Mostrando entradas con la etiqueta Zurdo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Zurdo. Mostrar todas las entradas

sábado, 24 de noviembre de 2012

Sólo whisky




Entraron dos tipos al bar de Sandy, uno igualito a Jarvis Cocker y el otro con algo de italiano. Bigote fino, pelo ensortijado, le faltaban los zapatos blancos y el cigarrillo con boquilla. Querían cenar y bueno, Sandy a veces tiene langostinos y otras, sólo whisky. Esa noche tocaba sólo whisky, nada para comer, nada para hacer, ni chicas ni clientes. Jarvis Cocker se insolentó con Sandy y le embocó un cachetazo. El falso italiano se rió y dijo de largarse. Pero el de anteojos tenía ganas de pasar por el baño y allá fueron los dos. Una pena. Un error. Jarvis debió aguantarse y hacer sus cosas en otra parte. Es que la luz del baño se apagó, o la apagaron. El italiano terminó con la cabeza adentro del agujero infecto, y Jarvis Cocker con las gafas estrelladas y suplicando. Salieron ambos a patadas del baño, a patadas del bar, a patadas del barrio. Jarvis lloraba y al italiano el pelo se le perjudicó irremediablemente.

Sandy no tuvo opción. Sirvió un whisky y fue a buscar algo a su heladera personal. Al Zurdo con hambre mejor no contrariarlo.





A  Miralunas, amiga del Zurdo, de Sandy y mía

domingo, 15 de agosto de 2010

Una cruel manera de estafar

Al Detective le costó un poco entender la magnitud del problema que le estaba contando el cliente, porque la estafa, en dinero, era insignificante:

- ¿Pero sabe cuánto significaba para mí, Señor Detective, esa foto con Zully Moreno? Yo soy un fanático del cine. Al final de su vida ella no salía casi nunca, y una noche del año 95 la encuentro en el hall del Maipo. Había un fotógrafo allí que cobraba cinco pesos la foto y por supuesto que le encargué una. Zully Moreno, mi amada Zully Moreno, y yo. Y para dar testimonio de ese momento mágico, para inmortalizarlo, tenía al fotógrafo providencial. Todavía se usaban las máquinas clásicas, el tipo prometió enviarme la foto por correo, junto al negativo. Como me inquietaba el incumplimiento le di veinte pesos de propina. La foto nunca llegó. Yo creo que la sacó sin el rollo. Un estafador de la peor especie, no me importan esos veinte mangos mugrosos. Zully murió hace diez años, ¿sabía? Y lloro todas las noches pensando en esa foto que no fue. De vez en cuando paso por el Maipo para ver si encuentro al tipo. Un viejo acomodador sintió lástima por mí y me dijo que una vez escuchó que el fotógrafo se iba a encontrar con alguien en el bar “El Vacío Existencial” El problema es que no sé donde queda ese bar, lo busqué por todas partes, y nada. Lo único que tiene que hacer Ud. es encontrar el bar y ubicar al fotógrafo. Se apellida Horowitz. No tiene que contactarlo ni traérmelo. Simplemente me llama por teléfono y me da la dirección del bar. Yo me ocupo del resto. Le parecen bien 5.000 como adelanto?

Por supuesto que le parecían bien. El Detective se fue al bar de Sandy. Tal vez ella lo hubiera oído nombrar. No lo conocía, pero le marcó a un tipo al final de la barra. Le decían Hemingway, tal vez por su barba blanca, tal vez porque le gusta beber. Por si fuera la segunda opción el Detective le convidó un whisky. El viejo Hem resultó un tipazo, aunque le dijo algo muy extraño

- El Vacío Existencial es difícil de encontrar porque es una creación mental. Un cliente está, por ejemplo, un domingo lluvioso de invierno frente un café, toma conciencia de su infinita soledad y las gotas que se deslizan por el cristal empañado son sus propias lágrimas internas...Se tilda, y aparece en el Vacío Existencial…

Hemingway terminó su whisky y se largó. El Detective se sintió más solo que nunca. Buscó a Sandy con la mirada. Ella no podía ayudarlo, el bar estaba repleto. Miraba el fondo del vaso con una tristeza infinita. Vio que una lágrima golpeaba el hielo a medio derretir y cerró los ojos un segundo. Cuando los volvió a abrir vio, reflejado en el espejo del fondo de la barra, el extraño letrero de la puerta:

ЄԼ ƔƛƇƖƠ ЄҲƖƧƬЄƝƇƖƛԼ

Le iba a preguntar al barman por Horowitz , el fotógrafo, cuando vio a un tipo sentado en la mesa de la ventana con una vetusta cámara a su lado. Parecía muy deprimido y era entendible, recordó cómo se llega a este bar. Jugaba nerviosamente con la cámara, la abría y cerraba, no tenía rollo. No podía creer lo simple que estaba resultando todo. Le pidió al patrón el teléfono y llamó a su cliente. Le contó la historia de Hemingway de un tirón y le cortó, no tenía ganas de explicarle cosas inexplicables. Sabía que finalmente el tipo lo aceptaría con tal de encontrar a Horowitz . Se preguntó a quien mandaría su cliente a terminar con el asunto. Los cinéfilos no suelen resolver cosas como estas con sus manos. Una hora después, por el espejo de la barra, vio entrar al Zurdo. Iba acompañado por otro tipo que traía un maletín de herramientas.

- Sabía que eras un sentimental, Detective. ¿Te sorprende que yo también lo sea? Te presento a Jack Vodka, está conmigo en esto.

No hubo más tiempo para conversar. El fotógrafo subió las escaleras en dirección al lejano baño. Atrás lo siguieron, disimulando, el Zurdo y su amigo Jack, quien impaciente, sacó un serrucho del maletín. Parece que iba a ser un trabajo a fondo. El detective apuró el whisky y sintió deseos de largarse. Pidió la cuenta y se puso de pie. Pero había un problema: el viejo Hem la había explicado como llegar al Vacío Existencial, pero no la manera de salir de él. Detuvo la cuenta y pidió otro whisky. Era cuestión de pensarlo un poco. Algo se le ocurriría.


