miércoles, 30 de abril de 2008

Ser Gardel



Tenemos una discusión rioplatense por el lugar de nacimiento de don Carlos. Los uruguayos aseguran que nació en Tacuarembó, y nosotros decimos que nació en Toulouse, Francia. De ambas partes surgen documentos que acreditan las respectivas posiciones, porque parece que el Morocho del Abasto, presintiéndose mito, alimentó la futura discusión enviando señales contradictorias: así, entre otras pruebas, hay un testamento donde se presenta como francés; pero en la compra de unos terrenos en Uruguay, se dice nacido en Tacuarembó. Lo cierto es que su madre era francesa, pero si el hombre sembró la confusión ¿por qué debemos aclararla nosotros?
De todos modos, siempre me causó ternura el afán argentino de verlo francés, antes que uruguayo. ¿Pobres, acaso tenemos miedo de que sea menos nuestro por eso?
Por estas tierras tenemos un elogio que encierra haber alcanzado la cúspide en cualquier actividad, arte o lo que sea y es SER GARDEL.
Así por ejemplo, se le dice a un amigo ¡Sos Gardel! si se aparece con la más linda del barrio. Y si el éxito es definitivo e insuperable, le diremos ¡Sos Gardel, Le Pera y los guitarristas! en alusión al letrista y a la formación musical más famosos que acompañaron al Zorzal Criollo. Elogio mayor no hay. Aunque el destinatario sea un científico, lo recibirá casi casi, como si estuvieran entregándole el Nobel.
De más está decir que amo a Carlitos. Su voz, su elegancia, su personalidad, moldearon los deseos inconscientes o no, de generaciones de argentinos y los suspiros de muchísimas argentinas: escribió Celedonio Flores en "Corrientes y Esmeralda" que “…En tu esquina porteña, cualquier cacatúa sueña con la pinta de Carlos Gardel”

Encima vivo a pocas cuadras de donde él se crió.
Hasta los niños de hoy en día lo conocen, ya que sobrevivió a la trituradora del olvido, pese a haber muerto hace más de setenta años. En el cementerio de la Chacarita, donde descansa el Maestro, hay un monumento, y en él alguien suele ponerle a escondidas un cigarrillo encendido entre sus dedos, créase o no, que lo aleja del bronce.
Creo que encabeza la cúspide de mitos argentinos, por encima de Evita y el Che, porque la devoción hacia él es casi unánime y pacífica.
De sus interpretaciones prefiero “Lejana tierra mía” “Volver” “Soledad” “Por una cabeza” y “Duelo Criollo” y frecuentó muchísimos estilos además del tango. Como todavía no domino esta herramienta y no sé como poner aquí alguna versión de Youtube, vaya únicamente el sentido homenaje de mis palabras al Maestro: ¡Sos Gardel, Carlitos!

lunes, 28 de abril de 2008

El Pasado

Siempre escucho a la gente decir que hay que vivir el presente, que lo que pasó pasó, y que hay que mirar al futuro. Que no hay que abrir el arcón de los recuerdos. Que no hay que vivir en el pasado. Y me parece bien, no hay que vivir en el pasado, si eso significa estar todo el día recordándolo como un tango que no termina nunca.
Pero eso no quiere decir que el pasado no exista. Y si fueron buenos, “revivir” esos momentos te hace feliz de nuevo, aunque sea un rato; si es posible compartirlos ahora con quienes estuvimos allí, mejor.
Además no hace falta ponerse melancólico para recordarlo, yo lo hago con una sonrisa. Pero si pinta la melancolía, adelante con ella.
Puede ser una foto, una anécdota, o una carta. Supongo que los que dicen “vivir en el pasado”, se refieren a que no te permite disfrutar el presente.
Pero yo no creo eso. Si hay historias de“vivir para contarla” porque se corrió riesgo de vida, significa que el relato de lo vivido vale la pena. Yo creo que siempre vale la pena contarla cuando fuiste feliz. Y disfruto mucho del presente, eh!
Entonces de vez en cuando, si aparece alguna vieja canción no le escapo. A partir de esa música escarbo historias antiguas, ocultas detrás de los años, que justifiquen el recuerdo de esa canción. Y es increíble que al cabo de un rato aparezcan nítidos personajes que hicieron hermosa una etapa de mi vida… ¿No hacemos todos eso?
No hace falta querer volver a tiempos pasados para disfrutarlos, o renegar del presente.

