domingo, 15 de febrero de 2015

El impulso vital


No seguimos por nuestros hijos, ni por la esperanza. Seguimos, náufragos sin isla ni  balsa, por el impulso vital. Aunque estemos hecho pedazos. Impulso gallináceo de seguir buscando enloquecidos la comida, pese a la cabeza cercenada. Muertos de Swedemborg que no saben, no quieren saber, que ya están muertos.

 No es el optimismo del gurú, ni el futuro mejor, lo que nos mueve. Es el absurdo impulso vital que sigue contra todo, incluso contra el sentido común, y vence.

Algunos parecen  anularlo. Pero a esa mano que dirige la pistola hacia la sien, la mueve el impulso vital. Quizás el mayor impulso vital de todos, ese de querer salirse de una cárcel.

Así están hechos nuestros pedazos. Los cementerios están llenos de antiguo impulso vital resplandeciente, mágica luz que sólo algunos pueden ver.

Resta seguir. Abrir la mano imaginaria que aprieta en la garganta. Y seguir.

sábado, 24 de enero de 2015

Caballeros


Se encontraron en la calle
Eduardo iba caminando
Don Guido, con su caballo
Pensaron batirse a duelo
Pero fueron al serrallo

Hubo chicha y manzanilla
En homenaje de Lima
Y más tarde
Por Sevilla

Compartieron sus hazañas
Cubiertas de oro y tisú
¡Caballeros refinados!

De Andalucía y Perú





(a propósito de los caballeros de las "Coplas por la muerte de Don Guido" de Antonio Machado, y "Fina estampa" de Chabuca Granda, que se me ocurre que podrían haber sido amigos)

viernes, 16 de enero de 2015

Alicia en el subte


Cuando la miré ella estaba dejando de mirarme. Se llama Alicia, trabajó conmigo hace muchos años. Yo la hacía reír, ella me ofreció un café el primer día de mi primer trabajo, y ahora se subió al subte. La dejé de mirar cuando ella volvía a mirarme, ambos dudábamos de remover la mole de ladrillos que nos separaba de aquellos que supimos ser con un "¡hola! ¿cómo estás?". Nunca pasó nada entre nosotros, ni quisimos que pase, sólo recuerdo que cuando se metió con El Uruguayo a mi no me gustó. No me gustó porque Alicia era jovencita y él un señor mayor y con hijas apenas menores que ella. Además El Uruguayo -que trabajaba en otra dependencia- tenía la mala costumbre de no mirar a los ojos. En las oficinas, todo el personal tiene derechos adquiridos para opinar de los noviazgos de los compañeros, y yo lo ejercí. Ya llega la estación donde Alicia bajará, me pregunto si seguirá trabajando en el mismo sitio porque la estación es la misma. Me apresuro a tomar una decisión, ¿qué podría preguntarle? Por El Uruguayo no creo, quizás lo dejaron enseguida después de que renuncié. O se murió; o lo que es peor, sigue con él. La volví a mirar cuando ella dejaba de mirarme y adivinaba dudas parecidas en su mirada escurridiza. Subí la música de mi teléfono y fingí dormirme, igual bajo en la siguiente estación.

sábado, 13 de diciembre de 2014

Una tragedia que se repite en Buenos Aires


Desesperado, el Perdedor de Unicornios se fue hasta el desarmadero de la avenida Warnes y lo que vio le encogió el corazón:
a)      cebras pintadas de negro
b)      caballos pintados de cebra
c)       leones con las melenas afeitadas y un cartel debajo que decía “cuidado con el puma”
d)      Etc.
El Perdedor de Unicornios quiso meterse en el perímetro para buscar al suyo de color azul (a esa altura probablemente rosa) pero lo interceptó un huraño mono con navaja que le dijo con cara de pocos amigos y fuerte acento ruso: ¡¡¡xxxaxaxsxsxaxsxsxaxax!!!
Más desesperado todavía,  se fue hasta la Comisaría 33º a hacer la denuncia, pero el gato policía lo paró en seco: “¿Ud. sabe cuántos unicornios se roban por día en la ciudad de Buenos Aires? ¡Cientos!  Hay una banda de babilonios que  los plastifican y los venden como caballos de calesita en Copenhage, yo la denuncia no se la tomo y el seguro tampoco lo hará”

Resignado, el Perdedor de Unicornios volvió a su casa, sin saber qué decirle al hijo cuando le pregunte por su mascota. Pese a todo, puso un cartel en la puerta de su casa prometiendo que cien mil o un millón él pagará a quien tenga información, y yo lo estoy buscando hasta en Babilonia. No lo busco por sentimentalismo, si yo  odio los unicornios, especialmente a los azules. Es que necesito el dinero.

sábado, 6 de diciembre de 2014

..........................................El paraíso de los desmemoriados................................