La poderosa frase "El Vacío Existencial es difícil de encontrar porque es una creación mental. Un cliente está, por ejemplo, un domingo lluvioso de invierno frente un café, toma conciencia de su infinita soledad y las gotas que se deslizan por el cristal empañado son sus propias lágrimas internas...Se tilda, y aparece en el Vacío Existencial…", el mismo bar, Jack Vodka y Hemingway, son personajes de Miguel Angel Bruno del blog VIVENCIA: http://mikelbruno.blogspot.com/2010/08/principio-de-acuerdo.html
Allí pueden encontrarlos a todos. En cuerpo y alma.

sábado, 14 de noviembre de 2009

Qué profundo es su amor (final)

Todo marchaba a la perfección. El Cirujano esperaba su momento detrás de la corona que decía “Tus compañeras de la escuela San Carlos” El Enano se estaba aproximando al féretro. El color de su rostro pasaba de la lividez al rojo furioso y sus ojos tenían un brillo mortal. Parecía Linda Blair a punto de comenzar su show ante el cura joven del Exorcista. El Zurdo estaba en el cuarto de al lado, y no pudo reprimir su sonrisa ante la locura que explotaría en un instante, locura que él había imaginado y organizado. Pero recordó que en sus planes siempre hay un momento de zozobra, en que parece que se va a arruinar todo. Se preguntaba si aquí también ocurriría lo mismo.

- Hola Zurdo! No sabía que eras amigo de la familia. O sos pariente de la finada?

No tuvo que darse vuelta para saber que la voz que salía detrás de la cortina de humo de cigarrillo, de adentro del piloto y de debajo del sombrero era la del Detective, que le sonreía mientras bebía whisky oculto en una taza café. Sintió que un frío se apoderaba de sus piernas.

Por decir algo le soltó:

- estás trabajando?

-Vine a acompañar a Sandy. Era amiga de la Señora. A veces se tomaba un whisky en el VIP de su bar, discretamente, sin que su marido lo supiera.

No hubo más tiempo para la charla. Un ¡¡¡POBRECITAAAAAA!!! gritado como si fuera el día del Juicio Final, llevó la mirada de todos al cajón. El Enano estaba colgado de la muerta, dando patadas en el aire, en un evidente ataque de dolor ante la inexorabilidad del fin. Los guardaespaldas del viudo demoraron una eternidad en salir del estado de shock. No atinaron sino unos segundos más tarde en tratar de sacar al pequeño loco que lloraba y decía ¿¿¿POR QUÉ TE MORISTE??? ¿¿¿POR QUÉ TE MORISTE??? El viudo estaba horrorizado, porque además no conocía al desencajado que le hablaba a su esposa. Incluso sospechó si el pequeño no tendría algún vínculo “diferente” con ella. Cuando reaccionaron, dos de los grandotes tomaron el Enano de sus piernas y comenzaron a tirar de él.

- ¡¡¡NOOOOOO!!!

- ¡¡¡NOOOOOO!!!

Y allí vino el desastre. Aferrado a la mortaja, el tironazo se llevó puesta a la muerta y el féretro se cayó de las cuatro columnas que lo sostenían. La situación fue dantesca. Las ancianas que estaban cerca comenzaron a santiguarse. El viudo no lo soportó y se fue al cuarto de al lado. Todos los guardaespaldas estaban desenredando al Enano, que además daba fuertes puñetazos. En el tumulto y con el detective detrás, el Zurdo no vio al Cirujano. El plan fue tan bueno que ni él, que lo había trazado, tuvo tiempo de ver al ejecutor. Apenas alcanzó a ver una sombra saliendo por la puerta principal. Lo habría hecho?


La calma se había recuperado. Incluso le habían acercado un vaso de agua al Enano. Todo el mundo estaba impresionado con él, por la muestra de amor, cariño o lo que demonios fuera que tenía con la occisa.

- Veo que trajiste invitados. Al Enano lo conozco, y si no me equivoco, ese que salió con delicada prisa era el Cirujano. Verdad Zurdito?

- Si querés yo te doy…

- Olvidate! Ni siquiera quiero saber qué se llevaron. Yo soy Detective Privado, no policía. Y acá estoy acompañando a Sandy. Eso sí, lo que sea que te estás llevando, no lo liquides rápido. Porque si el viudo se da cuenta y me contrata para que lo recupere, me lo das en un minuto. Está claro?

- Por supuesto, Detective.

El velorio estaba llegando a su fin. Un tipo parecido a Vincent Price dijo lo de siempre:

- Por favor, familiares y amigos, ¿pueden tomar el féretro de las manijas?

Fuera de libreto y con pasos cortos, alguien se adueñó de la última de la izquierda. Los siete portadores estaban desparejos, y el cajón quedaba ligeramente ladeado.

- Una mirada espantada del viudo fue suficiente esta vez, y de inmediato dos gigantones despojaron al Enano de la manija de bronce.

- Por qué no puedo llevarla… ¿¿¿ POR QUÉ NO PUEDO LLEVARLA??? dijo el Enano mientras cruzaba un derechazo sobre el ojo del urso que estaba más cerca de él.

El Zurdo ya iba a ganar la calle, pero aún tenía dudas sobre la parte del Cirujano, si habría podido hacer su trabajo. Es que el Enano se había pasado, como siempre, y a lo mejor no pudo. El féretro era de esos que tienen un pequeño visor a la altura del rostro, y al Zurdo se le dio por darle una ojeada, buscando alguna clave. Extrañamente, la cara no tenía rigor mortis. Tenía como una pacífica semi sonrisa. No había dudas. El Cirujano había pasado por allí.


A Miralunas, que con muñeca perspicaz suele adivinar cosas.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Qué profundo es su amor

El dato lo trajo el Colorado, el pibe que trabaja en la funeraria. El millonario del barrio pidió estar un segundo a solas con el cadáver de su esposa, antes de que lo prepararan. Fueron unos minutos, pero el Colorado lo espió. El tipo sacó una alhaja de la cajita y la metió en el féretro.

- Se la colgó del cuello?- preguntó el Zurdo

- No, era un anillo. Brillaba como loco, nunca ví algo igual.

- Se lo puso en el dedo- afirmó el Zurdo

- No…

- Qué hizo con el anillo? Me estás cansando nene, si no me decís donde lo puso te surto.

- es que se lo puso en la….en la….. Abajo.

- De verdad? Te fijaste bien? Qué profundo es su amor! Y donde la entierran?

- En la mansión de la familia, en el jardín…No se puede hacer nada! El tipo anda rodeado de guardaespaldas y el predio tiene mil alarmas. Y acá en el velatorio habrá mucha gente cerca del cuerpo…Qué le vamos a hacer? Imposible!

- No es imposible si lo hacemos bien. Eso sí, tenemos que llamar al Enano y al Cirujano. Ya se me está ocurriendo algo…

Antes que nada vamos aclarar los tantos. Al anillo lo hago guita yo, y de lo que me den lo dividimos en cinco partes.

- Pero somos cuatro, Zurdo- dijo el Enano

- Enano pelotudo, si empezás así te pego una volea y salís planeando. Lo único que vas a hacer vos es quilombo, y eso te sale bien. Pero lo tenés que hacer en el velorio, no acá. Se reparte así: una parte para el Colorado, otra para el Cirujano, otra para vos y dos para mí. Y al que no le gusta me lo dice y se baja ahora mismo. A quien no le gusta?