Somos porque fuimos. Salvo que nazcamos ahora. Yo no tengo la fórmula de la felicidad pero sí el envase donde va la felicidad. El frasquito que te permite tenerla, si eso es posible, es tu pasado, con lo bueno y lo malo, porque te da la medida de todas las cosas por venir, la brújula de lo que querés que sea tu vida, tu carné de identidad.

sábado, 26 de abril de 2008

Otra noche de franco


Tenía todo para ser el investigador ideal: la Rémington, el sombrero, el piloto, la puerta de vidrio esmerilado con su nombre y claro, la pistola.
También sufría como todo gran detective de un momentáneo problema de efectivo, y su secretaria venía cuando quería, un poco porque le debía tres meses de salario y otro poco porque no había nada que hacer.
En la biblioteca, la colección completa de Philip Marlowe, y con los zapatos arriba del escritorio vacío, aguarda a que suene el teléfono, whisky en la mano, cigarrillo en la boca.
Seguir a tipos casados para probar infidelidades nunca le gustó. Es sábado a la noche, y aunque no suele trabajar el fin de semana, él espera que suene el teléfono y una voz femenina le pida ayuda desesperadamente.
Pero pasan los años y eso no ocurre.
Se pregunta si no será hora de volver a trabajar en el banco…

viernes, 25 de abril de 2008

El Hombre del Tanque


Siempre me pregunté que pasó después. Imaginaba que los fotógrafos enviaron su trabajo a las redacciones, que uno recordó que en un restaurante a la vuelta de la plaza hacían una comida china fabulosa, y se fueron presurosos, dejando al hombre frente a los tanques y éste, haciéndoles señas desesperadas: ¡no se vayan, no se vayan!
Ahora me enteré que como siempre hay dos teorías: una refiere que diez minutos después lo arrestaron y no tuvo un juicio justo precisamente, sino que fue derecho al paredón. La otra teoría dice que se alcanzó a escapar y que vive en Taiwán.
¿Cómo habrá terminado la historia?

jueves, 24 de abril de 2008

Un deporte nacional


No, ¡que fútbol, ni polo ni bochas! Estoy hablando de eso que hacen todos los hombres de estas tierras, sin importar la edad ni condición. Se trata del verdadero deporte nacional: mirar mujeres por la calle. Veamos por si no te parece.
Como siempre, primero las aclaraciones. No se trata de piropear, buscar conversación, seducir, tirarse un lance ni nada que se le parezca. Ni siquiera probablemente haremos contacto visual con ella, porque viene distraída mirando vidrieras, de prisa o simplemente no te registra. Esas formas de acercamiento serán materia de otra charla. La de aquí está reservada para quienes no quieren, no pueden o no deben establecer contacto pero, a la vez, les resulta inevitable acompañar con la mirada el paso de una mujer hermosa por la calle. Que al fin y al cabo estamos en Argentina, y esto que digo es pasión popular.
Pero con elegancia, que lo cortés no quita lo insistente.
Antes que nada prohibido murmurar. No se justifica ni en el caso de intentar un abordaje, ni aunque estemos en presencia de La Perfección. Ese murmullo que parece esconder palabras soeces, debe evitarse siempre. Porque además es cobarde, ya que si de milagro ella pregunta ¿qué dijiste?, el galán en cuestión suele emprender huida deshonrosa (¿hay alguna huida que no lo sea?) Encima puede ser confundido con un acosador.
Tampoco es agradable gritar cosas desde el auto o camión, o tocar la bocina, ni suave ni fuerte.
Debés evitar también interrumpir la conversación si te encontraste con un amigo en la vereda, u olvidarte el hilo de la charla, mirándola pasar boquiabierto. Eso tampoco es elegante. En ese caso si te perdés de relojearla, mala suerte, que por algo sos un hombre que ha nacido para sufrir. Peor aún si el grupo está integrado por tres o cuatro tipos, que se envalentonan ante el solitario paso de la dama, o si vas acompañado por esposa o novia. ¡Silencio y como si nadie pasara! A lo sumo en este último caso –pero es peligroso y no lo recomiendo- queda la posibilidad de girar la cabeza en dirección a tu amada y fingir que la escuchás, y al mismo tiempo exigir tus ojos colocándolos en el rabillo para fugaz vistazo sobre la caminante; pero sé de dislocaciones y estrabismos repentinos, producto de cachetazos recibidos sin maniobra defensiva alguna por parte del caballero que por supuesto estaba mirando para otro lado. Para el lado de ella.

