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viernes, 4 de noviembre de 2016

La trama



“Para que su horror sea perfecto, César, acosado al pie de la estatua por los impacientes puñales de sus amigos, descubre entre las caras y los aceros la de Marco Bruto, su protegido, acaso su hijo, y ya no se defiende y exclama: ¡Tú también, hijo mío! Shakespeare y Quevedo recogen el patético grito.
Al destino le agradan las repeticiones, las variantes, las simetrías; diecinueve siglos después, en el sur de la provincia de Buenos Aires, un gaucho es agredido por otros gauchos y, al caer, reconoce a un ahijado suyo y le dice con mansa reconvención y lenta sorpresa (estas palabras hay que oírlas, no leerlas): ¡Pero, che! Lo matan y no sabe que muere para que se repita una escena” 
(“La trama” Jorge Luis Borges)


Domingo 16 de agosto de 1.964. La reunión se haría en el domicilio de Raúl Baron Biza, el esposo. Hasta allí llegó Clotilde Sabattini, la cónyuge, desde Córdoba. Estaban los abogados de los dos en el piso de la calle Esmeralda para arreglar los términos del divorcio. El esposo al principio se enojó.  Teniendo enfrente a una mujer madura que no lo quería más, sólo veía a la niña que desposó cuando apenas tenía quince años. El deseo de venganza permitió la calma necesaria para que el plan fuera cumplido: Barón ofreció una ronda de whisky para todos,  aunque sabía que alguien pediría sólo agua. Le sirvió a Clotilde de una jarra que no tenía agua: tenía ácido y se lo arrojó en la cara.

Fernado Farré asesinó a puñaladas a su esposa Claudia Schaefer el 21 de agosto de 2.015, preso de la ira y los celos porque ella quería divorciarse. Como Barón Biza, los todavía esposos se encontraron en la casa donde él vivía, sus abogados también. En un momento que quedó a solas con ella la mató, los abogados nada pudieron hacer.
Pasaron más de cincuenta años y se repitió la historia, hombres violentos citan al objeto de sus celos en la casa donde viven. Los abogados convalidan la supuesta buena fue de la reunión y entonces, inesparadamente, el esposo mata o lesiona gravemente a la esposa sólo porque iba a ser dejado. La trama se repite, como en la imaginación borgeana.

Quizás dentro de cincuenta años, en una situación similar, un abogado perspicaz piense que no es buena idea ir a la casa del esposo e  impida de esa manera la comisión de un crimen. Su sentido común, tal vez, le indique que es mejor encontrarse en una oficina, como suele ocurrir,  y así venza a ese destino amante de las  variantes y las simetrías. Es posible entonces que gracias a ese mínimo detalle, una mujer no muera simplemente para que se repita una escena.






Enlaces

sábado, 26 de diciembre de 2015

Café Cortázar




1º) El bar nuevo está atestado de nuevos visitantes, eufóricos de fotos. Una señora desatada se acerca a la mesa del Hombre Que Lee y le arrebata la silla que sobra, produciéndose el siguiente intercambio:

Hombre Que Lee: no me preguntó si la silla estaba ocupada
Señora Desatada: perdone! Estaba ocupada?
Hombre Que Lee: no. Llevelá nomás

2º) El bar sigue sitiado por gente eufórica que le pide al Hombre Que Lee moverse un poquito para la izquierda, otro poquito para la derecha, para hacer fotos de las maravillosas cosas Cortázar exhibidas detrás de él. La gente no pide café en el Café Cortázar, pide licuados, jugos raros, cervezas de colores. En la mesa de al lado del Hombre Que Lee se viene a sentar el Hombre Que Escribe Su Cuaderno Con Lápiz y pide un café, lo cual alegra al Hombre Que Lee.  El Hombre Que Escribe Su Cuaderno Con Lápiz es raro, incluso para el Hombre Que Lee, y se azora cuando la horda empieza a pedirle a él también un poquito para la derecha, otro poquito para la izquierda, para retratar la pared de las cosas Cortázar, produciéndose el siguiente diálogo:

Hombre Que Lee: Usted, tranquilo. Porque Usted y yo  formamos parte de La Resistencia. Siga escribiendo, que yo sigo leyendo.
Hombre Que Escribe Su Cuaderno Con Lápiz: …

Mientras El Hombre Que Lee pensaba si eso fue un diálogo, y pensaba también si se es un Hombre Que Lee con tanto no leer, llegó una dama (rara también) al encuentro del Hombre Que Escribe Su Cuaderno Con Lápiz, y el Hombre Que Lee se sintió traicionado. Ahora, La Resistencia, es solamente él.