- ….

- Bien. Colorado, tenés que hacernos pasar a los tres. Hay circuito cerrado donde está el cajón?

- No, porque nadie sabe lo que le puso. Menos yo…

- OK, tu parte termina ahí, entonces.

- Enano, vos te acercás al ataúd y hacés un show de los tuyos. Pero tiene que ser completo. Patadas, llanto y gritos, un acceso total, porque tenés que conseguir voltear el cadáver. Ahí entra el Cirujano…

- Por qué te dicen cirujano?- dijo el Enano

- Por la mano de oro que tengo con los autos, las cerraduras, las cajas fuertes y las mujeres. Las vivas, claro…

- Te animás? Tendrás unos veinte segundos para abrirle la mortaja, sacar el trofeo de adentro del trofeo y dejarlo mínimamente igual. Qué decís?

- Que lo intentaré, Zurdo.

- No, tenés que decir que lo harás.

- Lo haré

- Y vos que hacés, Zurdo? Dijo el Enano.

- La puta que te parió Enano, me tenés podrido. Pienso! Pienso! Tomátelas!

- No, está bien. Me callo la boca…

- OK, todos a las 12 de la noche, en Casa Vivas, Servicios Fúnebres.


Vocabulario:

Hacer guita: vender

Quilombo: Prostíbulo. Por extensión, lío, escándalo.

Tomárselas: irse.

domingo, 30 de agosto de 2009

Un extraño incidente



El cuadro, cuanto menos, era inusual: un tipo de impecable smoking, en un auto último modelo, discutiendo con un hombre de bajísima estatura, en el medio de la calle.

- ¿Qué pasa señores? Inspector Fernández. División Investigaciones, Policía Federal.
- Que este señor discriminador, mientras yo cruzaba tranquilamente la avenida, me gritó “¡apurate enano!” y a mí, Inspector, eso no me lo grita nadie…
- ¡Mentira! ¡Soy padrino de una boda y estoy llegando tarde! No sólo que no le grité. Además, este pequeño energúmeno me golpeó sin razón!
- ¿Pequeño energúmeno me lo decís a mí? ¡Tomá!
- Caballeros, ¡por favor! me van a tener que acompañar. Lo vamos a resolver en la seccional. ¿Me permiten sus documentos?
- ¡Inspector! ¿Escuchó lo que le dije? ¡Soy padrino de una boda! ¿Cuánto vamos a demorar?
- Entre que llega el Fiscal de turno, declaran los dos, chequeamos sus antecedentes…y, no menos de dos horas.
- ¡Pero la boda es en veinte minutos y estoy llegando tarde! ¿No podemos arreglarlo de otra manera?
- No sé. Mire, a ud. lo veo una persona de bien, pero la acusación del pequeño caballero es muy seria. De ser verdad, Ud. violó la ley antidiscriminación…
- ¡¡¡Pero si yo no hice nada!!!
- Eso no me consta…salvo que me adelante el valor de la fianza y me jure que se presenta el lunes a declarar.
- ¿Y cuanto sería?
- Mil pesos
- ¡Es una locura!
- Claro. Mejor guarde el dinero que tenía previsto para darle a los novios. No se preocupe. Voy a apurar todo para que al menos llegue antes de que termine la fiesta
- Está bien. Acá tiene.

El hombre del smoking se fue como un rayo, y el pequeño irascible se quedó con el "Inspector"

- ¿Estuve bien Zurdo?
- Más o menos, por ser la primera vez. No te dije que le pegaras.
- Es que que yo me enojo rápido, ¿viste? El tipo no me dijo nada de entrada, pero no me gustó como me miró. La próxima vez hago todo como vos me decís. ¿Me das mis $500?
- ¿Quien te dijo $500? Tomá $100 para tus gastos chicos. Más adelante vemos. Estaba pensando otra cosa. ¿Cómo te ves de enano ciego?

sábado, 29 de agosto de 2009

La educación sentimental

El sujeto del metro cuarenta centímetros de altura resultó tener un carácter irritable. Se paró enfrente de la mesa del Zurdo, que hablaba a los gritos por su teléfono, y le dijo:
- Hable más bajo ¡imbécil! ¿No se da cuenta que sus gritos molestan a todo el bar?
El Zurdo no le entendió. Fue como si no lo hubiera visto. Siguió concentrado en sus alaridos.
- ¿Ud. es estúpido o se hace? ¡Baje la voz o le corto la comunicación!
El Zurdo no podía creerlo, mientras decidía enojarse o reírse. Hizo ambas cosas.
- Enano, desaparecé porque vas aprender a volar
- Me lo imaginaba… irrespetuoso y además ignorante. Yo padezco talla baja de origen hipofisario! Y no te tengo miedo, pelotudo!
dijo mientras le apoyaba el brazo levemente en el hombro, dándole un ligero empujón.
Todavía el temerario contrincante tenía su boca llena de la o de "pelotudo", cuando el derechazo de sentado del Zurdo impactó en ascendente cross sobre su pómulo. Salió despedido contra las mesas del fondo del bar, rompiendo los pocillos y vasos que encontraba en su camino, un plato de ñoquis que llevaba el mozo y la campana de sándwiches del mostrador.
El Zurdo se acercó y lo ayudó a levantarse. El hombrecito estaba lleno de vidrios, estupefacto. No podía creer que el energúmeno le hubiera dado semejante golpe a un hombre con problemas físicos evidentes. En el bar había un silencio de responso, sólo chillaba el vapor de la cafetera. El Zurdo lo acompañó al baño y lo ayudó a limpiarse la cara magullada. Mientras se lavaba las manos, esto le dijo:
- ¿Sabés qué pasa pibe? Me di cuenta de algo y te quise ayudar. Vos tenés una desgracia, no soy ciego. Pero me pareció que esa puteada que me echaste la hiciste muy seguro. Que te diste cuenta que todos te aguantan porque al enano nadie le pega, con la desgracia que tiene. Y yo soy el Zurdo, entendés? A mi no me putea nadie. Y tocar, me tocan las minas, nada más. Bueno, qué querés tomar? Dale, yo te invito.