Por eso la ocasión ideal es ir caminando solo, y que ella venga de frente. Si va en la misma dirección que vos, te avisarán que está más adelante los tipos con los que te cruzás, que pasarán a tu lado suspirando: “¡No puede ser!” “¡Por Dios!” o “¡Mamita!” esto último en clave freudiana.
Volvamos a la que viene de frente, sea caminando distraída, sea hablando por su celular. Tanto su timidez como su paso avasallante pueden encandilarte. Has tenido tiempo de verla bien, es hermosa, y te devora la ansiedad por darte vuelta y seguir observándola. ¡Cuidado! No gires violentamente, es poco sutil, además podés tropezarte con algo o alguien y terminar despatarrado en el medio de la vereda (juro que lo ví, en realidad lo oí caer, yo también la estaba mirando a ella)
En ese caso lo mejor es, si pasa a tu izquierda, dejarla pasar unos metros, y luego darte vuelta pero por tu derecha, como si alguien te hubiera llamado o se te hubiese caído alguna cosa. Allí va ella, probablemente alejada unos cinco o seis metros, es verdad, pero la operación resulta más delicada y no habrá contratiempos. También podés detenerte en un quiosco de revistas y hojear un diario, si tenés suerte de que ella se detenga. Obviamente que si vas por una peatonal repleta, no habrá manera de hacer el truco. Por otra parte, está prohibido seguirla, pasarla y volver otra vez a cruzarte con ella. Además de indiscreto, puede prestarse a que pases un mal momento…
Es verdad que si la fémina aparece con alguna prenda ajustada y portando zapatos altos, rojos para más datos, el ruido de los tacos y las gestos de los demás, que van girando la cabeza como diciendo que no, pueden desconcentrarte, y probablemente caigas en alguno de los pecados señalados, es decir , dejar la boca abierta, murmurar cosas ininteligibles, darte vuelta violentamente, exclamar “mamitas” u otras yerbas o directamente caerte redondo al suelo…En ese caso no sufras, que de carne somos y un impulso irrefrenado lo tiene cualquiera…
Por último, una pregunta recurrente ¿sonreír o no sonreír al escrutarla ? Es una cuestión de estilo, lo único que te recomiendo en el caso de que optes por no sonreír, es tratar de no hacer un rictus cual si hubieras visto a Medusa, bastante común por aquí, que parece querer dejar asentado: “no me conmoviste, eh?”
¿Y qué si ella te sonríe? Tranquilo, eso no ocurrirá en el 99 % de los casos, salvo que seas Richard Gere o algo así. Del 1 % restante, hay un 30% de posibilidades de que haya recordado algo gracioso que nada tiene que ver con vos, otro 30% de que esté chiflada, un 30% de que quiera quitarte algo y, finalmente, tenés un considerable 10% de que te haya devuelto la sonrisa porque le gustaste o le caíste simpático. En este último caso, amigo mío, no me preguntes qué hacer, vos sabrás, que ya estás grandecito para tantas instrucciones y no es mi intención desasnarte de eso aquí.
Y a quien le parezca todo esto exagerado, es porque no conoce el condimento napolitano de nuestro carácter, ni la belleza de las argentinas, ni la mirada interminablemente criolla, que suele empeorar en primavera. Me pregunto cómo será en otros países...

