
La puerta dio paso a una escalera que me hizo acordar al último piso de la película “¿Quieres ser John Malkovich? Ese piso donde había que agacharse. También me recordaba las obras de aquel pintor que dibuja escaleras torcidas, que marean, no recuerdo su nombre, o un tipo que ve reflejado su rostro en una bola de cristal…El asunto es que llegué al hostel demasiado temprano, y tenía que esperar, pero me dijeron que no había problema en dejar la valija en el subsuelo, y allí dejé la mía. Cuando ví la montaña de maletas sin número que las identifique, tomé mi pasaporte y me despedí de mis futuras ex pertenencias, convencido de que jamás las volvería a ver...

Y así fue que salí dispuesto a defender los escasos dólares recibidos en pacto leonino a cambio de muchísimos pesos, y con mi estómago anhelante, me fui directo a por Pequeña Italia. Mi imaginación demandaba una mesa en la vereda, sin importar que fuera enero, un mantel a cuadros rojos y blancos, unos fuccile y chianti, y una canzonetta de fondo…Yo amo las películas de mafiosos ¿Aparecería Don Corleone o Santino? ¿Tony Soprano? Pero la realidad es que Little Italy había perdido la batalla, y los vencedores eran los chinos, que reinan en toda la zona: escuelas chinas, mercados chinos, restoranes chinos, todo chino. Incluso el famoso enclave de los cinco puntos, el de la gran peli "Pandillas de Nueva York" ahora es chino. Así es que desistí de mi primera idea y me puse a buscar donde comer, eran las dos de la tarde y estaba muerto de hambre…Entonces lo ví. Era un restaurante angosto, a la calle sólo la puerta y una pequeña ventana. Pero estaba lleno. Eso y los precios de la cartelera me convencieron a entrar.Cuando lo hice, un amable vietnamita me preguntó si estaba solo. Le dije que sí, y me dijo que tendría que esperar un buen rato, a no ser que….La verdad es que no le comprendí. Imaginen que era un vietnamita hablándole en un pésimo inglés a un argentino que lo hablaba peor. El asunto es que contesté que sí, con la convicción de quien todo lo ignora. Me dijo que lo acompañara, atravesamos el salón, y al final, una cortina disimulaba un pasillo oscuro. Seguimos y me encontré con un salón más pequeño que el primero, donde había sólo una gran mesa redonda con orientales que comían en silencio. Cuando vi el cuadro me quedé helado. Solo, el primer día en una ciudad desconocida, en el salón de atrás de un restaurante vietnamita, rodeado de corteses hombres de oriente que inclinaron sus cabezas al verme entrar, mientras comían solos también, y obviamente con palitos. Me inquietó pensar en la irrupción de mafias rivales, como la italiana o la china (sabía que la vietnamita no es precisamente samaritana)
Pero nada de eso ocurrió. Fui al baño y me lavé la cara, mientras deliberaba nervioso si me quedaba o me iba. No lo tenía decidido cuando volví a la mesa compartida, pero ahí me esperaba el mismo amable vietnamita que me recibió, preocupado porque me había perdido de vista. Me dejó dos cartas para que eligiera mi comida, lo cual me resultó un enigma indescifrable, porque ambas tenían el mismo menú. ¿Será que tienen precios distintos según sea almuerzo o cena? No pude acertar y le pedí arroz con frutos de mar, y cuando las cerré me di cuenta de la diferencia. Una tenía tapa verde, y la otra roja. Ahí recordé lo que alguna vez me habían dicho de la comida vietnamita, que es tan sabrosa como picante, y me encomendé al hada Au Co...Por supuesto que le había marcado la del menú rojo, y al rato mi anfitrión volvió con un plato de arroz con abundante cantidad de mariscos. Cavilé un rato y me incliné por los cubiertos occidentales: uno no debe intentar ser lo que no es, me dije…¡Y fue una fiesta! Es verdad que la segunda cerveza la pedí de inmediato, pero aún recuerdo esos sabores únicos, picantes, irrepetibles…La cuenta fue de veinticinco dólares, no crucé palabra alguna con mis compañeros de mesa, que me despidieron respetuosamente. Jamás volvería a comer por esa suma en los tres días que pasé en Nueva York.

Luego continué paseando por la tarde/noche neoyorquina. Aún estaba el famoso árbol de navidad del Rockefeller Center...

Una vuelta más para comprar regalitos "m & m", y después sí, a descansar tras un día agitado en el confortable pero algo extraño hotel...

Subí las escaleras antiquísimas, que crujían ante cada paso, y llegué a mi cuarto. Era el único individual, los demás eran compartidos. La opción era: o un cuarto con cama doble sin baño, u otro compartido con otras cinco personas, con baño. Elegí el primero. Tenía T.V., y como estaba acelerado luego de mi primer día, la encendí...Todo lo previsible: CNN, varios canales hispanos, películas y un canal porno...gay.
Miré la programación y era de 24 horas. No tengo nada contra ninguna manifestación de cualquier tipo, pero me quedó la idea del por qué solo era cine gay. De pronto pensé que nunca me había cruzado con nadie. El hotel sólo tenía una pequeña ventana vidriada donde una chica te recibía, y te pasaba las llaves, que luego no se devolvía más...No dio para mucho el espectáculo, alcancé a ver cómo hacen los strippers para mantenerse en "posición" en forma continuada (no lo cuento por si hay personas impresionables, de familias tradicionales o de pocas inquietudes científicas)
Debo confesarles que me costó dormirme. Entre el viaje en avión, solo desde Chicago, más el paseo, más la comida vietnamita, más el porno gay del hotel sin gente, no conseguía conciliar el sueño...
Encima la escalera empezó a crujir como nunca durante el día, y después de medianoche oía mucha gente subir y bajar (no tenía elevador, por tratarse de una casa antigua)
Si dormí dos horas fue mucho, y fue la primera vez que me desperté en la misma posición en que me dormí: derecho y boca arriba. Era como una especie de Jesucristo, pero en lugar de estar colgado en la cruz, parecía clavado en la cama. Me pregunto a qué no querría darle la espalda...
Transcurrieron las noches siguientes sin más sobresaltos, y para volver al aeropuerto contraté el mismo servicio de combis, y oh sorpresa… Me vino a buscar el mismo caballero de la ida, quien llegó con un cigarrillo en la boca, sonriente, con su rap a todo volumen, hasta que llegamos al Waldorf Astoria. Allí recuperó la compostura, y siguió el camino hasta La Guardia silencioso y recatado. Por cierto…a mi valija no le faltó nada…





















1939 - Liv Ullman (FOTO), actriz.