Su pequeño amigo seguía sin recuperar el habla y el Zurdo pidió dos ginebras. Es que en el fondo, él también es un sentimental.

sábado, 1 de agosto de 2009

Pesto y tuco (final)

Gaetano Malatesta es un duro. Siempre trabajó como un burro. El tipo se vino solo de Nápoles con quince años, cuando el hambre le apretaba las tripas. Cada cubierto, cada jamón y cada botella de Carcassonne que hay en su cantina las pagó con sangre, con sudor o con lágrimas. Así que maneja su negocio con mano de hierro y en cada proveedor, en cada mozo o en cada cliente, ve un potencial enemigo. Por eso los trata con distancia. Pero por un problema legal con un empleado le pidió un préstamo a Gutiérrez, hasta ese momento uno de sus mejores clientes. Llegó la fecha de pago junto con la crisis y no pudo cubrir la deuda. Y encima la próstata que lo estaba matando. Justo el día que le llevaba la plata de la operación al Doctor Vergara, apareció el Zurdo. Así y todo, y aunque el Zurdo lo estuviera cocinando en el baño de caballeros, no perdía el control de las decisiones. Aflojó cuando se dio cuenta que arreglarse la cara y las costillas le iba a salir más caro que la operación de próstata.
Y ahora el Zurdo lo tenía sin dormir desde hacía varias semanas. El, que no le compró ni un juguete a sus hijos por las dudas de que el hambre de la guerra volviera, aguantando que un delincuente le comiera gratis? Ni a una puttana se lo consintió! Y eso que las mujeres lo volvían loco! Y ahora mismo lo tiene al Zurdo muerto de risa en la mesa 8. Siempre en la mesa 8, como si fuera un viejo cliente...


- Tano! larga todo! te invito a morfar.
- Ma che cosa dice, “Sinistra”? Io sto lavorando… per voi…stronzo... (
dijo por lo bajo, insultando)
- Tano, no me digas Siniestro. Esto es Buenos Aires, entendelo de una vez. Decime Zurdo. No te lo digo más. Y si no te sentás ahora mismo a comer los fideos conmigo, te vuelo la cabeza y acá mañana hay seso como plato del día.
- Va bene..allora andiamo, Moglie!! Dammi Il mio vino, Il Lacryma Christi !

/
No pareció un almuerzo. Pareció un partido de naipes. Mejor dicho, se asemejó a un partido de ajedrez. Movió primero Gaetano comiendo una feta de jamón. El Zurdo hizo lo mismo. Los contendientes se miraban fijo. Al Zurdo le gusta el riesgo, entonces bajó el jamón con un trago de vino y se mandó un bocado de pesto y tuco. El tano estaba lívido. Los mozos, expectantes. Pero Gaetano es un duro. Siempre lo fue. Miró a su esposa, que lo observaba angustiada desde el mostrador. Qué se dijeron esos ojos? Algo se hablaron, porque luego de mirar a la Moglie, el Tano agarró el plato con las dos manos y se lo puso bien debajo de su pecho cubierto por la servilleta. En cinco bocados se tragó los tallarines. Y después se bajó dos vasos de lacryma, uno atrás del otro, mientras una estaba a punto de caerle de su ojo morado. El Zurdo lo medía, silencioso.
Este tano es cabeza de tacho pero no tanto. Veneno no le pone a los fideos. Como mucho, me los mea…
/
Pero el Zurdo se sintió tocado en su orgullo. Además, en la cárcel aprendió por la fuerza a comer mierda. Qué más le daba si comía un poco de tallarines a la “orinesca”? Además no estaba seguro. De lo que no tenía dudas es que el respeto se impone con miedo. El sabe que todos saben que sospecha de los fideos del tano. Y si se los come igual, da una prueba más de que con él no se jode. Sonriendo se clavó el plato de tres bocados. Eructó satisfecho y dejó ir a Gaetano sin decirle nada.

/
Por un buen tiempo el Zurdo no fue a la cantina. Gaetano ya se había olvidado de él. Pero volvió un sábado a la noche, bien borracho. Levantó de una patada a los ocupantes de la mesa 8 y gritó:

- Tano! Traeme el jamón y el Carcassonne!
- E voi! Non mangiare di pasta?
- Sí. Pero la salsa no la hagás vos que ya me aburrí. Esta noche quiero probar la salsa de tu moglie!

/



La Menor Idea agradece la inestimable colaboración de Susana para la voz de Don Gaetano. Tante grazie Susi!

miércoles, 29 de julio de 2009

Pesto y tuco

Que el Zurdo es una bestia ya lo sabemos. Pero otra vez se pasó de la raya. Todavía caminando con cierta dificultad por el problemita que tuvo semanas atrás, salió a trabajar de nuevo y se fue a la cantina de Gaetano a cobrar una deuda en nombre de Gutiérrez, el prestamista.
El dueño se resistió. Y eso que de arranque el zurdazo profesional le cerró un ojo. Los mozos no se metieron mientras el Zurdo lo convencía. Después lo llevó al baño de la cantina, que no es lo que se dice pulcro. Lo puso de cabeza sobre el agujero que menos inodoro es cualquier cosa, y un Gaetano amarronado seguía sin aflojar. Recién cedió cuando el Zurdo le golpeó la cabeza contra el espejito del baño. Al ver su rostro ensangrentado y sucio dijo basta. Le dio $1.243.- de la caja y luego fue hasta el fondo y apareció con otros $12.000. La deuda estaba cancelada, incluso los intereses de usura.

Pero el Zurdo siempre hace una de más y decidió quedarse. Es que mientras trabajaba con la puerta del baño entreabierta porque es muy pequeño, olfateó las delicias de la cocina. Así fue que interceptó los tallarines pesto y tuco que estaban a punto de posarse en la mesa 8.

- Algún problema? Les dijo a los frustrados comensales, quienes rápidamente le explicaron que no tenían ninguno.

Bajó una botella de los Carcassonne exhibidos en los estantes de la pared y pidió que le cortaran jamón crudo. Comió todo a la vez, jamón y tallarines. Y bajaba los pedazos a medio masticar con el vino, en un concierto de ruidos indescriptibles.
El asunto no terminó con el postrero y escandaloso eructo. El Zurdo empezó a ir una o dos veces por semana a comer gratis lo que transformó en rutina: jamón crudo, tallarines y Carcassonne. Siempre riéndose desfachatadamente. Gaetano lo miraba rojo de furia y él comía con más gusto por ese motivo. Pero un día notó que el tano ya no lo miraba con odio. De repente le pareció que toda la cantina había cambiado la actitud. El tano, que siempre lo miraba fijo, ya no lo hacía, y los mozos, que antes no le sostenían la vista, merodeaban su mesa observándolo, como esperando algo. De pronto el tuco le pareció un poco ácido...Se le animarían a él, que era capaz de matar por una pavada?
A la vez siguiente no dudó. Cuando tuvo los tallarines enfrente, gritó:

- Tano! Largá todo! Te invito a morfar.



