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Él huele horrible
Ella es delicada.
Él habla en francés
Ella habla poco
Suspira él
Ella hace mohínes
Él quiere besarla
Ella sí pero no, pone los codos.
Él no es Serge Gainsbourg
Ella no es Jane Birkin
Hace poco me enteré que él se llamaba
Pepe Le Pew
Y ella Penélope
Y cuando era chico
Me encantaban.
Nadie quería dormir en la pieza más alta de la pensión de la calle Alsina. No es que hubiera fantasmas. O si alguien lo pensó, nunca me lo dijo. Pero la Buenos Aires de los años cincuenta es un caos de inmigrantes llegando y no pude elegir, así que tomé el cuarto más alto, el que no quería nadie. Como no creo en fantasmas, incluso cuando me aseguran que no existen, me acosté. Aquella noche de marzo era la primera para mí en Buenos Aires. Ya había dormido un buen rato cuando comprendí por qué nadie la quería. El sonido de un piano llegaba, lejano, desde algún lugar que no podía distinguir. Me asomé por la ventana. Salí al pasillo. Nada. Es que los sones venían de arriba, aunque estuviera en el último piso. La puerta que comunicaba a la terraza estaba cerrada con llave, pero mi curiosidad pudo más. No era precisamente una puerta difícil, con un leve empujón cedió dócilmente. A lo lejos, la Avenida de Mayo y sus fachadas madrileñas tornaron más irreal la situación, como si me encontrara en un sueño. Ahora sí, Bach y su Preludio en C mayor llegaban diáfanos desde la buhardilla del viejo edificio de al lado. Un anciano tocaba el piano y no entendí cómo podía haberlo subido hasta allí, ya que la estrecha escalera no se lo permitía de ningún modo. El ejecutante me daba la espalda, así que aprovechando la oscuridad de las estrellas encendí un cigarrillo y presencié el concierto. Me di cuenta que sólo tocaba obras de Bach. Luego del preludio siguió con los conciertos para piano , y varias veces reprimí el instinto de aplaudir cuando mis palmas ya casi se tocaban. Lloré. El anciano seguía y seguía y en cualquier momento comenzaría a clarear.
Al terminar Tocata y fuga el piano se silenció. El hombre giró sobre sí mismo y apuntó su mirada hacia donde yo me encontraba. Pese a que la noche me ocultaba, me inquietó esa mirada firme. No me asustó pero estaba seguro que él sabía que había alguien, allí en lo oscuro. No alguien. Yo. Luego, sin dejar de mirarme –porque me di cuenta que me había visto- sonrió y me dijo
nevermore
Recién ahí, evitando su mirada insostenible, me di cuenta que el altillo no tenía techo. También, que la función había terminado.
A la mañana siguiente pagué el cuarto y nunca más regresé a la pensión de la calle Alsina. Desde aquella noche sí creo en fantasmas. Aunque en este caso, nunca supe si el fantasma era el anciano o su imposible piano en el altillo.
La Menor Idea festeja sus dos años de vida. Habrá discursos alusivos, la bendición papal por internet, un saludo del Dalai Lama por telegrama y otro personal de Armando Quinteros, inolvidable volante por derecha del Vélez subcampeón 1.979. Por supuesto será una noche altamente emotiva, y la cuenta, ídem.Están todos invitados. Nuestro Departamento de Festejos se encuentra últimando detalles con un maitre que nos recomendaron por lo serio, acorde con la importancia del evento que paralizará el hemisferio oeste, prácticamente totalmente.Los esperamos de riguroso smoking (ellas) y vestido largo (ellos)Feliz 2.010, gracias por soportarme.
Si Merche preguntó, lo aclaro: el señor de la foto es un maitre de restaurante, algo alocado por cierto.
Ojalá que Buda exista
Porque quisiera en otra vida
Menos oficina y más cocina
Algunos viajes
y caballos
Tengo letras
y unos tangos
También vino
Pero quisiera ser
Menos culposo
y más ocioso
Tal vez Buda me diría
Que no piense en otras vidas
Que todavía tengo tiempo
Para algunas de esas cosas
En esta.
La ciega venía apurada
El sordo, distraído
Se chocaron
La ciega comenzó a insultarlo
El sordo, silencioso, se hizo el distraído
un poco más.
Dos mudos que vieron todo gesticularon
Que no hay peor sordo
que el que no quiere hablar.
No sé por qué me cuesta volver a Liniers. Cuando voy a ver un partido de Vélez no, pero a la que fue mi casa por quince años, sí que me cuesta. Mi mamá se fue de vacaciones y quedé a cargo de la gata y de las plantas. Cuando ella está nos encontramos en lo de mi hermana o viene a mi casa. Pero a la suya voy poco. Supongo que tiene algo que ver que mi vieja dejó mi cuarto casi igual a cuando yo vivía allí. Aunque noté una Virgen María que yo no hubiera puesto. Por suerte, en mi última etapa retiré los pósters más comprometedores. Sólo quedaron algunas imágenes de fútbol y unos adhesivos de política en el vidrio de la ventana. Tal vez la anacrónica escena cuenta con sobreactuada vehemencia que ese adolescente no existe más, y quedó su cuarto a modo de museo. O quizás me hace pensar que esos años de nuestras vidas no son tan idílicos como los recordamos de grandes, sino que es un tiempo en que se descubre todo. El amor a la hora de la siesta, el sufrimiento.