3º) GRAFFITI  HALLADO EN EL BAÑO DE CABALLEROS DEL CAFÉ CORTÁZAR
Primero me descubrieron unas hemorroides, pero el proctólogo me dijo que se curaban sin cirugía, lo cual me dejó tranquilo.
Después sentí un pinchazo en la cintura y la kinesióloga me dijo que no era nada, algo del sacro sin importancia, y como yo soy creyente me despreocupé.
Acabo de sentarme en el trono sin verificar que la tapa estuviera levantada de tanto apuro que llevaba, y eso verdaderamente me dolió. Tanto me dolió que recordé la antigua publicidad que rezaba: “Entre pecho y espalda, pastillas Valda” pero transformada: “Entre cintura y rodillas, sólo me faltan ladillas”





Quien quiera saber lo único que pudo leer el Hombre Que Lee, y verá que pese a todo contratiempo es un tipo afortunado, que lea el comentario nº 1 (posiblemente único)

lunes, 14 de diciembre de 2015

Sobrenombres



Volver a Liniers es una recordación permanente. Una foto vieja; un pasaje del barrio que sigue igual, o alguien que me encuentro por la calle. Había bajado a buscar algo al chino y de frente venía un señor con dos chiquilines de la mano que me resultaba cara conocida. Para hablar con más exactitud, lo que me resultaba familiar era su nariz ganchuda. Antes de seguir mi relato quiero decir que los adolescentes, incluso los niños, gustan de poner apodos a los demás, a veces crueles. A mí me decían Cabezón (muchos amigos todavía me siguen llamando así aunque mi cabeza ahora luce más proporcionada con relación al resto del cuerpo, pero de chico era verdaderamente grande) y si me querían hacer enojar me decían Fósforo. A otro amigo que a veces pasa por aquí le decíamos Narigón, y de más chicos, Pinocho. Había dos hermanos que tenían varias desdichas. Una que eran de pelo claro y ojos verdes. O sea, distintos. Otra, que la madre creo que los tenía medio amarrados. Había más: jugaban poco y muy mal al fútbol y eso en el barrio merece cierta reprobación. Quedar último en la fatal selección del “pan y queso” para determinar los equipos, es una horripilancia que no se le desea a nadie. Pero además tenían otro infortunio: sus ojos de un hermoso color verde eran saltones, dos pares de huevos prácticamente. Conclusión, que les decíamos “Los Marcianos”. Nunca supe sus nombres y si los supe, no los recuerdo. El disgusto de compartir equipo, la madre que los llamaba, lo poco que hablaban y esos ojazos definitivos verdaderamente los hacía de otro planeta. El último sobrenombre que mencionaré en este intermedio es el de alguien que no recuerdo de dónde era (del barrio? del cole? de algún club?) Lo cierto es que la naturaleza había sido caprichosa al decidirle su rostro, no porque tuviera algún rasgo demasiado prominente, simplemente la distribución, los detalles tan raros, así que se lo designó “Cara extraña” y a otra cosa, porque nadie puede discutir el apodo que le toca en suerte. Generalmente demostrar dolor o enojo ante el sobrenombre no hacía más que incrementar su uso y la satisfacción de los designadores, por esa crueldad que mencioné antes.

Pero vuelvo a la tarde de hoy, a mí me estaba pareciendo que el que venía de frente con dos chicos (sus hijos? acaso sus nietos?) no era otro que “Condorito”. De más está decir que lo llamábamos así por la nariz ganchuda y el flequillo que lo hacía tan parecido al personaje de historieta. No le gustaba a Condorito que le dijéramos Condorito, y mucho menos si estaba charlando con una chica. No recuerdo su nombre, para todos era Condorito. La última vez que lo vi habrá sido hace veinte o veinticinco años, ahora era un señor mayor, cómo llamarlo de ese modo tan infamante para él delante de sus hijos o nietos? Me quedaba la alternativa de una amiga para cuando se ha olvidado el nombre del interlocutor y le manda un “qué hacés Campeón!” pero no me parecía justo conmigo mismo porque yo sí me acordaba que era Condorito.
Por suerte el señor de nariz ganchuda como la de Condorito, no era Condorito. Igual ya tenía resuelto el intríngulis dos metros antes de cruzarlo, una manera que me dejaba en paz conmigo mismo, que demostraba afecto pero también respeto, y que incluso podría realzarlo delante de sus hijos (acaso sus nietos)

Pensaba decirle “que hacés tanto tiempo, Cóndor!”







domingo, 6 de septiembre de 2015

Mi religión



Iba caminando de regreso a casa, domingo a la noche. Nada para soñar, ensimismado, sin respuestas como siempre para las preguntas de siempre. No la vi hasta que casi la tuve frente a mí. Una señora mayor en silla de ruedas, en la oscuridad de la plaza. Pensé que me iba a pedir, de otro modo qué podría estar haciendo allí. Me miró sonriente, musitó unas palabras casi para ella misma que no entendí. Yo venía escuchando “Iba caminando por las calles empapadas en olvido/iba por los parques con fantasmas y con ángeles caídos/ iba sin luz, iba sin sol/ iba sin un sentido, iba muriéndome”
No entendí lo que me dijo pero sonreía. No leí sus labios pero sus ojos decían “lo que sea, no es para tomarlo tan en serio”

Y sus ojos, desde luego, tenían razón.

lunes, 31 de agosto de 2015

RODRIGUEZ PEÑA, ENTRE CORDOBA Y VIAMONTE


A la altura del árbol número “C”, el muchacho que caminaba delante mío hizo un movimiento ninja. Cuando estaba por apoyar su pie derecho en la vereda con todo el peso del cuerpo, lo frenó y, desmintiendo la ley de gravedad, subió una escalera invisible. ¿Qué fue lo que no quiso pisar? Un cadáver de murciélago, ratoncito alado que a nadie podría asustar. Inmediatamente miró para todos lados para ver si había testigos de su asco poco varonil. Ya se estaba quedando tranquilo cuando sintió una mirada implacable detrás suyo. Me miró avergonzado justo cuando yo sorteaba con un saltito canchero a la bestia fenecida.

