miércoles, 14 de abril de 2010

El hombre mediocre

Definitivamente, ese hombre de gris empapado por la lluvia (incluso, especialmente sus anteojos) que leía “El Hombre mediocre” en el subte repleto de oficinistas, era la viva imagen de un hombre mediocre.
La naturaleza imita al arte, me acordé de Don Oscar. Sin embargo, al comprar ese libro, este hombre mediocre dejó de serlo un poco. Eso pensaba yo mientras lo observaba detrás de la marea sudorosa que inundaba el metro. Súbitamente me puse en guardia. Es que el hombre mediocre que leía “El hombre mediocre” me descubrió, y me sonreía detrás de sus gafas llenas de agua. Me pregunté por qué me miraba y se reía. Tal vez por mi piloto tan gris y empapado como el de él y por mis ojos fijados en su libro, pensó que estaba frente a un par. Seguro que tiene razón.

domingo, 11 de abril de 2010

Un homenaje a Quinquela

Ya hemos hablado del barrio de La Boca y su pintor, Benito Quinquela Martín. Esta mañana se inauguró un monumento en su memoria, y La Menor Idea estuvo ahí registrando el momento y hablando con un testigo muy especial, el Capitán Recúpero, padre de Francis Oliverio (mi padre)
¿Me acompañan?









sábado, 10 de abril de 2010

Un Cuento de Navidad


¿Pero qué ocurre en La Menor Idea? ¡Estamos en abril! Lo que tengo para contarles es un Cuento de Navidad. Sólo le falta la nieve y Dickens. Uno de los tantos defectos que tiene este blog es que, pese a los esfuerzos de su administrador, nunca se sabe cuando habla en serio y cuando está bromeando. Cuándo una cosa ocurrió y cuándo es inventada. Lo que voy a contarles no sólo que ocurrió, sino que sucedió hace unas horas.

Venía caminando por la avenida Santa Fe rumbo a mi casa, y en la entrada cerrada de un banco ví a un hombre con una niña grande dormida en sus brazos. La situación no parecía la de un mendigo "profesional"
El señor era humilde pero estaba prolijamente vestido y la nena (de unos 7 u 8 años) también. Todo el mundo notaba que el cuadro no era común, pero es viernes y casita nos espera.
Yo me detuve. Me jacto de pocas cosas en la vida, una es la de conocer bastante bien a los personajes que viven de la calle. Y había algo fuera de lo común en esta escena: el hombre estaba casi de espaldas a los transeúntes, de manera que si lo que buscaba era dinero, no había forma de dárselo. La niña era muy grande para inspirar lástima, tenía mínimo ocho años. Un bolso completaba el cuadro.
Como justo ahí había una parada de colectivos, me tomé todo el tiempo del mundo para observarlos disimuladamente. Como buen porteño, soy desconfiado. La escena era inmutable. El hombre estaba preocupado mientras velaba el sueño de su hija. Un buen rato después me acerqué -despacito para no asustarlo- y le pregunté qué le pasaba. Me dijo que era tucumano, que todos los meses vienen con la señora al Hospital de Niños porque tienen un chiquito enfermo y deben tratarlo, y esta vez la internación superó la duración habitual. Por eso se les terminó el dinero para la pensión y estaban en la calle. La esposa permanecía en el hospital junto al niño y ellos no tenían adonde ir. Les pedí nombres y apellidos y me los dio. La ubicación del chiquito también. El hombre quería trabajar de cualquier cosa pero, ¿quién podría tomarlo a miles de kilómetros de su hogar?
Desesperado ya había ido a la Casa de la Provincia de Tucumán y lo único que le ofrecieron es acelerar ciertos trámites. De ahí se fue al Congreso a tratar de hablar con legisladores tucumanos y los “Representantes del Pueblo de Tucumán” ni siquiera lo dejaron entrar. Yo ya creía la historia pero seguí chequeando por desconfiado. Llamé al Hospital y verificaron que un niño con el nombre que les dí estaba internado.
Mientras arreglaba momentáneamente el asunto, pensé en una amiga que trabajó en Minoridad. En menos que canta un gallo consiguió –con la colaboración de otra buena amiga de esta casa- un hotel para la familia y tal vez alguna cosa más.
Ya me había ido del lugar cuando llamé al Hospital y hablé con la madre del chico. El esposo le había contado de mí y con una mezcla de timidez y sorpresa tomó nota del hotel, de las novedades, del alivio.
Tal vez no debería contar mis méritos si no cuento mis pecados. Pero no son tales (los méritos) En todo caso, me gustó haber dejado de ser Cronista para ser Protagonista. Sólo ví algo e hice la llamada justa.
¡No le echemos la culpa al gobierno de todo! Y nosotros, ¿qué hacemos? Sólo miré con atención, ese fue el “mérito”. Del resto se ocuparon algunos ángeles de la guarda que no quisiera mencionar porque trabajan con reserva de nombre. Encima de aguantarme un viernes a las 9 de la noche, en silencio consiguen que una familia duerma bajo techo y tenga un baño.
Si esto no es un cuento de Navidad, se le parece bastante ¿no?
Aprovecho la oportunidad para desearles feliz navidad a Cristina y a Miralunas. Es que el tiempo vuela y fin de año está a la vuelta de la esquina.