domingo, 20 de abril de 2008

Un domingo de playa en Salvador

Eran las dos de la tarde y la playa del Farol da Barra explotaba de gente. Era un día hermoso, y además de los turistas, "ficaban" los bahianos, aprovechando el día de descanso.
Nos habían advertido que el domingo era un día para estar atentos, porque entre la multitud acechaban los arrebatadores.
Pero no nos importó, y mi amigo y yo fuimos prestos y cámara de fotos al pecho a disfrutar del día.
El ambiente no era el mejor. Mucha gente y muy cerca nos miraba, sabiéndonos de afuera.
Pero no nos importó, y nos ubicamos en una mesa en la arena a ver qué pasaba.
Como el calor agobiaba, le dije a mi amigo que me iba a meter un rato al mar, y que por favor no perdiera de vista la máquina. Me preocupaba más que nada la mesa de la derecha, eran cinco caballeros que no nos perdían de vista.
Pero no me importó tanto, y me fui a dar el baño. Estuve un buen rato en el agua tibia, feliz de mi suerte, compartiendo ese momento de gracia con tantos desconocidos, pensando que hay ocasiones en que la vida nos premia...
Media hora más tarde, salí del agua y, ¡oh sorpresa!, nuestra mesa estaba vacía. Me quedé tranquilo porque enseguida encontré a mi amigo en la mesa de la izquierda, conversando animadamente con una joven.
Por un momento dudé, pero luego quise convencerme que no sería capaz de algo así…
-¿Tenés la cámara?
-No, la dejé en la mesa…
Por supuesto que la máquina no estaba más, y me pareció que los cinco caballeros se reían de nosotros, mientras no nos quitaban los ojos de encima….
-La tienen ellos, me dije.
-La tienen ellos, me dijo mi amigo.
-La tienen ellos, me dijo la amiga de mi amigo.
Hay encrucijadas en que la vida te pone a prueba. Me acordé del cuento de Borges, “El Sur”, donde el protagonista, que jamás había peleado a cuchillo, se entreveró con un gaucho en lucha a muerte. Supe que era un desafío para saber de qué madera estábamos hechos mi amigo y yo…

Y así fue que nos quedamos un rato más (no mucho) pagamos nuestra cerveza y nos fuimos. Pero no me importó. Al fin y al cabo, la cámara era de él…
¡Salve Salvador, Terra da Felicidade!

jueves, 17 de abril de 2008

Times Square











El marinero está feliz. Japón acaba de rendirse, es el año 1.945. Millones de personas se acercan a celebrar en Times Square...Entre la multitud hay un beso que durará toda la eternidad...




Diez años más tarde, un hombre camina por el mismo lugar una tarde de lluvia. No es un tipo cualquiera. Es James Dean, en la Nueva York de los años cincuenta. Está en la cresta de la ola, y sin embargo camina pensativo. Pronto morirá, pero claro, aquí aún no es un mito, solo camina por Broadway...
































En 1.970, otros marineros buscan otra clase de mujeres. No hay victorias para festejar...













Aquí ya cayeron las torres. Pero fue lejos de Times Square...


martes, 15 de abril de 2008

¡HOMBRES SIN FE Y SIN PATRIA!