Más adelante, en el árbol letra “5”, un perro fino con alma vagabunda lengüeteaba, feliz,  un invicto chorizo. Un señor que pasaba le dijo a su amigo: “tengo ganas de esperar a ver qué hace, porque si no se lo come él, me lo como yo”

miércoles, 29 de julio de 2015

Liniers


Estar en casa de mamá. Acostarme en la que fue mi cama hace tanto tiempo. Mirar mi cuarto y tratar de pensar como aquel chico de quince años. Mamá mira la TV en su habitación, hace zapping. No la veo, sólo oigo la tele. Se detiene en un canal, escucho la música de la Pantera Rosa. Ahora sí, estoy en 1.980. Qué bueno es no tener que ir al colegio mañana, donde fui tan feliz.

sábado, 25 de julio de 2015

Superhéroes porteños



El ciclista venía por Soler y se detuvo en el semáforo. El loco que acampaba en la esquina, le habló. Reproduzco el diálogo:

LOCO: - ¡Che flaquito! ¿Lo viste a Súperman?
CICLISTA (FLAQUITO): ¡No!

El loco se quedó en silencio, decepcionado. Unos segundos más tarde el diálogo recomenzó:

CICLISTA (FLAQUITO): ¡Pero lo vi a Batman!
LOCO (CONTENTO): ¿Iba con Robin?
CICLISTA (FLAQUITO Y JODIDO) ¡No! ¡Iba con Bernardo!

Lo que pasó después, no quedó claro. El semáforo cambió a verde y el Ciclista (flaquito y jodido) arrancó. El loco quedó en silencio. Nunca sabremos si su mutismo se debió al corte de semáforo que lo tiene acostumbrado a los diálogos bonsái, o es que nunca vio la serie “El Zorro”

viernes, 16 de enero de 2015

Alicia en el subte


Cuando la miré ella estaba dejando de mirarme. Se llama Alicia, trabajó conmigo hace muchos años. Yo la hacía reír, ella me ofreció un café el primer día de mi primer trabajo, y ahora se subió al subte. La dejé de mirar cuando ella volvía a mirarme, ambos dudábamos de remover la mole de ladrillos que nos separaba de aquellos que supimos ser con un "¡hola! ¿cómo estás?". Nunca pasó nada entre nosotros, ni quisimos que pase, sólo recuerdo que cuando se metió con El Uruguayo a mi no me gustó. No me gustó porque Alicia era jovencita y él un señor mayor y con hijas apenas menores que ella. Además El Uruguayo -que trabajaba en otra dependencia- tenía la mala costumbre de no mirar a los ojos. En las oficinas, todo el personal tiene derechos adquiridos para opinar de los noviazgos de los compañeros, y yo lo ejercí. Ya llega la estación donde Alicia bajará, me pregunto si seguirá trabajando en el mismo sitio porque la estación es la misma. Me apresuro a tomar una decisión, ¿qué podría preguntarle? Por El Uruguayo no creo, quizás lo dejaron enseguida después de que renuncié. O se murió; o lo que es peor, sigue con él. La volví a mirar cuando ella dejaba de mirarme y adivinaba dudas parecidas en su mirada escurridiza. Subí la música de mi teléfono y fingí dormirme, igual bajo en la siguiente estación.

sábado, 13 de diciembre de 2014

Una tragedia que se repite en Buenos Aires


Desesperado, el Perdedor de Unicornios se fue hasta el desarmadero de la avenida Warnes y lo que vio le encogió el corazón:
a)      cebras pintadas de negro
b)      caballos pintados de cebra
c)       leones con las melenas afeitadas y un cartel debajo que decía “cuidado con el puma”
d)      Etc.
El Perdedor de Unicornios quiso meterse en el perímetro para buscar al suyo de color azul (a esa altura probablemente rosa) pero lo interceptó un huraño mono con navaja que le dijo con cara de pocos amigos y fuerte acento ruso: ¡¡¡xxxaxaxsxsxaxsxsxaxax!!!
Más desesperado todavía,  se fue hasta la Comisaría 33º a hacer la denuncia, pero el gato policía lo paró en seco: “¿Ud. sabe cuántos unicornios se roban por día en la ciudad de Buenos Aires? ¡Cientos!  Hay una banda de babilonios que  los plastifican y los venden como caballos de calesita en Copenhage, yo la denuncia no se la tomo y el seguro tampoco lo hará”