Vocabulario:

Tano: voz lunfarda que refiere a los italianos en general, y a los napolitanos en particular.

Tuco: (del italiano suco, zumo o jugo) es el tipo de salsa preferida en Argentina, Chile, Perú y Uruguay para aderezar las pastas y la polenta.

Pesto: salsa verde derivada de la llamada provenzal, es decir, una salsa tomando como base aceite de oliva y ajo, caracterizada por el añadido de albahaca machacada (en italiano "pestata").

Morfar: comer


miércoles, 22 de julio de 2009

El Zurdo es un cerdo (Final)

El detective volvió con el dinero y los tipos se fueron de inmediato, sin decir nada. Sandy le sirvió un whisky doble sin hielo y le preguntó:
- Cuanto te debo?
- Nada. Me ayudaste a cobrar una deuda que el Zurdo tenía conmigo. Te imaginarás que aproveché la ocasión. Si estás muy decidida, después invitame con otro whisky.

Algo más había en las miradas de los dos, detrás del cansancio de sus días. Pero ninguno se animó a decir nada. El porque hablaba poco. Ella porque nunca reía. Seguramente los quejidos que venían de la mesa del fondo tampoco ayudaban. Lentamente el bar comenzaba a poblarse con su fauna habitual. Un tipo de anteojos se sentó al lado del detective. Tenía pinta de saber de mitología griega. Pero no dijo nada y salió del bar. El diluvio lo transportaba hacia otro sitio, a tomar un último trago. Total, Deyanira y su centauro psicópata sexual lo podían esperar.

Lástima que era de cuatro letras. Porque si hubiera tenido cinco, me arriesgaba y ponía la palabra Zurdo...
----------------------------FIN--------------------------


- No quiero verte nunca más por acá.
- Bueno Sandy…. pero… me debés plata…
- Sos un caradura. Y encima hoy casi me fundís. Un día de trabajo tirado a la basura!
- Está…bien…sólo quiero que me hagas…un último favor. Necesito…una bolsa…de hielo…
- Bueno.
- Algo…más…quiero…que la bolsa…me la pongan…las chicas… No tenés…problema…no?





martes, 21 de julio de 2009

El Zurdo es un cerdo (III)

El cuadro era extraño (con el Zurdo todos los cuadros son extraños)
Sandy estaba apoyada en el mostrador, con la mirada fija en la puerta. Sus chicas iban y venían pese a que no había quedado nadie en el bar, excepto –claro- los tres de la punta. Todas sonreían. Incluso alguna soltaba una risotada. El detective fue directo a la mesa. Estaban en una de esas que tienen asientos fijos con respaldar como de tren. Esas que siempre se ocupan primero porque son más íntimas. El Zurdo estaba del lado de la pared. Desencajado, no miró al detective cuando éste se acercó. Parecía en trance, con la vista perdida. Tenía las manos sobre la mesa, igual que el oso con pinta de rottweiler que estaba a su izquierda. Sólo que el oso tenía arriba una mano sola. La derecha se perdía debajo y de vez en cuando hacía presión. Si el Zurdo se quería zafar, el oso apretaba más y le metía un cabezazo. Entonces el Zurdo largaba un quejido cansado. Del otro lado de la mesa, el tipo que parecía ser el Jefe fumaba tranquilamente. El Detective lo reconoció. No era lo que se dice un tipo limpio. El Detective probó distender:
- Zurdo, sabía que te gustan las cosas raras. Pero no tanto.
No resultó porque nadie se rió.
- Andate detective. No es con vos el asunto.
- Lo es si hacen que suceda en este bar…
- El caballero nos ha intentado estafar. A nosotros, que somos del Departamento de Defraudaciones y Estafas.
El detective no necesitó saber más. Sabía que el Zurdo le cobraba a algunos profesionales un “permiso de trabajo” en nombre del Departamento. Seguro que se quedó con alguna parte que no le correspondía…
- Supongo que se trata de un error. Sólo que no lo puede explicar porque está sofocado. No es cierto Zurdo?
El Zurdo lo miró. Trataba de hablar y no le salía más que un quejido. Quería decir tanto con los ojos a la vez y no podía, que finalmente suspiró y apoyó su cabeza sobre la mesa.
Quizás si voy hasta tu casa a buscar la suma de dinero que los caballeros reclaman, solucionamos el problema. Qué les parece?
El Zurdo recuperó el habla milagrosamente y suspiró
- No…
El Jefe hizo una seña y el oso con pinta de rottweiler apretó de nuevo. Pero esta vez una vena surcó su frente. O se había enojado o estaba apretando con más fuerza. O quizás ambas cosas. El Zurdo gritó por primera vez desde que el detective había llegado. Lloraba sin lágrimas y mezclaba insultos con pedidos de piedad.
- Zurdo, si no dejás que vaya a buscar la plata ahora vas a tener que orinar por un tubo de plástico el resto de tu vida. Y mejor no te hablo de tu vida sexual. Deberás cambiar de hábitos, te lo aseguro.
Unos apretones más tarde el Zurdo dijo que sí. El lugar donde guardaba el dinero se lo dijo al oído. Le pidió, le imploró que sólo sacara la suma que debía. El detective ya ganaba la calle tormentosa cuando volvió sobre sus pasos. Imaginaba la respuesta pero lo intentó igual. Sandy conocía toda clase de tipos extraños. Pero no sabía nada de un centauro violador.



lunes, 20 de julio de 2009

El Zurdo es un cerdo (Parte II)


El Detective ya se estaba yendo de la oficina. Era una tarde de perros y no había ocurrido nada. Había arrancado un par de palabras cruzadas de la última página del diario del bar para hacer en su departamento. Incluso ya había empezado con una: “Centauro que intentó violar a Deyanira” La noche no prometía más que lluvia, frío y soledad. Ya se estaba yendo. Pero sonó el teléfono. Era Sandy.
- Al Zurdo lo tienen agarrado de los bolas.
- Cómo? Alguien lo está extorsionando?
- No. Lo tienen agarrado de las bolas de verdad. Lo estoy viendo ahora mismo. Y parece que le duele mucho, porque grita como el cochino que es.
- Y qué querés que haga? Llamá a la policía y listo.
- Ese es el problema. Para mí, el oso con pinta de rottweiler y manos de candado y su jefe son polis.
- A lo mejor te conviene y lo ponen al Zurdo en vereda. O será por algo de tu negocio?
- No creo. A mí casi ni me miraron. Fueron directo al Zurdo, que por supuesto estaba muy entretenido en su porquería. Por eso lo tienen agarrado del paquete, porque lo tenía a la vista de todos, como siempre. Si no fuera porque no me quedó ni un cliente adentro del bar lo disfrutaría. Al fin y al cabo hice un pésimo negocio al traerlo. El problema es que me están liquidando con el “showcito”. Es fuerte lo que se ve y lo que se oye. Esperá que me acerco con el teléfono. No te preocupes por los tipos, parece que fuera la mujer invisible.

