávica y mató a la gallina: atravesó al encargado de un cuchillazo y se lo comió. Nunca sabremos dónde estaba el secreto. Ahora, lamentablemente, todos moriremos, como cualquier parroquiano de cualquier bar de cualquier universo, quede en Liniers o en un barrio cualquiera. Y Luis está preso, sin dar muestras de no envejecer. Yo voy al bar todos los sietes de agosto. Uno nunca sabe. Tal vez el lavacopas ascendido emboque el secreto de la vida eterna y, de aquí a cien años, esta crónica tenga su segunda parte.

El problema es que, como en todos lados, hay gente sin paciencia para probar cada una de las partes y opta por el todo; así fue que el Loco Luis tuvo una reacción atávica y mató a la gallina: atravesó al encargado de un cuchillazo y se lo comió. Nunca sabremos dónde estaba el secreto. Ahora, lamentablemente, todos moriremos, como cualquier parroquiano de cualquier bar de cualquier universo, quede en Liniers o en un barrio cualquiera. Y Luis está preso, sin dar muestras de no envejecer. Yo voy al bar todos los sietes de agosto. Uno nunca sabe. Tal vez el lavacopas ascendido emboque el secreto de la vida eterna y, de aquí a cien años, esta crónica tenga su segunda parte.

domingo, 1 de agosto de 2010
"El Vacío Existencial"
El bar nos mira desde afuera
Con su diarios que disputan
por leernos
Almas de poetas descarriados
nos toman en pocillos
de café
En el sector “fumadores”
Cigarrillos
Venenosos y tímidos
Desesperan temerosos
Con su diarios que disputan
por leernos
Almas de poetas descarriados
nos toman en pocillos
de café
En el sector “fumadores”
Cigarrillos
Venenosos y tímidos
Desesperan temerosos
De encendernos
sábado, 6 de marzo de 2010
De vuelta al barrio
No sé por qué me cuesta volver a Liniers. Cuando voy a ver un partido de Vélez no, pero a la que fue mi casa por quince años, sí que me cuesta. Mi mamá se fue de vacaciones y quedé a cargo de la gata y de las plantas. Cuando ella está nos encontramos en lo de mi hermana o viene a mi casa. Pero a la suya voy poco. Supongo que tiene algo que ver que mi vieja dejó mi cuarto casi igual a cuando yo vivía allí. Aunque noté una Virgen María que yo no hubiera puesto. Por suerte, en mi última etapa retiré los pósters más comprometedores. Sólo quedaron algunas imágenes de fútbol y unos adhesivos de política en el vidrio de la ventana. Tal vez la anacrónica escena cuenta con sobreactuada vehemencia que ese adolescente no existe más, y quedó su cuarto a modo de museo. O quizás me hace pensar que esos años de nuestras vidas no son tan idílicos como los recordamos de grandes, sino que es un tiempo en que se descubre todo. El amor a la hora de la siesta, el sufrimiento.
En la sala también hay muchas fotos y antiguos trofeos de fútbol que gané en la escuela. Lucen antediluvianos y opacos, parecen soldaditos viejos.
Anoche, los negocios del barrio me molestaron. Me molestaron los nuevos, me molestaron los que se mantienen avejentados. Y la noche magnifica esa sensación de dejadez. Antes de llegar a cumplir con mi “trabajo”, me detuve a cenar en una esquina muy bonita. Han puesto un restaurante moderno, con ladrillos a la vista, luces tenues y mesas en la vereda. Para no desentonar me pedí un moderno pollo caprese y vino. Las camareras eran muy jóvenes y atentas. Los clientes también eran jóvenes y disfrutaban la hermosa noche de verano que nos regalaba el viernes.
Ya me había olvidado de esas cavilaciones cuando la moza pasó y gentilmente me preguntó si estaba todo bien.