Mientras me afeitaba esta mañana fría, de repente volvieron a mi mente otras mañanas frías, de los años ochenta… Eran a eso de las siete, en el patio de la escuela secundaria, cuando aún de noche la secretaria ponía un disco viejo que nos ayudaba a cantar “Aurora” para subir la bandera. Me parece oír la púa cayendo violentamente en el vinilo, culpa de la mano helada, el refrito del inicio y luego: "Alta en el cielo..." Después la oración, y cuando parecía que todo acababa llegaba el grito atronador del Padre Erdocia: “¡HOMBRES SIN FE Y SIN PATRIA!
¿Por qué semejante sentencia sacerdotal, que anunciaba futuros apocalipsis? Porque los que estábamos en el fondo, somnolientos, no habíamos cantado ni rezado…
Pero la reprimenda no pasaba de ahí, y luego subíamos al aula a esperar que entre clase y clase ocurriese de todo: juegos de naipes, manutención del altar pagano que crecía en el fondo del aula encabezado por nuestra Santísima Trinidad: Perón, Gardel y El Che (no notábamos algunas incompatibilidades menores) cigarrillos en los baños y relatos aumentados y hasta falsificados de ciertos encuentros amorosos.
En ese micromundo no sabíamos todo lo que ocurría afuera, con los militares en el poder…
Nosotros nos concentrábamos en Led Zeppelin y Lobsang Rampa, y pensábamos que la revolución era posible…
De todo eso me acordaba vagamente mientras hacía el nudo de mi corbata esta mañana fría, pero lo que permanece en mi memoria y en mi corazón sin alteraciones ni olvidos, es esa voz digna de un profeta bíblico, que por única vez en el día se dirigía hacia nosotros, y sin represalias posteriores rugía inapelable: “¡HOMBRES SIN FE Y SIN PATRIA!"