De verdad que era impresionante. Los gritos y el llanto entrecortado del Zurdo llegaban nítidos por la línea. Parecía un chico.
- Escuchaste, no? Por favor vení. Te pago lo que quieras. Pero vení! Los tipos no tienen apuro en irse…
El detective tomó su piloto y se puso el sombrero. Paraguas no. Siempre los odió. Los crucigramas quedaron en el escritorio. Ya en la calle, no podía quitarse de la cabeza la dos horizontal, Centauro que intentó violar a Deyanira. Una lluvia de fin del mundo le empapaba la cara. Y eso que el ala del sombrero le pasaba por debajo de la línea de los ojos.

sábado, 18 de julio de 2009

El Zurdo es un cerdo



El Zurdo es un cerdo. Aunque parezca un juego de palabras, es así. Y además es un vicioso. Todas las tardes va al bar de Sandy. A tomar algo y a hacerse tocar por alguna de sus chicas. Sandy lo consiente porque el Zurdo la saca de apuros con la policía. Pero no es un bar preparado para eso. “Eso” se hace en otra parte, en el hotel de la vuelta o donde sea. No forma parte del negocio de Sandy. Pero el Zurdo es un cerdo y lo quiere ahí. Gratis. Obsceno, a la vista de cualquiera. Las chicas protestan pero Sandy no puede hacer nada. Para colmo a veces tarda en terminar por causa del alcohol. Antes, el Detective pasaba a tomar una copa y a charlar con Sandy. Pero desde que el bar cayó en las garras del Zurdo, solamente viene cuando lo necesita a él. No tolera el cuadro. Incluso, una vez que entró y se acercó a su llamado, el tipo estaba en plenos menesteres manuales. La chica tenía cara de asqueada. Y no son chicas impresionables las del bar de Sandy. El le hablaba al detective como si le estuvieran haciendo la manicura. Y se reía, por supuesto. El detective también se asqueó y se fue enseguida. Después viene otra chica y limpia, descuidada. Y quien termina involuntariamente de arreglar el desastre es el tipo que llega después, cuando se sienta. No es culpa de Sandy. Ella nunca pensó en montar un bar de máxima categoría. Pero es que el Zurdo es un cerdo.

sábado, 6 de junio de 2009

Los diamantes son el mejor amigo de la mujer (final)




Era la típica rubia platino: curvas abundantes, zapatos de taco alto y risita ingenua. Pero de ingenua sólo tenía la risa…


- él tiene razón en esto: Agostino está involucrado. Pero no con él. Conmigo. Más o menos desde que mi marido dejó de trabajar para su “grupo”. ¿O por qué se cree que lo dejó ir tan campante? Pero el idiota del Tenso, cuando vio la dirección adonde tenía que llevar la caja, pensó que era para el contador, no para su esposa. Mañana es la boda de la hija del gobernador, que como usted sabrá es muy amigo de Agostino. Y nosotros también estamos invitados. El quiere que luzca los diamantes. Pero ahora Ud. tiene que averiguar quien los dejó allí, por qué y entregarlos. Lo primero acabo de contárselo. Qué piensa hacer con ellos?

Nuestro detective estaba perplejo. Todavía no había conseguido digerir que un tipo que lo ubicó por la guía telefónica le hubiera dejado un millón de dólares en diamantes y cien mil dólares en efectivo para averiguar algo que su esposa le diría una hora después. Y ahora debía decidir qué hacer con las joyas. Pensó en ganar tiempo.


- Dígamelo usted…
- Démelos a mi.
- Y qué haría con ellos? Si los luce en la fiesta tendrá un problema con su marido. Y si no, lo tendrá con Agostino…
- Es verdad, Ud. es muy inteligente. Tenemos un problema, encanto.

Toda la frase le retumbó en la cabeza como un escalofrío. Sabía perfectamente lo que significaba: una invitación. Pero lo que más lo inquietaba es que ella no parecía preocupada por poner en riesgo su matrimonio y su vida. Nadie, pero nadie, le hace un desprecio a Agostino. Ni siquiera una chica platino como ella.


- Voy a hacer unas llamadas. Por favor, espere en la sala contigua.
- O.K., pero me llevo el whisky.

Odiaba tener que caer en las manos del Zurdo, pero no tenía opción. Sabía que solamente él podría chequearle toda la historia, empezando por el contador, siguiendo por el romance y terminando con los diamantes. El Zurdo también hizo un par de llamadas y le dijo que el cuento era verdad.

- Hola, Contador? Le habla el Detective. Tiene Ud. razón. Los diamantes los envió Agostino. Disculpe que se lo diga brutalmente, pero tiene dos opciones. El lado bueno es que Ud. puede escoger. El lado malo es que no pintan muy bien ninguna de las dos. Dígame qué prefiere ser: ¿viudo o cornudo? Porque si mañana su esposa luce los diamantes en la fiesta, su vida y la de ella no corren peligro. No sé como se lleva con las cuestiones del honor y esas estupideces. En cambio si no los luce, o no van, le aseguro que la vida de su chica platino no vale nada. Y si encima Ud. los devuelve, la suya tampoco.

Al rato, el Contador estaba otra vez en la oficina del Detective. Fue a buscar a su esposa, y también a llevarse los diamantes. Estaba serio, pero no furioso. Tal vez fuera miedo, o que se sentía acabado. Tuvo ánimo para pedirle al detective el dinero porque el trabajo no estaba terminado. Ya no tendría que entregar los diamantes, él se ocuparía de eso. Nuestro hombre dijo que jamás devolvía el adelanto salvo que él renunciara al trabajo, aunque en este caso tal vez hiciera alguna excepción, pero que lo resolvería un poco más tarde al ver cómo terminaban las cosas.…
Los acompañó hasta el ascensor, y luego se quedó un poco más en el pasillo. Era un elevador abierto, de los antiguos, por lo que escucharía perfectamente si el matrimonio peleaba mientras descendía. Sin embargo solo escuchó una risita. La de ella. En ese mismo instante se dio cuenta que la historia no podía terminar así, sin enterarse qué fuera a pasar en la fiesta. Es que su maldita moral no alcanzaba a decidir si le devolvería una parte del dinero, o no. Seguramente ella sería fotografiada al entrar pero…para qué arriesgarse? Ya de regreso en su oficina, se sirvió el último whisky de la noche. O el primero de la mañana, porque el reloj marcaba las seis.