Resignado, el Perdedor de Unicornios volvió a su casa, sin saber qué decirle al hijo cuando le pregunte por su mascota. Pese a todo, puso un cartel en la puerta de su casa prometiendo que cien mil o un millón él pagará a quien tenga información, y yo lo estoy buscando hasta en Babilonia. No lo busco por sentimentalismo, si yo  odio los unicornios, especialmente a los azules. Es que necesito el dinero.

martes, 11 de noviembre de 2014

Budapest






El subterráneo  entre las 8 y las 10 es imposible en Buenos Aires y trato de evitarlo. Pero iba retrasado y mi única posibilidad de llegar a tiempo era metiéndome en el mar revuelto y apretado de personas. No hay que quejarse. Por lo menos a esa hora la masa compacta tiene olor a shampoo, a perfume, a esperanza. A las siete de la tarde los olores mutan. Empeoran. Podría decir que el viaje era llevadero de no ser porque detrás de mí había uno tan abotonado, que tenía miedo de salir en estado de gravidez. Luego,  en la estación Pueyrredón se armó un revoltijo tal que mi brazo quedó casi despegado de mi cuerpo, imposible de corregir la postura en la masa compacta, acementada. Y en esa mano tenía el maletín. En mi maletín no llevo un millón de dólares, llevo papeles. Pero esos papeles si se pierden, para mí es como si perdiera un millón, aunque para los demás no tengan ningún valor. A la chica punk le quedó colocada mi garra sujetante de papeles en la entrepierna y me lo hizo notar  con una mirada fiera, llena de aros, tatuajes y pelos amenazantes. Aferré más fuerte mi maletín aunque estuviera en su zona cero. Entre el tipo de atrás y la punk del costado debía evadirme y en mi teléfono apareció “Budapest”, esta canción. Y me fui. Pensé en las playas de Budapest. En su clima tropical.  En la hospitalidad de sus nativos que llenan de guirnaldas a las visitas. Me vi bebiendo  un trago frutal en Budapest y así, llegué a destino con una sonrisa. Cuando abrí los ojos la chica punk ya no estaba y el que quiso ser padre de mi hijo, tampoco.

¡Gracias Budapest!

sábado, 25 de octubre de 2014

TESTICULAR


El bodegón está en su hora más gloriosa. Lleno total, mediodía y noche. Mención en la Tripadvisor. El local no lo informa pero según mis cálculos Borges pudo ir regularmente allí a comer su arroz.
Todo lo que sirven es excelente. Desde un plato sofisticado hasta una milanesa con puré. Sólo hay que tener cuidado con el sector de la pared. El éxito es tan grande que los dueños han puesto muchas mesas y del lado ese el pasillo se estrecha demasiado. Los mozos son súper profesionales y van a lo suyo. Además son muy respetuosos pero es inevitable, aunque pidan permiso, que cuando pasan de costado con la bandeja, por la estrechez del paso,  se produzca cierto roce glúteo con los comensales. Incluso testicular, según el lado que a uno le toque. Mi codo fue sensible a ese tipo de contacto y al principio me sobresalté un poco. Luego comprendí que eran huevos gastronómicos,  naturalmente cansados de tanto deambular con la bandeja, insensibles a todo tipo de roce morboso. Es cuestión de suerte el sitio que nos toque porque, como el lugar es exitoso, uno no puede elegir mesa. Recomiendo acompañar la comida con vino. En el transcurrir de la cena el estómago se va llenando, la mente se va oscureciendo, y el codo desensibilizando.

Y cuando llegue el momento del flan con dulce de leche, el roce habrá dejado de ser un problema. Es más, quizás Ud. se sienta tentado/a de preguntarle al mozo si ya se ha hecho revisar el quiste ese que se nota claramente en el costado izquierdo de su masculinidad más profunda.

sábado, 16 de agosto de 2014

El mal día del cartero debutante


Por empezar está desorientado, preguntó por la misma calle con cincuenta metros de diferencia. Después pisó un regalito perruno de esos que abundan tanto por Buenos Aires. Maldice su suerte mientras trata de lavar la suela de goma de su zapato en un mísero charquito. Además deambula con cierto dolor en el pie izquierdo, como si no estuviera acostumbrado a largas caminatas. Es un día pésimo para el cartero debutante pese a que el  invierno  calienta por la vereda del sol.

Si yo fuera un tipo decente, para que el horrible sábado del cartero debutante fuera perfecto, debería apoyarle un caño en la espalda y susurrarle al oído “entregame todos los telegramas o te quemo”

sábado, 3 de mayo de 2014

HOMENAJE URGENTE A HOMERO MANZI


Perdoname Homero la urgencia. Quiero decirte que compartís con otro Homero, el Expósito, el sino del destino literario. Tus calles fueron las del  Sur. Pero no el sur borgeano, que miraba a Barracas. El tuyo era menos aristocrático, era el de Pompeya, el de la calle Boedo, el de la esquina Manoblanca. Cualquiera que se dé una vuelta por ahí verá que, aunque haya más casas y menos barro y Pampa, tu figura sigue ahí, por Centenera, por Tabaré, aunque hayas nacido en Santiago del Estero. Vos sos el porteñito. Yo me quejo de tu “Sur” pero no es culpa tuya. Digo que tapa tantos tangos tuyos buenos. Pero claro, es difícil sustraerse del vozarrón de Leonel cuando dice Suuuuur y detrás, el Bandoneón Mayor de Buenos Aires

 ¡Salud, Homero! A que estás riéndote con el Gordo como dos chicos. Tu obra es eterna como el agua y el aire, como diría aquel otro amante del sur, el mismo sur que el tuyo. Pero distinto. 

jueves, 3 de abril de 2014

Una noche trastocada




-         - Papá… ¿por qué en tu heladera nunca hay nada?