Los desterrados
Del paraíso de los desmemoriados
Vanas señas suelen dar

Allí el olvido
Es el deseo
De infinitos cuerpos sin dolor

Ansiosos
De un paraíso anónimo 
Que olvide

Hasta el perdón






Pintura de Juan Medina

domingo, 30 de noviembre de 2014

Martha en el subte



Pensó que fue un error vender el sombrero, el impermeable y la Rémington, y haber entregado la oficina. Lo peor de todo fue deshacerse del impermeable y el sombrero. No ser más un detective y mojarse hasta las zonas más inaccesibles no tendrían que ser situaciones complementarias. Se tomó el subte sin ningún destino, sólo para buscar un lugar seco sin parecer un tipo que duerme en la calle. En la estación 9 de julio subió una chica. El ex detective la observó con cuidado, le resultaba conocida. Jamás recuerda un nombre pero siempre una cara. Supo que era el rostro de la tía Martha, sólo que joven. Se preguntó qué hubiera hecho él de haber sido efectivamente la tía Martha joven, antes de que su vida fuera otra ¿Decirle que no tendría un matrimonio feliz pero sí dos hijos que adoraría? ¿Qué moriría antes de ver a sus nietos? El ex detective pensó que así y todo, Martha volvería a casarse con Julián. Estaba en su naturaleza darlo todo por sus hijos, incluso antes de tenerlos. La chica se baja en Bulnes, y el ex detective que no tiene adonde ir, también. La calle es el Diluvio Universal, tiene miedo de asustar a Martha, sabe que es una locura contarle lo que pasa. Al fin y al cabo parece un caso, aunque no tenga sombrero ni impermeable ni Rémington ni oficina. Martha espera bajo un balcón, la cortina de agua es densa, se transforma en pared. El Detective se pone al lado, no sabe quien dice “¡Hola Martha!” aunque le parece que es su voz. Ella lo mira dulcemente y posa una mano en su mejilla. Murmura algo que El Detective no entiende, en un segundo se pierde por la oscuridad empapada de la calle Güemes.







martes, 11 de noviembre de 2014

Budapest






El subterráneo  entre las 8 y las 10 es imposible en Buenos Aires y trato de evitarlo. Pero iba retrasado y mi única posibilidad de llegar a tiempo era metiéndome en el mar revuelto y apretado de personas. No hay que quejarse. Por lo menos a esa hora la masa compacta tiene olor a shampoo, a perfume, a esperanza. A las siete de la tarde los olores mutan. Empeoran. Podría decir que el viaje era llevadero de no ser porque detrás de mí había uno tan abotonado, que tenía miedo de salir en estado de gravidez. Luego,  en la estación Pueyrredón se armó un revoltijo tal que mi brazo quedó casi despegado de mi cuerpo, imposible de corregir la postura en la masa compacta, acementada. Y en esa mano tenía el maletín. En mi maletín no llevo un millón de dólares, llevo papeles. Pero esos papeles si se pierden, para mí es como si perdiera un millón, aunque para los demás no tengan ningún valor. A la chica punk le quedó colocada mi garra sujetante de papeles en la entrepierna y me lo hizo notar  con una mirada fiera, llena de aros, tatuajes y pelos amenazantes. Aferré más fuerte mi maletín aunque estuviera en su zona cero. Entre el tipo de atrás y la punk del costado debía evadirme y en mi teléfono apareció “Budapest”, esta canción. Y me fui. Pensé en las playas de Budapest. En su clima tropical.  En la hospitalidad de sus nativos que llenan de guirnaldas a las visitas. Me vi bebiendo  un trago frutal en Budapest y así, llegué a destino con una sonrisa. Cuando abrí los ojos la chica punk ya no estaba y el que quiso ser padre de mi hijo, tampoco.

¡Gracias Budapest!