Si le hago un bien a alguien que lo necesita, no lo salvo. Es él quien me salva a mí, porque me hace mejor. Me justifica. Me salva una y mil veces de la desidia, del no se puede, del individualismo. ¡La miseria impera en los hogares repletos de comida y cerrados con llave!

jueves, 8 de abril de 2010

El 6

Me pasa todos los jueves. Llego a casa bien tarde y rendido de jugar al fútbol (el cuerpo ya no es el mismo después de los treinta, mucho menos después de los cuarenta); también un poco bebido por la cerveza del final. No sé por qué invariablemente marco el piso 6º en el ascensor en lugar del 7º, que es donde está mi departamento.
Nunca me pasa otro día ni a otra hora, y siempre me doy cuenta luego de girar a la izquierda y buscar la puerta del fondo. Dudo un segundo antes de colocar la llave, y al advertir el error me asusto de pensar en la reacción de quien pudiera estar del otro lado. A esa puerta se le cayó el número, como a la mía. Creo que en ese instante postrero dudo por la lobreguez del pasillo, pero es el mismo edificio y todos los pisos naturalmente son iguales.
Hoy, por suerte, no me pasó. En realidad no recuerdo bien cómo fue, porque ganamos y llegué borracho. Ahora que me acosté y todo me da vueltas, tengo la impresión de que alguien me está observando; más de una persona en realidad. Me quiero levantar y no puedo. Trato de ordenarme un poco, ya no estoy seguro del piso en que bajé. Como en sueños pregunto si estoy en el séptimo piso y alguien me dice que no.

-Está en el piso 6, caballero…

La duda me sube del estómago. Antes de preguntarle adivino la respuesta.

- El número de departamento? El 66, claro…

lunes, 5 de abril de 2010

Los otros, el mismo

Si existiese la máquina del tiempo, me gustaría ir a dos lugares y dos momentos que en realidad son uno solo: Cambridge, febrero de 1.969, y Ginebra, 1.918.
En ambos lugares me esperan dos Borges a punto de charlar entre sí en un banco frente al río Charles (o Ródano, según cual sea el Borges que lo recuerde o sueñe)
Y así presenciar con aire distraído el increíble encuentro de dos personas que son una y se llevan cincuenta años de edad. Hombres que justamente porque son distintos pero a la vez uno no pueden mentirse, lo cual “hace difícil el diálogo”
Un Borges hablará de su pasado y el otro de su presente, receloso. Ambos se darán noticias de sus padres y charlarán de literatura. El mayor sentirá por sí mismo, de joven, una ternura paternal.
Quisiera saber si solamente el viejo Borges describió este encuentro, o también lo hizo el joven y luego lo destruyó, temeroso.

Pensándolo bien, tal vez no haga falta viajar por el tiempo y por el espacio. Quizás con sentarme a la vera de un río cualquiera pueda encontrarme con dos hombres hablando de Dostoievsky y de batallas, de oprimidos y de parias, y si les pregunto sus nombres, ambos me den idéntica respuesta.


La conversación podría estar ocurriendo ahora mismo, mientras esto escribo.


Relato basado en el cuento "El otro" de Jorge Luis Borges

sábado, 3 de abril de 2010

Ases en la manga

Me gustan las personas
que sorprenden

La naif que encubre una perra

El cantante de las teen
que se asume gay

El obrero culto y silencioso

El muchacho millonario de izquierda

El ogro que llora en el cine


Los abducidos que no advertimos por la calle

Los escondedores en general

que no son traidores, tramposos

o delincuentes

Me encanta mi tía (la monja retirada)
yendo al bingo

Le pregunto falsamente preocupado
-Le gustará a Dios que vayas al bingo, tía?
-No sobrino, no debe gustarle


Me gusta que me digas semejante barbaridad
con tu cara de Princesa


Quienes ven hipocresía en estos actos
Son hipócritas

Yo veo simplemente
ases escondidos en la manga

O para decirlo más simple
Pura humanidad.

viernes, 2 de abril de 2010

Un pensamiento posible de Cagliostro

Saint Germain ha convencido a muchos diciendo que tiene el elixir de la vida eterna. Y como ocurre desde que el hombre es hombre, es falso.
¡Mago mentiroso! No sabe que si el milagro fuera cierto estaría perdido para siempre. No hay desgracia mayor para un hombre que no morir jamás. Pero claro, eso lo saben a ciencia cierta únicamente los inmortales y lo sospechamos algunos desengañados.
¡No me desanimo! Aunque El Mago nunca creerá en mi talento, estoy a punto de descubrir la manera de convertir metales innobles en oro. Al menos, eso creen muchos. Y si ellos imaginan eso de mí, ¿por qué no habré de creerlo yo también?

Sólo debo cuidarme de los charlatanes de Roma y sus esbirros. Se mofan de mí porque me hago llamar conde.
¡Ellos, que dicen ser los representantes de Dios y al trabajo de sus torturadores le llaman el Santo Oficio!

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