Y claro que tiene razón, pero ¿qué le voy a decir? ¿Que cuando tengo tiempo no tengo plata y y que cuando tengo plata no tengo tiempo? ¿O que cuando tengo tiempo y plata compro cosas que después no como y un buen día me va a crecer la lechuga dentro de la heladera hasta hacerse palmera o que me van a nacer flores de queso rallado?
Ahora son las nueve de la noche ¿Voy a ir a COTO a comprar qué? ¿A cocinar qué? ¿Y después quien lava los platos? (bah…el plato) Bajo a comer a la esquina y listo, el gordo que atiende es casi de la familia.
Pero el gordo no está y en las mesas de afuera hay gente. Igual siempre como adentro, dan un partido y el libro lo traje al pedo porque me olvidé los lentes en el trabajo. No me acostumbro a los anteojos. Ciego nuevo. Hace un año que uso para leer y ya voy por el tercer par. Los dos anteriores los perdí y sobre este ya me senté dos veces, haciendo zafar una patilla por sentada. Juega San Lorenzo. No me gusta San Lorenzo, y encima gana. Me pido el MENÚ CENA all inclusive. Primer plato: “fiambre surtido”: dos fetitas de jamón cocido, dos fetitas de queso, cuatro aceitunas. Ajá. Bueno, qué le vamos a hacer. El mozo que reemplaza al gordo es simpático. Digo “qué grandes están los mosquitos” y me dice que él vive en provincia y que allá son inmensos, nada que ver. Me descoloca eso de que él vive en provincia, reduce mis preocupaciones a cero y me llega la culpa. Puedo tener mis problemas pero estoy a cien metros de casa. Él va a terminar de trabajar después de medianoche, se va a tener que tomar un colectivo hasta la estación de tren, después el tren y después otro bondi hasta su casa, te lo firmo. Y además lo pueden asaltar y cuando llegue, su bebé estará dormido. Y yo quejándome de mis problemas alimenticios. Segundo plato: “muslito de pollo al champignon”. Breve, pero bien. El menú avisó muslito, no tengo quejas. Con el libro, sin anteojos no puedo y San Lorenzo gana, tampoco lo miro. ¿Qué voy a hacer entre plato y plato? Miro las mesas. A treinta metros y del lado de afuera tres veteranas cenan con vino. Hay una que gesticula mucho, y logro leerle los labios, le dice a las otras dos “está medicado y no trabaja, toma varias pastillas por día, no hay derecho”
Lo que no hay derecho es que entiendo lo que dice la doña que está a un kilómetro, vidrio de por medio y no pueda leer cómodo mi libro, che.
Entra una señora mayor con un muchacho, me parece que son tía y sobrino pero no sé. El pibe es raro. Pide una cerveza de litro para los dos, un agua mineral para ella (sin gas) y otra para él (con gas) ¿Por qué carajo piden cerveza y agua? Ni que fueran a darse con algo. No me sigue gustando el pedido, de entrada piden jamón con melón (no pidieron el “menú cena” evidentemente) Me fastidia la bebida, me fastidia la entrada y me fastidia lo que pregunta después: ¿la suprema es de pollo? Me dieron ganas de contestarle yo: “no, es de chajá, marmota!”. Pero el mozo (el que vive en la “provincia”) le dice que sí. ¿Y a la Maryland cómo es? Fue demasiado para mí, miro para otro lado.
Se me sienta una pareja al lado mío, vidrio de por medio. Parece que no hubiera vidrio y que ellos no están afuera ni yo adentro, sino que estamos los tres juntos en la misma mesa. ¿Por qué se sentaron en esa mesa justo al lado mío, si hay lugar de sobra? Yo no hubiera elegido esa mesa en el lugar del novio, con un tipo comiendo del otro lado. No me gusta nadie: las tres jovatas a las que le leo los labios, la tía y el sobrino (que luego de un comienzo de charla se llamaron a silencio y comen el jamón con melón sin decirse nada, no serán madre e hijo que apenas se ven?) Segundo gol de San Lorenzo, maldigo ese partido y sin darme cuenta me  meto índice y pulgar en la boca para destrabar un pedacito de pollo de la muela, total no me ve nadie. Me  olvidé de la pareja de afuera,  vidrio de por medio, que miran azorados cmo la mano se me pierde en la profundidad de mis fauces.
Mejor pido el postre, el mozo que vive en la provincia es lo más agradable de la cena así que le digo que me recomiende el mejor postre que haya y me dice flan.