A la noche siguiente, el Sr. Contador y su esposa entraron a la fiesta. Ella lucía radiante, y el brillo de su sonrisa competía con el fulgor de los hermosos diamantes que llevaba puestos. Al verla, todos se olvidaron de la novia. El gobernador los recibió cálidamente y los ubicó en la mesa de Don Agostino, quien también sonreía. Nuestro detective estaba adentro del salón, confundido entre los invitados, observando. Hacía siglos iba a una fiesta, y aunque a esta no lo habían invitado, tal vez se quedara un rato. Un mozo le ofreció un martini pero él le pidió un whisky. Sus ojos se cruzaron con los de ella. Estaba lejos, pero se dio cuenta que le sonreía a él…

Apuró el trago y se decidió. Nunca, pero nunca, devolvía el dinero que recibía por adelantado. Salvo que él mismo renunciara al trabajo. Era hora de volver a casa. Bah, a la oficina.

miércoles, 3 de junio de 2009

Los diamantes son el mejor amigo de la mujer




Cuando el detective comenzó, siempre soñó con dos trabajos: una llamada femenina pidiendo ayuda en el silencio de la noche, y alguien buscando unos diamantes. Eran dos clásicos que no le pueden faltar a ningún investigador privado. El primer llamado lo había recibido, con suerte regular. Pero el segundo no, y ya tenía olvidado el asunto, preocupado por el inminente corte de luz por falta de pago.
Por eso, cuando el teléfono sonó, dudó en atender. Lo único que le faltaba era el dueño del lugar reclamando los cuatro meses de atraso. Un teléfono que no se responde es un acto de libertad que nuestro detective no estaba en condiciones de realizar.


- Se trata de unos diamantes que valen un millón de dólares. Si me lo resuelve, le doy el diez por ciento. Pero no sé si puede recibirme ahora mismo…



Eran las doce de la noche y el detective había decidido dormir en el sofá. Pero estaba desvelado y sin un centavo, así que dijo que no había problema, fingiendo algo de desinterés al responder. Media hora después estaba bebiendo whisky con el desconocido:


- Encontré su número en la guía telefónica, ¿le explico?
- Por supuesto. Cuénteme sobre la última vez que vio los diamantes.
- Los vi hace un minuto mientras subía por el ascensor. Quiero que me diga quien los dejó en mi oficina y por qué. Y que se los devuelva, naturalmente.


Si había algo poco “natural” era devolver un millón de dólares en diamantes. Le contó que era un exitoso contador, y que hace unos años se había enredado con algunos tipos pesados, pero que consiguió salir a tiempo. Eso pensaba, pero los diamantes parecían decir lo contrario. No quería, no podía esperar el paso siguiente del “benefactor”, porque no le traería nada bueno. Pensó que si demostraba iniciativa devolviendo el obsequio discretamente, resolvería su situación. Por supuesto que no tenía manera de pedir ayuda a la policía, se vería arrastrado él también por ese pasado que quería dejar atrás.
Nuestro hombre estaba algo distraído. Cien mil poderosas razones eran difíciles de desatender, pero alcanzó a preguntarle por los nombres de sus ex clientes.


-¿Agostino? ¿Victorio? Esa gente no es pesada. Esa gente es de cemento, el mismo con que despiden a sus enemigos en el fondo del río…
- Tiene razón. Por eso le pagaré más. ¿Doscientos mil le parece bien?


El detective le dijo que sí, y que su forma de trabajar era por un adelanto del 50% y el resto al terminar. Encendió el enésimo cigarrillo y se preparó otro whisky. Una hora antes estaba leyendo la intimación de la compañía de electricidad. Ahora tenía unos diamantes envueltos en un paño bordó, cien mil dólares y dos nombres, Agostino y Victorio. Puso los dólares, los diamantes y la pistola debajo del almohadón y apagó la luz. El sueño no venía. Las cien mil poderosas razones que le dio un tipo que lo sacó de la guía seguían siendo difíciles de desatender. Cuando parecía que iba a conseguir dormitar un poco, el teléfono sonó de nuevo. Se preguntó si aquella llamada femenina –la primera- no fuera la que él había imaginado. A lo mejor, sus dos sueños se producían a la vez, en una noche en que el sueño no llegaba. Se maldijo por soñar tanto y levantó el tubo del teléfono. Del otro lado de la línea, una sensual voz femenina le dijo:

- Detective, los diamantes no eran para mi marido. Eran para mí. Necesito verlo ahora mismo.
/

sábado, 25 de abril de 2009

El debut del asesino sentimental

El trabajo se lo consiguió el Zurdo. El tipo salía todas las mañanas a las siete. Simplemente tenía que acercarse a la ventanilla del auto mientras lo sacaba del garage y dispararle en la sien. El barrio era tranquilo y los vecinos ciegos, sordos y mudos. Un tiro a quemarropa no podía ser problema para él, aunque fuera su primer trabajo. Acostumbrado a manejar armas desde chico, en el campo siempre le disparaba a cualquier cosa. Y siempre acertaba, fuera con escopeta, revólver o rifle.
Así que a la hora señalada estaba ahí y se acercó al auto que iba saliendo de la casa lentamente, en reversa. Cuando le apoyó el caño en la sien, el tipo se quedó duro y cerró los ojos. El debutante demoró un segundo en disparar, suficiente para ver al niño que dormía en la sillita puesta reglamentariamente en la parte de atrás del auto. No se distrajo más y se fue. Sin disparar. Es que él es un eximio tirador, pero le gustan los chicos.
Eso sí, el dinero del adelanto al Zurdo no se lo devolvió. Porque será un sentimental, pero también un delincuente.




jueves, 9 de abril de 2009

Samsonite Spinner (II parte)

La cena con el Zurdo terminó a las cinco de la mañana. No es de fiar el Zurdo, piensa el detective. Aunque nunca le hizo nada, en el fondo no termina de caerle bien. Pero negocios son negocios, y el tipo se merecía la fiesta. De haber sabido lo que había adentro de la valija le hubiera pedido la mitad de lo que ganó, al menos. Pero no lo sabía, y por más caro que resultó todo, fue apenas un vuelto. Cena en el “Alvear Palace”, y de ahí a tomar unas copas a Recoleta, siempre hay movimiento ahí. A las tres lo dejó con una hermosa chica de amor instantáneo y tarifa en dólares, que él le pagó por adelantado. Nuestro detective prefirió irse a su departamento, hacía dos noches que no pegaba un ojo.
Unas horas después lo despertó el aroma a café, que inundaba su pequeño hogar, si así puede llamársele a los 30 metros cuadrados y desordenados que alquila. Tres vicios tiene nuestro hombre: whisky doble sin hielo, cigarrillos y…café.
No pudo reaccionar como si fuera un peligro, de tan cansado que estaba. Nadie que viene a matarte prepara café antes, se dijo. El dinero estaba en el banco, entonces prefirió seguir en la cama, la pistola debajo de la almohada. Prendió un cigarrillo y esperó. En eso, a través de la puerta entreabierta, la vio de espaldas. No pudo calcular cuantos siglos hacía que nadie le preparaba un desayuno. Ahora sí podía ver su figura completa, siempre de espaldas, atenta también al pan que se tostaba. Era la hermosa morena de la valija, que se aproximaba con el ruido de sus tacos a la cama, y el impecable desayuno en la bandeja.
- No recordaba tener dos tazas iguales, ni bandeja, ni esa preciosa jarra de café.
- las traje yo, el Zurdo me avisó que venías mal de vajilla.