- ¿Vos sabés quien era Cándido? Pregunté sin preavisar y a quemarropa
La chica se quedó muda. Yo creo que estaba preparada para que le pidiera otra botella de vino, más pan o la cuenta. Pero la palabra “Cándido”, que ni siquiera estoy seguro que supiera que era un nombre de pila, la dejó en silencio. No sé por qué me dio por el mónologo decadente. Me noté viejo y enojado cuando sin esperar respuesta me despaché diciéndole que treinta años atrás, el restaurante moderno no se llamaba “Lisandro” sino que era un bar camino a los mataderos que tenía “Renacimiento” por nombre formal. Que en lugar de luces tenues las había blancas y brillantes. Que no tenía ladrillos a la vista sino revoques descuidados y baldosas gastadas. Que el mostrador no estaba poblado de plantas, era de estaño y nada se interponía en su superficie fría y plateada. Y ese feudo no era gobernado por sus dueños sino por un mozo llamado Cándido, asturiano de cincuenta kilos y cabrón que decidía si te quería o no la primera vez que te atendía. A mis amigos y a mí nos quería, entonces cuando pedíamos licor para combatir las madrugadas frías (Legui para más datos) nos servía la copita a tope y además derramaba otro poco en el platito que le hacía de soporte. Y si no te quería la copa la servía escasa y demoraba un siglo en atenderte. No era mozo para restaurante fashion, claro. Incluso podía rascarse un testículo mientras te tomaba el pedido. Eso sí, lo hacía por afuera del pantalón. Y el pedido jamás lo anotaba. El cigarrillo que llevaba debía ser eterno, nunca ví cuando lo encendía ni cuando lo apagaba, lo tenía en la boca o lo apoyaba en el mostrador. Nadie llamaba al lugar “Renacimiento” sino “Lo de Cándido” y a nadie tampoco se le hubiera ocurrido la locura de pedir un pollo “caprese”, porque ahí había sándwiches, milanesas y churrascos. Y a las mujeres el bar no les gustaba, sólo entraban las que nos querían mucho, mucho. En ese caso Cándido, que era eterno soltero y vivía en una pensión de la lejana avenida Beiró, hacía un esfuerzo por ser más simpático, aunque a las chicas les parecía increíble de todos modos. Jamás se le ocurrió que con quince años no debíamos tomar alcohol. Nunca lo vimos beber. Aunque nos recibía con un ¡hola chicos! a nosotros nos hacía sentir hombres. De verdad. Cuando Cándido murió no fuimos más y luego “Renacimiento” cerró.
Tomé aire y "volví". Reparé que la chica me miraba un poco asustada. Le pedí la cuenta, avergonzado. Precautoriamente vino otra moza con la adición. Fui a casa, hice las tareas encargadas y me quedé a dormir. Me fui al día siguiente. La mañana del sábado era distinta, alegre. El sol daba de lleno en la vereda y los pájaros cantaban casi con furia. Las vecinas compraban carne, pastas, frutas. El fin de semana en un barrio de los de antes invita al disfrute. Los hombres leían el diario en “Lisandro” y para reconciliarme entré de vuelta. Me atendió una chica del turno mañana. Estuve tentado de preguntarle si alguna vez había oído hablar de Cándido. Pero me pareció mejor pedirle una medialuna de manteca para acompañar el café.
Nota del autor: hace años que no vivo en Liniers, me mudé a un barrio más céntrico, más glamoroso. Sin embargo cuando me preguntan dónde vivo aclaro en seguida y con orgullo que me crié en Liniers, ese barrio que ahora no me gusta tanto. Me pregunto como será ese “sentirse de ningún lado” en los emigrantes. Cuando vuelven a su tierra se dan cuenta que ya no les pertenece, pero en el lugar donde viven les dicen –y se sienten- gringos, gallegos o tanos.
viernes, 5 de marzo de 2010
En el bar
- ¿Qué desea? preguntó la moza
- Felicidad- dijo el cliente bromista
La chica pensó un segundo y respondió
- Felicidad no me queda, pero puedo hacerlo sonreír
El cliente bromista sonrió, y pagó su cuenta.