De pibe hice lo que quise. Siempre salía a jugar adonde quería y volvía a la hora que quería, siempre que fuera razonable. Mamá no sabía dónde estaba, puedo decir que fui un chico que creció con libertad. No di trabajo con los deberes ni la comida, pero un día mamá hizo flan y no quise y le dio un ataque de domadora de leones y me lo hizo comer por la fuerza. Un horror, quedé marcado para siempre. No me jode el flan, lo que me molesta es el caramelo. Pero el mozo de provincia ya va a pedir el flan al mostrador y me defiendo con un “ponele dulce de lecheeeee”
Ganó San Lorenzo, el flan era con mucho caramelo, me olvidé de las tres viejas, de la madre/tía con su hijo/sobrino, pagué y me fui. Cuando pasé por al lado de la pareja, charlaban tan acaramelados que no parecieron reconocer que a su lado pasó el hombre que se  traga su propia mano, en acto cuasi circense.


sábado, 8 de febrero de 2014

El perro y el borracho


Uno tuvo una semana difícil y se quiere relajar desayunando bien en un lugar pacífico. Uno deja la bici a su lado y se pide uno completo pero de los cool porque el lugar es cool, de relajación o algo así. A las tostadas le suman un yogur y en vez de manteca, queso. Todo bien, la calle está tranquila. No tan tranquila, en la mesa de al lado de uno hay una pareja, el tipo  señala y dice algo de uno, parece que está borracho. Uno se pone a leer,  a pensar en otra cosa. El tipo está borracho, toma de una botella envuelta, se le cae. El lugar es un centro de yoga , quizás hagan clases de recuperación de alcohólicos o cosa así. Pero uno sospecha que a las clases de recuperación de alcohólicos se debe recomendar no llegar alcoholizado, no? Uno que venía en plan relajación enciende una tímida alarma. Llega otro tipo a la mesa, saluda a la chica y la chica le presenta al acompañante. Uno piensa que es el profesor de las clases de recuperación de alcohólicos.  No simpatiza con el primer acompañante, la chica paga la cuenta y se van los dos. Queda el borracho, y pese a que no había parado de hablar con la chica, uno ve que sigue con ganas de charlar. Uno se da cuenta del error, no hay clases de nada. El señor de al lado es vendedor de artesanías, se acercó a la chica que esperaba al novio, la chica tenía conciencia social entonces lo invitó con un café , pero cuando llegó el novio se fue con él y su conciencia social. Ahora sólo quedan uno, su desayuno, el borracho y su botella envuelta. Y las artesanías, unas piedritas en la mesa. Los clientes que se acercan optan por las mesas de adentro al ver el “paisaje” y uno visualiza lo que viene, no tanto para irse, no tan poco para relajarse…

BORRACHO: ¡Maestro! Me hdgdffaffajdla horda?
UNO: (levantando medidamente la vista del libro, dejando pasar unos segundos para que el momento se tense… ) ¿Qué?
BORRACHO: (carraspeando) ¡Disculpe maestro! Si me dice la hora
UNO: las diez y cuarto
BORRACHO: ¡muchas gracias!
UNO: (inaudible) de nada
Uno sigue en su libro pero sabe que la mañana se empieza a echar a perder…
BORRACHO: ¡Disculpe maestro!
UNO: …
BORRACHO: ¡Disculpe maestro!
UNO: (ensordecido y enceguecido) …
BORRACHO: (acercándose a la mesa de UNO) ¡Disculpe Maestro! ¿qué está leyendo?
UNO: Un libro
BORRACHO (con sonrisa tímida) ¡Ya sé! ¿pero… qué libro?
El borracho ya está al lado de la mesa de uno porque uno no revela el título que lee, así que lo cierra y dice “este”. El borracho lee el título y se inquieta. Lo repite en voz baja. Se sobresalta. Uno sospecha que ha leído, y siente que el título lo sobrecogió. O quizás la foto de la tapa, hay algo que no le gusta, la sonrisa se le apaga un poco pero nuevamente dice ¡disculpe Maestro! ¡Gracias!
Uno ya se cree a salvo con el libro talismán, el borracho se contrarió y empieza a retirarse. A último momento encara para la puerta del lugar, quiere ir al baño, lógicamente. Lógicamente la chica del lugar no tiene ganas de que entre, el borracho alega derechos de consumidor, la chica no sabe qué hacer, y uno intercede, dice que no es peligroso, la chica cede, el borracho entra. La micción del alcohólico es naturalmente prolongada, uno piensa que todo acabó, vuelve al libro y se olvida del mundo por diez minutos, la trama es atrapante.

BORRACHO: ¡Disculpe maestro! La avsndggabsddji dsajsnatnta ffmnbe?
UNO: (levantando medidamente la vista del libro, dejando pasar unos segundos para que el momento se tense… ) ¿Qué?
BORRACHO: (carraspeando) ¿La avenida Santa Fe?

