miércoles, 1 de diciembre de 2021
La sonrisa de los artistas muertos
lunes, 8 de agosto de 2011
El tiempo recobrado
Cuando me lo contó sus ojos mostraban sorpresa. Cuarenta años de casada con un hombre que leía a Proust y ella lo supo tiempo después, revisando trastos. No sólo lo leía, sino también lo subrayaba y comentaba. Yo estuve ahí, apuntó sobre Combray. La escuché en silencio. Sus ojos revelaban cierta admiración además de sorpresa, como si ese dato cambiara su juicio sobre el hombre con quien durmió durante cuatro décadas. El llegaba siempre cansado, ella era ama de casa, y conversaban trivialidades en la cena. Traía consigo “A la sombra de las muchachas en flor” y me mostró un párrafo subrayado: “Es muy difícil para cualquiera calcular exactamente en qué escala ve sus palabras o sus movimientos otra persona” Mientras hablaba me pregunté cómo se puede ocultar una pasión, en la casa o en la conversación, a la persona que se ama. O cómo ésta no es capaz de descubrirla. Su esposo leía a Proust pero nunca se lo dijo, vaya a saberse por qué, y ella jamás lo notó. Tal vez sea tiempo perdido revolver los muebles viejos de otra vida nuestra, aquella en la que compartimos momentos con alguien, y descubrir qué poco sabemos del otro y de nosotros mismos. Aunque pensándolo bien, quizás sea una buena forma de entender algunas cosas, y así recobrarlas. Como le sucedió a ella, que no sabía que él leía a Proust.
sábado, 3 de julio de 2010
El tiempo recobrado (una tarde con Proust y Sebreli)
Esta tarde, después de la hecatombe de Ciudad del Cabo, fue un regalo del cielo encontrarme con un grupo de personas sensibles que se reúnen para hablar de Proust. Además tenían un invitado de lujo: Juan José Sebreli. A mí me llevó una amiga y así pude entrar a la erudita secta: en total seríamos siete u ocho personas. Fue una maravilla sumergirse en el mundo de Guermantes con té y madalenas en la mesa. En realidad muchos tomamos café, pero todo encajaba con Proust. El francés, un escritor exquisito que leí alguna vez y me dieron ganas de retomar, sumado a la posibilidad de escuchar a un pensador excepcional, que si con eso no bastara conoció personalmente a Simone de Beauvoir, a Victoria Ocampo, ¡a Borges! entre otros, y que tiene una visión negativa de cualquiera de los intocables argentinos (El Che, Gardel, Maradona) Además dispuesto a conversar antes que a dar cátedra, compartiendo junto a un grupo tan conocedor de la obra proustiana como sencillo y amable.
Era un regalo inmenso para cualquier día del año y para este sábado a priori tristón, inigualable.
En tres horas de charla que resultaron escasas paseamos por Francia, a través de Víctor Hugo, Céline, el Capitán Dreyfus; por la paradoja proustiana del homosexual judío que escribía sobre una élite que no podría aceptarlo; de la diferencia entre la aristocracia europea y los personajes que quieren ingresar a ella con la argentina, que se autofabricó súbitamente al repartirse la tierra entre pocos como único blasón para exhibir. Leímos y hablamos de diversos personajes de En busca del tiempo perdido, cuyos tomos presidían el centro de la mesa.
¿Quién podría ser nuestro Proust, Sebreli? José Bianco o Mujica Lainez, dijo sin dudar. Bianco estuvo cerca en "La pérdida del reino" y Mujica se enredó con Bomarzo para ser aceptado en Europa. Manucho tuvo al alcance de la mano escribir la gran novela argentina sobre la alta sociedad porque tenía el talento y la conocía como nadie, y sin embargo la dejó escapar escribiendo una historia renacentista. Hubo tiempo para hablar de la decadencia argentina, le pregunté por la selección sabiendo que para él el fútbol es sólo negocio y hasta nos dio razones futbolísticas para entender el fracaso. Hablamos de su barrio de Constitución, que fue partido en dos por una autopista como le sucedió al Bronx neoyorquino y nada recuerda al de su niñez. Le pregunté por Victoria Ocampo, por Borges, por Rayuela, por Gombrowicz. Con la Ocampo trabajó en Sur. Decía que él no podría entender que Proust erraba en los enfoques, que otros como Vita Sackville-West podían escribir mejor sobre la alta sociedad porque pertenecían a ella. Pero Sebreli no le hizo caso y siguió disfrutando a Proust. Tuvo razón, poco se recuerda a la Sackville y a Proust se le reconoce y admira incluso en la aristocracia, pese a sus pecados de origen.
Contó que Borges era un personaje de círculos literarios reducidos hasta que fue traducido al francés, que una vez asistió a una conferencia que dio el autor de El Aleph junto a Susan Sontag en la Feria del Libro a la que asistieron solamente…siete personas!
Dijo también que Rayuela no le parece una gran novela, y que de Cortázar prefiere los cuentos. Nos alertó sobre Roberto Arlt, a su criterio y junto con Borges los mejores escritores argentinos, aunque aquel fuera desprolijo y se distrajera en el medio de las tramas.
Considera a Lucio Mansilla como el personaje argentino que más podría encajar en el mundo proustiano, y que lo mejor de Gombrowicz es su Diario Argentino, que es justamente lo que estoy leyendo ahora.
Flâneur por excelencia, compartimos una pequeña caminata por la avenida Pueyrredón mientras charlamos de la antigua calle Viamonte, un para mí sorpresivo faro cultural que comenzaba en la sede de la revista Sur (la casa de Victoria Ocampo) y continuaba por los bares que la rodeaban.
En síntesis, un milagro conocer a este grupo de lectores sensibles y atentos en una tarde especial, convocada por el fantasma de Proust y la presencia de Sebreli. Tanto hablar de Francia y Argentina me hicieron olvidar por un buen rato del mundial. Definitivamente, hablar de Guermantes en lugar de Germania me hizo sentir el tiempo recobrado.



1939 - Liv Ullman (FOTO), actriz.