- Felicidad- dijo el cliente bromista
La chica pensó un segundo y respondió
- Felicidad no me queda, pero puedo hacerlo sonreír
El cliente bromista sonrió, y pagó su cuenta.
martes, 4 de agosto de 2009
Cómo poder hablar de amor?

Cómo poder hablar de amor
en bares con televisión?
Si en el momento justo
en que mi corazón se parte
/
tus ojos se distraen
por un instante
mirando sin mirar
figuras espectrales?
/
Y cuando vuelves a mi amor
de las noticias terrenales
olvidaste
que aquí estoy yo,
confundido,
sin ganas de volver a ser herido?
/
Prefiero a los bares como antes.
Sabían los cafés que yo he querido
dejar hablar de amor a los amantes.
(del 29/07/08)
domingo, 2 de agosto de 2009
Crónica de Gato Negro
Al mozo
le exigió el diario
pasta frola
y un café
Como el mozo demoraba fue ella misma por el diario
Y por la frola
Temía perder ambas cosas
Entre tanto recelaba por la mesa
También temía perderla en la fría tarde de domingo
Que invitaba a llenar el café.
Profanó la claringrilla
(quien tiene el privilegio de hacer el crucigrama del bar?
El dueño? El primero que llega? Nadie?)
Por profanarla se abismó peligrosamente en ella
Se encorvó
Se metió de cabeza
Para averiguar
Cual era la palabra seis
(quien tiene el privilegio de hacer el crucigrama del bar?
El dueño? El primero que llega? Nadie?)
Por profanarla se abismó peligrosamente en ella
Se encorvó
Se metió de cabeza
Para averiguar
Cual era la palabra seis
(veía bien, era pasión)
Cuando el cronista se iba del café
Ya no la vio.
Declaró que se la tragó la claringrilla.
Está seguro.
Cuando el cronista se iba del café
Ya no la vio.
Declaró que se la tragó la claringrilla.
Está seguro.
sábado, 16 de mayo de 2009
Improbable diálogo en un café de sábado por la tarde
- Las mujeres dejan a los hombres cuando fracasan, los hombres las dejan cuando envejecen.
- Sin embargo, yo me fui de su lado porque dejé de amarlo, y él era exitoso. Incluso era joven.
- Por eso te amo, porque podré fracasar tranquilo y vos, envejecer acompañada.
- Eso no es amor sino cálculo especulativo de probabilidades. Pero podemos intentarlo, en tanto no me digas que sos un excelente amante. Nadie puede serlo a priori, cuando es una simple mitad. Rechazo a los amantes erga omnes.
- Soy un pésimo amante
- Los pésimos amantes a priori también son inaceptables, por la misma razón. Detesto a los que se creen buenos o malos amantes y no me dan la posibilidad de demostrarles que están equivocados. En cualquiera de los dos casos.
- Tal vez debiéramos repensar nuestra relación, ¿no seremos contraproducentes el uno para el otro?
- Dejá de calcular y tocame.
(Erga omnes es una locución latina, que significa "respecto de todos" o "frente a todos")
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Buenos Aires,
café,
improbables conversaciones
domingo, 16 de marzo de 2008
Guia para tomar café

¿Tomamos un café ? Aquí todavía se puede. En Estados Unidos he notado que no, salvo que lo bebas caminando o en un supermercado. El mozo, impaciente, viene a preguntarte si querés algo más, y si le decís que no, te trae la cuenta… ¡sin que se la pidas!
En Buenos Aires, en algunos lugares, todavía se puede. Ojo, sólo en algunos, porque hay muchos cafés que dan almuerzo, y a las once y media invaden las mesas con manteles, platos y copas tan grandes que podrían albergar un acuario; tu pedido de café no será bien recibido.