En la sala también hay muchas fotos y antiguos trofeos de fútbol que gané en la escuela. Lucen antediluvianos y opacos, parecen soldaditos viejos.
Anoche, los negocios del barrio me molestaron. Me molestaron los nuevos, me molestaron los que se mantienen avejentados. Y la noche magnifica esa sensación de dejadez. Antes de llegar a cumplir con mi “trabajo”, me detuve a cenar en una esquina muy bonita. Han puesto un restaurante moderno, con ladrillos a la vista, luces tenues y mesas en la vereda. Para no desentonar me pedí un moderno pollo caprese y vino. Las camareras eran muy jóvenes y atentas. Los clientes también eran jóvenes y disfrutaban la hermosa noche de verano que nos regalaba el viernes.
Ya me había olvidado de esas cavilaciones cuando la moza pasó y gentilmente me preguntó si estaba todo bien.
- ¿Vos sabés quien era Cándido? Pregunté sin preavisar y a quemarropa
La chica se quedó muda. Yo creo que estaba preparada para que le pidiera otra botella de vino, más pan o la cuenta. Pero la palabra “Cándido”, que ni siquiera estoy seguro que supiera que era un nombre de pila, la dejó en silencio. No sé por qué me dio por el mónologo decadente. Me noté viejo y enojado cuando sin esperar respuesta me despaché diciéndole que treinta años atrás, el restaurante moderno no se llamaba “Lisandro” sino que era un bar camino a los mataderos que tenía “Renacimiento” por nombre formal. Que en lugar de luces tenues las había blancas y brillantes. Que no tenía ladrillos a la vista sino revoques descuidados y baldosas gastadas. Que el mostrador no estaba poblado de plantas, era de estaño y nada se interponía en su superficie fría y plateada. Y ese feudo no era gobernado por sus dueños sino por un mozo llamado Cándido, asturiano de cincuenta kilos y cabrón que decidía si te quería o no la primera vez que te atendía. A mis amigos y a mí nos quería, entonces cuando pedíamos licor para combatir las madrugadas frías (Legui para más datos) nos servía la copita a tope y además derramaba otro poco en el platito que le hacía de soporte. Y si no te quería la copa la servía escasa y demoraba un siglo en atenderte. No era mozo para restaurante fashion, claro. Incluso podía rascarse un testículo mientras te tomaba el pedido. Eso sí, lo hacía por afuera del pantalón. Y el pedido jamás lo anotaba. El cigarrillo que llevaba debía ser eterno, nunca ví cuando lo encendía ni cuando lo apagaba, lo tenía en la boca o lo apoyaba en el mostrador. Nadie llamaba al lugar “Renacimiento” sino “Lo de Cándido” y a nadie tampoco se le hubiera ocurrido la locura de pedir un pollo “caprese”, porque ahí había sándwiches, milanesas y churrascos. Y a las mujeres el bar no les gustaba, sólo entraban las que nos querían mucho, mucho. En ese caso Cándido, que era eterno soltero y vivía en una pensión de la lejana avenida Beiró, hacía un esfuerzo por ser más simpático, aunque a las chicas les parecía increíble de todos modos. Jamás se le ocurrió que con quince años no debíamos tomar alcohol. Nunca lo vimos beber. Aunque nos recibía con un ¡hola chicos! a nosotros nos hacía sentir hombres. De verdad. Cuando Cándido murió no fuimos más y luego “Renacimiento” cerró.
Tomé aire y "volví". Reparé que la chica me miraba un poco asustada. Le pedí la cuenta, avergonzado. Precautoriamente vino otra moza con la adición. Fui a casa, hice las tareas encargadas y me quedé a dormir. Me fui al día siguiente. La mañana del sábado era distinta, alegre. El sol daba de lleno en la vereda y los pájaros cantaban casi con furia. Las vecinas compraban carne, pastas, frutas. El fin de semana en un barrio de los de antes invita al disfrute. Los hombres leían el diario en “Lisandro” y para reconciliarme entré de vuelta. Me atendió una chica del turno mañana. Estuve tentado de preguntarle si alguna vez había oído hablar de Cándido. Pero me pareció mejor pedirle una medialuna de manteca para acompañar el café.
Nota del autor: hace años que no vivo en Liniers, me mudé a un barrio más céntrico, más glamoroso. Sin embargo cuando me preguntan dónde vivo aclaro en seguida y con orgullo que me crié en Liniers, ese barrio que ahora no me gusta tanto. Me pregunto como será ese “sentirse de ningún lado” en los emigrantes. Cuando vuelven a su tierra se dan cuenta que ya no les pertenece, pero en el lugar donde viven les dicen –y se sienten- gringos, gallegos o tanos.
- ¿Qué desea? preguntó la moza- Felicidad- dijo el cliente bromistaLa chica pensó un segundo y respondió- Felicidad no me queda, pero puedo hacerlo sonreírEl cliente bromista sonrió, y pagó su cuenta.