No se dijeron más nada. El café no lo tomaron, incluso se derramó un poco en las sábanas, pero ellos no lo notaron, no tuvieron tiempo. Ella fue gateando hasta él y se abrazaron en un beso único, largo y profundo, como los que se dan las parejas en los cines sabiendo que no podrá ocurrir mucho más que eso.
Pero ellos estaban en la cama de él, podían ir por más y lo hicieron. Recorrieron a besos cada centímetro de sus cuerpos, a veces explorándose tímidamente, a veces invadiéndose, temerarios. El revólver, la jarra y las tostadas cayeron sábana abajo, formando un estropicio en el desastre que ya era la alfombra. Ella volvió a regalarle su sonrisa de ojos café cerrados, y enredados en su cabello negro, se amaron con los ojos, con las manos, con los sexos, con las risas, en una batalla de sentidos y de orgasmos sin preguntas.
Ella preparó café de nuevo y encendió dos cigarrillos a la vez. No habían pronunciado palabra desde que llegó con la bandeja mil horas antes.
- Tu cliente tiene más valijas y yo sé donde las guarda y para qué. Al Zurdo se le ocurrió algo.


Nuestro detective se sintió cansado de repente. Tan cansado como si hubiera estado manejando dos días y dos noches, sin parar. Tan cansado cómo sólo puede sentirse un hombre desolado. Resulta increíble que el desengaño pueda llegar antes que el amor. Aunque él, de amor siempre supo casi nada.




--------------------------FIN-------------------------------------

miércoles, 8 de abril de 2009

Samsonite Spinner


El Zurdo es un genio. En el Tribeca Hotel, habitación 345, estaba la valija. Nuestro detective todavía no salía de su asombro. ¿Cómo pudo ubicar la maleta simplemente porque se trataba de una "Samsonite Spinner" cuatro ruedas turquesa, que cualquiera podría disimular? Pero el Zurdo conoce el hampa porteño de punta a punta, y le llegó el dato que alguien muy nervioso con una valija como esa se hospedó anoche en el Tribeca. Y le debe tantas cosas al detective, que se lo dijo. Como si este no fuera siempre generoso para pagarle por sus trabajos...
Por supuesto que la abrió para verificar, y efectivamente, allí estaba el millón de dólares. En realidad, novecientos ochenta y cinco mil. Seguramente lo que faltaba lo habrían gastado anoche, todavía con la adrenalina del robo en el cuerpo. En ese estado de locura la plata vuela, y siempre hay gente dispuesta a acompañar a quien tiene ganas de gastarla.
Tomó el teléfono y llamó a su cliente. Un industrial importante, que seguramente tenía decenas de Samsonite con dinero como ese adentro. Pero a nadie le gusta que le roben un millón de dólares, y a su cliente menos. Estaba furioso, tenía algunos sospechosos de la empresa, pero lo primordial era recuperar la plata. Para ud. el 10%, le dijo. No recordaba haber recibido semejante paga... En realidad, estaba seguro de no haber tenido ese dinero nunca.
Llamó a su cliente desde la misma habitación y le avisó. Se sorprendió cuando del otro lado de la línea le devolvieron hielo en forma de silencio. Al rato le dijo:
- La transferencia de sus u$s 100.000.- se la hago en este mismo instante, espere un segundo...ya está, ¿quiere verificar en su cuenta?
- No hace falta
dijo el detective.
- Ahora quiero que espere al ladrón. Sé que es peligroso, pero si llamamos a la policía, nunca volverá por la valija. Y es alguien de mi círculo íntimo. Se imaginará que el círculo íntimo de un millonario está compuesto por medio centenar de personas. Quiero que lo espere y me lo traiga.
- No fue ese el trabajo encomendado, simplemente le tenía que recuperar la valija y lo hice.
- Por eso se lo digo ahora. El precio, póngalo Usted.
Nuestro detective colgó el teléfono sin decir que sí, ni que no.
Abrió del bar de la habitación dos botellitas de whisky y las puso en un vaso sin hielo, y encendió un cigarrillo. No sabía si era para pensar en la propuesta o para esperar al huésped de la habitación. Las luces estaban completamente apagadas y era medianoche. Finalmente escuchó el ruido de la llave. Apagó el cigarrillo y empuñó la pistola con su mano derecha, a la espera del tipo. Pero no era un tipo.
Era una mujer. Morena, cabello largo rizado y ojos café. Cuando lo vio se asustó muchísimo. Pero reprimió el grito y no pidió ayuda. Se dio cuenta que era la ladrona.
- Siéntese, dijo el detective. La escucho.
Le contó que fue empleada de su cliente. Que también fue su amante. Que de buenas a primeras él cortó la relación y comenzó a ignorarla. Que tenía muchos problemas económicos. Mientras decía esto ella se compuso y le pidió un cigarrillo. Se tiró en el sofá y cruzó sus piernas sin disimulo. Fue al grano. Le propuso darle cien mil dólares si la dejaba ir con la valija.
- Es mucho menos de lo que él me dará si la llevo a Ud.
El pánico se apoderó de ella nuevamente. Redobló la oferta. El la seguía mirando mientras fumaba y bebía su whisky doble, impasible.
Finalmente se decidió y volvió a llamar a su cliente.
- Voy para allá con el dinero. No se ha presentado nadie y es peligroso permanecer aquí. Si quiere, llame a la policía.
Tomó la valija y sin mirar más a la mujer se fue. Cuando salió del Tribeca lo llamó al Zurdo y lo invitó a cenar. Pero no se pudo olvidar de la sonrisa de ojos café cerrados cuando ella se dio cuenta que no la entregaría. Al fin y al cabo, no fue ese el trabajo encomendado. Y pensó que tiene algo de razón la publicidad. Hay cosas que el dinero no puede comprar. Al menos, no todavía.
Bitacoras.com