domingo, 13 de abril de 2008

El Vietnamita de Chinatown

Me dí cuenta que no me tomarían en serio en Nueva York, cuando en el pequeño bus del aeropuerto La Guardia el chofer, luego de dejar a los distinguidos huéspedes del Waldorf Astoria y el Sheraton y ser yo su último pasajero, se sintió liberado, encendió primero la radio a todo volumen y al ritmo de rap, y luego un cigarrillo que me convidó, para continuar un largo y trabado viaje por Manhattan Sur, hasta que se frenó de golpe y me dijo que llegamos. Le pregunté si estaba seguro porque no veía ningún hotel, y él insistió que sí, que aquel era mi hotel. Mi hotel era una puertita insignificante, con un portero eléctrico que se abrió enigmáticamente y dio paso a una escalera que me hizo acordar al último piso de la película “¿Quieres ser John Malkovich? Ese piso donde había que agacharse. También me recordaba las obras de aquel pintor que dibuja escaleras torcidas, que marean, no recuerdo su nombre, o un tipo que ve reflejado su rostro en una bola de cristal…
El asunto es que llegué al hostel demasiado temprano, y tenía que esperar, pero me dijeron que no había problema en dejar la valija en el subsuelo, y allí dejé la mía. Cuando ví la montaña de maletas sin número que las identifique, tomé mi pasaporte y me despedí de mis futuras ex pertenencias, convencido de que jamás las volvería a ver.
Y así fue que salí dispuesto a defender los escasos dólares recibidos en pacto leonino a cambio de muchísimos pesos, y con mi estómago anhelante, me fui directo a por Pequeña Italia. Mi imaginación demandaba una mesa en la vereda, sin importar que fuera enero, un mantel a cuadros rojos y blancos, unos fuccile y chianti, y una canzonetta de fondo…¿Aparecería Tony Soprano?
Pero la realidad es que Little Italy había perdido la batalla, y los vencedores eran los chinos, que reinan en toda la zona: escuelas chinas, mercados chinos, restoranes chinos, todo chino. Así es que desistí de mi primera idea y me puse a buscar donde comer, eran las dos de la tarde y estaba muerto de hambre…
Entonces lo ví. Era un restaurante angosto, a la calle sólo la puerta y una pequeña ventana. Pero estaba lleno. Eso y los precios de la cartelera me convencieron a entrar.
Cuando lo hice, un amable vietnamita me preguntó si estaba solo. Le dije que sí, y me dijo que tendría que esperar un buen rato, a no ser que….La verdad es que no le comprendí. Imaginen que era un vietnamita hablándole en un pésimo inglés a un argentino que lo hablaba peor. El asunto es que contesté que sí, con la convicción de quien todo lo ignora. Me dijo que lo acompañara, atravesamos el salón, y al final, una cortina disimulaba un pasillo oscuro. Seguimos y me encontré con un salón más pequeño que el primero, donde había sólo una gran mesa redonda con orientales que comían en silencio. Cuando vi el cuadro me quedé helado. Solo, el primer día en una ciudad desconocida, en el salón de atrás de un restaurante vietnamita, rodeado de corteses hombres de oriente que inclinaron sus cabezas al verme entrar, mientras comían solos también, y obviamente con palitos.
Me inquietó pensar en la irrupción de mafias rivales, como la china (sabía que la vietnamita no es precisamente samaritana) ¿qué haría un porteño en esa situación? ¿Y la mafia japonesa? ¿Que haría un hombre de la pampa, yakuza? Pero nada de eso ocurrió. Fui al baño y me lavé la cara, mientras deliberaba nervioso si me quedaba o me iba. No lo tenía decidido cuando volví a la mesa compartida, pero ahí me esperaba el mismo amable vietnamita que me recibió, preocupado porque me había perdido de vista. Me dejó dos cartas para que eligiera mi comida, lo cual me resultó un enigma indescifrable, porque ambas tenían el mismo menú. ¿Será que tienen precios distintos según sea almuerzo o cena? No pude descifrarlo y escogí entonces arroz con frutos de mar, y cuando las cerré me di cuenta de la diferencia. Una tenía tapa verde, y la otra roja. Ahí recordé lo que alguna vez me habían dicho de la comida vietnamita, que es tan sabrosa como picante, y me encomendé al hada Au Co...
Por supuesto que le había marcado la del menú rojo, y al rato mi anfitrión volvió con un plato de arroz con abundante cantidad de mariscos. Cavilé un rato y me incliné por los cubiertos occidentales: uno no debe intentar ser lo que no es, me dije…
¡Y fue una fiesta! Es verdad que la segunda cerveza la pedí de inmediato, pero aún recuerdo esos sabores únicos, picantes, irrepetibles…La cuenta fue de veinticinco dólares, no crucé palabra alguna con mis compañeros de mesa, y jamás volvería a comer por esa suma en los tres días que pasé en Nueva York...
Al irme de esa ciudad fantástica contraté el mismo servicio de combis, y oh sorpresa… Me vino a buscar el mismo caballero de la ida, quien llegó con un cigarrillo en la boca, sonriente, con su rap a todo volumen, hasta que llegamos al Waldorf Astoria. Allí recuperó la compostura, y siguió el camino hasta La Guardia silencioso y recatado.
Por cierto…a mi valija no le faltó nada…
¡Jamás olvidaré ese viaje!

domingo, 6 de abril de 2008

¿Adónde queda Buenos Aires?