Uno le dice que queda para allá tres cuadras y el borracho se disculpa nuevamente, agradece y se va con paso tambaleante. La chica del bar sale de su refugio al ver el peligro alejándose y qué barbaridad y adonde vamos a parar, y uno opina que no se le veía agresivo y le dice que con ese paso no llegaría muy lejos. Lo ve perderse hacia Santa Fe, paga su cuenta (uno) y se  va pedaleando en dirección contraria para luego de una buena vuelta, tropezarse de nuevo con el borracho, en plena interacción con dos turistas de esos que no hablan palabra en español, el borracho, respetuosamente diciendo “disculpe Maestro”, el turista sonriendo incómodo y uno, que tiene la conciencia social adormecida, apura el pedaleo y se aleja en la ciudad desnuda.
Pero a uno el tema le sigue dando vueltas, y recuerda cuando tenía no sólo conciencia social sino también animal y levantaba perros abandonados de la calle hasta que alguien le dijo que no quería más perros rescatados, que “el perro o yo” y uno dijo “vos” y quizás fue un error porque el perro parecía amigable y finalmente se quedó sin el perro y sin “vos” , lo cual visto en perspectiva tampoco está mal (no tanto por la parte del perro sino por la parte de “vos”)

Entonces uno se pregunta por qué los animales abandonados lo movilizan más que las personas abandonadas y uno recurre al lugar común de afirmar que las personas parecen defenderse mejor, el borracho lo acredita, al menos sabe decir “disculpe maestro” y “gracias”, abrepuertas infalibes, al menos para abrir la puerta que conduce al baño que permite esa micción larga, sonora y aliviante de quien ha hecho una bebida de su vida y ahora sí, definitivamente, uno imita a la chica con novio y conciencia social y decide olvidarse de todas las cosas malas de este mundo y se pierde por la ciudad desnuda. 

martes, 21 de enero de 2014

El tipo del traje





La pizzería Angelin en enero, al lado del horno, está a unos 37 grados más o menos, sin que pueda hacer nada ese tenue ventilador estilo Casablanca. Dicen que estuvo Frank Sinatra pero no es cierto, sí hay una foto firmada por el Maestro, pero eso fue porque le hicieron llegar una pizza del lugar.
Hay que tener valor para comer con este calor al lado del horno, así que me fui lo que se dice en patas.
Sin embargo el caballero que se ubicó al lado mío en el sector “de parado” lucía un tremebundo traje media estación, corbata bien ajustada, camisa manga larga. Como única concesión al clima tenía desabrochados los botones de ambas mangas. Pero comió sin sacarse ni siquiera el saco. Yo, que he pasado por esa contingencia, imaginé que al hombre le tendría que estar transpirando todo el cuerpo. Y cuando digo todo, digo todo, incluso los distritos corporales más ocultos. Eran casi las diez de la noche y adiviné su ocupación. Morocho de bigotes amplios, pulcro. Era chofer de auto de alta gama, y entonces entendí. O creí entender. El tipo está orgulloso de su trabajo y del emblema que lo caracteriza cuando está afuera del vehículo: el traje. No cualquier fercho anda de traje. Para él el traje es el uniforme de un soldado victorioso. El tipo, al decir de Borges, ya sabe quién es, y no lo va a hacer dudar un hornito a 37 grados. Entonces me quedé tranquilo, lo dejé tranquilo a él y me lastré otra de muzza.

jueves, 31 de octubre de 2013

Los galanes de hoy


Habría que ver si el galán de hoy
Que escucha música beat
y usa carterita
Se le anima a una flor en el ojal
A la crencha bien fijada
A amurarse en Billinghurst
Bajo el farol
Para esperarla
A ella






martes, 22 de octubre de 2013

Homenaje desordenado a César Tiempo




¡Yo nací en Dniepropetrovsk!
No me importan los desaires
con que me trata la suerte.
¡Argentino hasta la muerte!
Yo nací en Dniepropetrovsk.


(César Tiempo)






Creo que soy periodista por haber vivido en Buenos Aires. En Nueva York seguramente hubiera sido cualquier otra cosa. Acá sentí la necesidad de hablar con la gente. Hay una especie de atracción mediúmnica que hace que uno adivine la ciudad a través de los sueños.
Vine a  la Argentina antes de cumplir un año. Aquí viví en San Cristobal, en Villa Crespo, y era, lo que se dice, un vago curioso que andaba siempre de un lado a otro. Roberto Arlt solía acompañarme. Era otro vago como yo. Y, también como yo, amaba Buenos Aires. La llevaba en la sangre. Yo la sigo llevando todavía, quizá como una forma de acordarme de él.
(César Tiempo en revista Salimos, Buenos Aires, agosto 1980)




Desciendo de profetas, de meturguemanes (vayan al diccionario) y de cuéntenikes. Soy judío por todos los costados sensibles de mi ser y no pienso desertar de mi judeidad... En cuanto a mi condición de porteño, te cuento que está amasada en el barro de la calle y de la noche. No se ven ni se viven ciertas cosas si no se llevan dentro, decía mi hermano sideral Julián Centeya. Y yo llevo adentro junto al ”alef-beis” los compases de un tango.



En Buenos Aires hubo un poeta.
¿Y ahora?
Ni una calle ni una plaza porteña llevan todavía su nombre.   

(Eliahu Toker)







César Tiempo


Él nació en un conventillo
Sobre una calle perdida
Viejos patios de ladrillos
De Scakóvaia  Ulitza


En Villa Crespo hace tiempo
Y en San Cristóbal también
Lo declararon porteño
Nacido en Dniepropetrovsk

(M.S.D.L.)