En otros, la chica al ver que terminaste se acerca sin que la llames, y amablemente te pregunta si puede retirar las cosas. Al llevarse el plato, el vaso o el pocillo de café para que vos “estés más cómodo” en realidad te deja como desnudo ante la inhóspita mesa, que empieza a agrandarse... Entonces, o pedís otro café para vestirte, para defenderte, para legalizarte, o bien emprendés la retirada. Hice la prueba, y es difícil aguantar mucho ante la mesa vacía.
Por suerte hay bares sin nombre donde el café único que tu economía o tu deseo pueden pagar no molesta.
Pero seamos honestos, a veces los clientes no ayudan. Con el diario por ejemplo. Probá una mañana cualquiera en un bar del centro. El truco es comprar el diario en la esquina, leerlo un rato, y luego dejarlo distraídamente en tu mesa. En menos de cinco minutos aparecerá un señor impecablemente vestido, o una señora muy correcta, y ya tomando con su mano TU DIARIO, te hará el cumplido de pedirte permiso para llevarlo. No será poca la sorpresa que sentirá cuando le digas que el diario no es del bar, que es tuyo, que lo compraste, y que sale más barato que el café que ellos sí están dispuestos a pagar.
Cuidado con los bares donde al café le agregan masitas, alfajorcitos o galletitas. Si los ves en otras mesas antes de sentarte, no lo hagas. Si a media mañana empiezan a poner los manteles, andate, aunque vayas de tarde. No serás bienvenido.
Volvamos a esos bares de nombre que nadie recuerda, que no figuran en ninguna guía turística ni en los barrios de moda. Llevate ese libro que no te deja en paz y leelo tranquilo, que el viejo mozo jamás vendrá a preguntarte si querés algo más, la cuenta o a decirte que están por cerrar!!. Pero por las dudas y no sea cosa que te sorprenda un cambio de firma, estate atento a esos detalles que te di.
En Buenos Aires, en algunos lugares, todavía se puede. Ojo, sólo en algunos, porque hay muchos cafés que dan almuerzo, y a las once y media invaden las mesas con manteles, platos y copas tan grandes que podrían albergar un acuario; tu pedido de café no será bien recibido.
En otros, la chica al ver que terminaste se acerca sin que la llames, y amablemente te pregunta si puede retirar las cosas. Al llevarse el plato, el vaso o el pocillo de café para que vos “estés más cómodo” en realidad te deja como desnudo ante la inhóspita mesa, que empieza a agrandarse... Entonces, o pedís otro café para vestirte, para defenderte, para legalizarte, o bien emprendés la retirada. Hice la prueba, y es difícil aguantar mucho ante la mesa vacía.
Por suerte hay bares sin nombre donde el café único que tu economía o tu deseo pueden pagar no molesta.
Pero seamos honestos, a veces los clientes no ayudan. Con el diario por ejemplo. Probá una mañana cualquiera en un bar del centro. El truco es comprar el diario en la esquina, leerlo un rato, y luego dejarlo distraídamente en tu mesa. En menos de cinco minutos aparecerá un señor impecablemente vestido, o una señora muy correcta, y ya tomando con su mano TU DIARIO, te hará el cumplido de pedirte permiso para llevarlo. No será poca la sorpresa que sentirá cuando le digas que el diario no es del bar, que es tuyo, que lo compraste, y que sale más barato que el café que ellos sí están dispuestos a pagar.
Cuidado con los bares donde al café le agregan masitas, alfajorcitos o galletitas. Si los ves en otras mesas antes de sentarte, no lo hagas. Si a media mañana empiezan a poner los manteles, andate, aunque vayas de tarde. No serás bienvenido.
Volvamos a esos bares de nombre que nadie recuerda, que no figuran en ninguna guía turística ni en los barrios de moda. Llevate ese libro que no te deja en paz y leelo tranquilo, que el viejo mozo jamás vendrá a preguntarte si querés algo más, la cuenta o a decirte que están por cerrar!!. Pero por las dudas y no sea cosa que te sorprenda un cambio de firma, estate atento a esos detalles que te di.
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