Buenos Aires no queda en Florida, ni en Lavalle, ni en Caminito, ni en Puerto Madero.
Puede que quede en Corrientes. Pero seguro que queda en la avenida Sáenz. En el ghetto de Paso, de Boulogne Sur Mer. En el Barrio Chino de Arribeños. En Jean Jaurés y los despojos de la casa de Carlitos. En la avenida Riestra o en J. B. Alberdi al fondo. También en Barrio Parque, pero no en el Faena. En Vieytes o en cualquier lugar que no toque el bendito negocio del turismo, con bailarines disfrazados de malevos.
Don Turista, camine la ciudad buscando lugares por descubrir. Porque sepa que en el Tortoni o en el Café de los Angelitos hay turistas como Ud. Siga buscando. Revuelva. ¡Salte la tranquera y escápese del cuadrado Corrientes-Carlos Pellegrini-Córdoba-Alem!
Buenos Aires queda en los barrios alejados, donde se duerme siesta. Donde se baldea. Como en el Palermo prehollywood, presoho. Ahora puede comprar allí la misma ropa que en Nueva York...
Busque don Turista, que por ahí encuentra restaurantes top como “La Viña del Abasto” o “Villa Real” Vaya a la Bombonera que es linda, pero si tiene aguante no haga el barrabrava tour, véase un Chicago-All Boys o algún otro parecido. Otra que Kosovo…
De San Telmo olvídese, no queda nada. El último argentino que vivió allá era de la Mazorca. Apenas la hija de Pirilo resiste con sus porciones de pizza de parado. Busque por las laterales de Flores, pero no espere tango en ningún lado (por ahí tiene suerte y aparece solo) Se encontrará sí con cafishios, mendigos, vendedores, pungas, oficinistas, amas de casa… Piérdase un rato en Parque Chas, y asómbrese de ver a Londres, Cádiz, Berlín y Berna todas juntas, más cerca que en Europa.
Pregunte por las Mil Casitas de Liniers o el Barrio Inglés de Emilio Mitre. ¿Quiere conocer Bolivia? Está en José León Suárez y Ramón Falcón. El micro descapotado no llegará allí...
No todos los lugares que le digo son lindos, pero son "autótonos" ¿vio? Si hasta las protestas callejeras ahora tienen city tour...
Es que una ciudad es su gente. Y entonces, cuando vuelva a Chicago o a Madrid, a Bogotá o a Santiago, podrá decirle a los suyos que vio de primera mano y sin guías ni traductores, a la ciudad que alberga a esos raros bichos, portadores de egos tan grandes como sus corazones; deudores de su gentilicio al “lugar dispuesto para el atraque y seguridad de las naves” que nunca vieron: LOS PORTEÑOS
.

sábado, 5 de abril de 2008

Viernes en la city




Los viernes en Buenos Aires son un infierno…
Embotellamientos en todas las calles, gente que viene y que va desesperada por volver a sus casas…
El también venía apurado. Llegaba a tarde a la reunión en la oficina de siempre y no quería perder dinero en ese negocio por nada del mundo. Odiaba perder, y si era dinero, peor todavía. Ninguna suma le parecía suficiente para no ganarla, aunque tuviera mucho. El tránsito era imposible y hacía mucho calor. Estaba a punto de llegar, sólo faltaba doblar a la izquierda, pero justo sonó su celular, y al atender se distrajo. Cuando volvió a mirar a la calle, se perdió. No recordaba si había doblado o no, y encima no aparecía ningún cartel que le señalase cual era la calle por la que iba.
El tránsito seguía trabado, y él increíblemente no podía ubicarse. Instintivamente volvió a doblar y se desorientó más aún.
¿Cómo puede ser que me pierda estando tan cerca?
De repente apareció un estacionamiento que nunca había visto. Supuso que era nuevo.
Se construye tanto últimamente. Ya no conozco a mi ciudad…
Mientras estaba entrando y un empleado murmuraba que se dirigiera al cuarto subsuelo, sonó por enésima vez el celular y se distrajo nuevamente.
¿El tipo me llamó por mi nombre? Juraría que me dijo Dante…
Cuando llegó al cuarto subsuelo, notó algo extraño, pero no podía determinar qué era…Se bajó del auto y empezó a buscar la salida. No aparecía. Finalmente encontró un largo pasillo que terminaba en una puerta. Caminó lentamente hacia allí. Junto a la puerta estaba el mismo sujeto de la entrada, y ahora sí que lo oyó claramente cuando le dijo
¡Pase, Dante!
Detrás había una cortina. Más adelante, estaba muy oscuro y escuchaba voces conocidas. Gritos. Sintió terror pánico. Quiso volver pero no encontró la puerta. Al final de ese lugar había una escalera descendiente y aunque estaba oscuro, entre formas indescriptibles creyó reconocer al empleado de siempre diciéndole
¡Venga Dante, acompáñeme por aquí !
Los viernes en Buenos Aires son un infierno