César Tiempo (nacido Israel Zeitlin) fue poeta, cronista, narrador, guionista de cine, editor, periodista gráfico y radial, actor, dramaturgo y porteño. Formó parte del Grupo de Boedo. Nació en Ucrania en 1.903 y a los pocos meses ya estaba en Buenos Aires. Murió en 1.980. Wikipedia no lo cuenta bien. Mejor buscarlo aquí:



martes, 15 de octubre de 2013

Un mero caribeño



Un olvidado profesor dominicano se sube al tren que va hacia La Plata en la Estación Constitución. Elige asiento y muere. Es Pedro Henríquez Ureña y quizás muere porque al destino le gustan las repeticiones. El profesor se encontró con Borges unas noches antes en la avenida Córdoba y habían recordado el anónimo sevillano que dice “Oh Muerte, ven callada como sueles venir en la saeta”. Borges lo contará magistralmente en su cuento “El sueño de Pedro Henríquez Ureña” y dirá que ese diálogo fue profético porque así le llegó la Muerte a Henríquez. A partir de ahí, para muchos de nosotros el dominicano será un personaje más de la mitología borgeana.
Dirá Borges también que algunos países fueron injustos con él. España, que lo consideraba un indiano, “un mero caribeño”;  y Argentina, que lo vio como “un mulato” al que ni siquiera le dio una cátedra universitaria, designándolo apenas profesor adjunto de un hombre de menor valía. Era un aristócrata en su tierra, y un literato que dejó una obra notable. Pero no solamente el autor de "Luna de enfrente" lo valoró aquí. Hubo otro encuentro una noche de Buenos Aires. Una conferencia semidesierta de don Pedro en la “Casa del Pueblo”. Dos jóvenes que llegan tarde e inadvertidos de que en la sala no hay más que un puñado de personas -contándolos a ellos- Dos jóvenes poetas, que esperan la salida del profesor y lo siguen varias cuadras sin animarse a saludarlo. Finalmente lo hacen y entran los tres a un café de la avenida Callao. Allí se habla de literatura. De Ibsen y Tolstoi, autores objeto de la conferencia. Al risueño decir de Borges el profesor lo había leído todo,  y estos dos muchachos pueden dar fe de ello. Apenas habían publicado alguna cosa y sin embargo el maestro los conocía. Debe ser excitante hablar de literatura con alguien que lo leyó todo. Uno de los jóvenes quiere saber sobre personajes semitas en la literatura inglesa. El otro le preguntó por López Velarde, el poeta mexicano, si lo había conocido.

“El bar en esos momentos tenía una sonoridad de piso deshabitado. El mozo vino a llevarse los cafés intactos, después de echarnos una mirada homicida. La madrugada empezaba a desvestirse en la calle”

Cierra el bar y uno de los muchachos, emocionado, le da a Henríquez un beso en cada mejilla. Ya se van el profesor por un lado y los jóvenes por el otro.

-         ¿Qué te pareció?
-         Un santo. ¿Y a vos?
-         Un héroe

Uno de los jóvenes era José Sebastián Tallon, el precursor de la poesía infantil en Argentina y además –no sé si en una suerte de oximoron, ironía o redundancia- boxeador.  El otro, Israel Zeitlin, más conocido como César Tiempo, el verdadero cronista de este relato y al que hubiera querido darle un beso en cada mejilla.  Gracias a don César, puedo bajar por un rato a Pedro Henríquez Ureña del cenotafio borgeano y devolverlo a las calles de Buenos Aires como un mero caribeño tímido, magistral, lector de Todo.







BIBLIOGRAFIA
“El sueño de Pedro Henríquez Ureña” está en “El oro de los tigres” de Jorge Luis Borges (Emecé, 1.972)
La opinión de Borges sobre  el autor dominicano se encuentran en “En diálogo” De Jorge Luis Borges y Osvaldo Ferrari, Edición definitiva (SXXI, 2.005)
 “Con Pedro Henríquez Ureña" se encuentra en “Mi tío Scholem Aleijem y otros parientes”, de César Tiempo (Corregidor, 1.978)

jueves, 25 de julio de 2013

El bar de los gorriones




Que en Buenos Aires los gorriones se están extinguiendo, nadie puede discutirlo seriamente. Parece que el avance de las palomas es un peligro para ellos y si uno hace un poco de memoria cae en la cuenta de que cada vez se los ve menos. Las antenas telefónicas parece que también los afecta.

Sin embargo, los tipos tienen sus reductos. El bar Roma, por ejemplo. Entran al salón por un ventiluz y deambulan buscando alguna miga de pan que se le pueda haber caído a un parroquiano. El bar almacén Roma data del año  1.927 aunque desde1.952 funciona solamente como bar, y queda en Anchorena y San Luis, pleno barrio del Abasto. Su dueño es Don Jesús, asturiano de pura cepa,  y no se molesta con los pequeños visitantes porque allí cada uno va a lo suyo. Incluso los gorriones.





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