martes, 30 de junio de 2009

Esos amores livianos

Esos amores livianos
que nunca levantan vuelo
Lo cual me resulta muy extraño
siendo como son (livianos)

Tal vez una llamada
Quizás una salida
Prohibido “necesitos
(mucho menos sugerirlos)
No se puede contar con ese amor
charla escasa, pelis nuevas
y miradas que se escurren
a otras mesas
otros ojos.

Y si pinta la ocasión
Un encuentro de caricias en lo oscuro,
sin te amos ni te quieros
por supuesto, con condón.

Es que uno nunca sabe
Qué hacen esos amores livianos
Cuando se van.

viernes, 26 de junio de 2009

Llega el Mudo a ADN: ¡TANGO!




Damas y Caballeros, ¡atención!
Es que está llegando el Maestro. Nos puede gustar algún cantor más que otro, pero Carlos Romualdo Gardel es como la "vieja": ¡no se puede hablar mal de él!
Aunque claro, como hay quien no quiere a su madre, también está el que no acepta a Gardel. Pero es difícil de entender. Ya conocemos los grandes éxitos del Zorzal, otro día hablaremos de él. Hoy nos detendremos en dos tangos que hablan de la ropa. Es que la "pilcha" es muy importante en la milonga. Y si la pobreza impera como en aquellos tiempos, mejor camuflarla. Al fin y al cabo con la indumentaria es la primera señal que damos sobre nuestra "situación" .

Aclaración: no me refiero a la milonga como estilo musical campero, sino a los lugares donde se baila tango, la otra acepción posible de la palabra. ¿Cómo se empilchaban los milongueros en los duros años treinta? Veamos:

"Viejo Smoking" (de Barbieri y Flores, 1.930)

"Campaneá cómo el cotorro
va quedando despoblado,
todo el lujo es la catrera
compadreando sin colchón.
Y mirá este pobre mozo
cómo ha perdido el estado,
amargado, pobre y flaco
como perro de botón.
Poco a poco ya se ha ido
de cabeza pa'l empeño,
se dio juego de pileta
y hubo que echarse a nadar.
Sólo vos te vas salvando,
porque pa' mí sos un sueño
del que quiera Dios que nunca
me vengan a despertar.

Viejo smoking de los tiempos
en que yo también tallaba,
cuánta papusa garaba
en tu solapa lloró.
Solapa que por su brillo
parece que encandilaba
y que donde iba sentaba
mi fama de gigoló.

Yo no siento la tristeza
de saberme derrotado
y no me amarga el recuerdo
de mi pasado esplendor.
No me arrepiento del vento
ni los años que he tirado,
pero lloro al verme solo,
sin amigos, sin amor.

Sin una mano que venga
a llevarme una parada,
sin una mujer que alegre
el resto de mi vivir...
Vas a ver que un día de éstos
te voy a poner de almohada
y tirao en la catrera
me voy a dejar morir...


Viejo smoking, cuántas veces
la milonguera más papa
el brillo de tu solapa
de estuque y carmín manchó.
Y en mis desplantes de guapo,
cuántos llantos te mojaron,
cuántos taitas envidiaron
mi fama de gigoló"



¿Qué tenemos aquí? El protagonista ha tenido tiempos mejores. Ahora se está desprendiendo de todas sus cosas y le cuenta a alguien: "campaneá como el cotorro (departamento) va quedando despoblado" está tan mal que incluso la cama (catrera) no tiene colchón. Pasa el trance con amargura... ¿Y a quién le hablará el atribulado protagonista? ¡A su smoking! le dice que sólo él se está salvando del desastre...Es el momento de recordar como en un sueño, los años dorados de este caballero en decadencia, donde no había mujer que se le resistiera...Pero el hombre no se arrepiente ni se siente mal por su derrota. Lo que le falta es cariño. Por eso, dramáticamente le dice al smoking que lo va a usar de almohada y se va a dejar morir... En aquella época, creo que más que ahora, la ropa permitía disimular las diferencias entre ricos y pobres: cualquier "tirado", con un smoking, se sentía un tipo importante...
¿Y ellas?
Aquel tapado de armiño ( Delfino y Romero, 1.929)

"Aquel tapado de armiño,
todo forrado en lamé,
que tu cuerpito abrigaba
al salir del cabaret.
Cuando pasaste a mi lado,
prendida a aquel gigoló,
aquel tapado de armiño
¡cuánta pena me causó!

¿Te acordás?, era el momento
culminante del cariño;
me encontraba yo sin vento,
vos amabas el armiño.
Cuántas veces tiritando,
los dos junto a la vidriera,
me decías suspirando:
¡Ay, amor, si vos pudieras!
Y yo con mil sacrificios
te lo pude al fin comprar,
mangué a amigos y usureros
y estuve un mes sin fumar.

Aquel tapado de armiño
todo forrado en lamé,
que tu cuerpito abrigaba
al salir del cabaret.
Me resultó, al fin y al cabo,
más durable que tu amor:
el tapado lo estoy pagando
y tu amor ya se apagó"



Acá también tenemos una "pilcha" costosa: un tapado de piel, más caro que el visón. Pero en este caso, el hombre nunca tuvo dinero, e hizo de todo para poder cumplir el deseo de su amada. Quien podría resistir un "...ay amor, si vos pudieras!" El tipo, no. Y se embarcó en situaciones angustiosas para comprárselo. ¿Y qué ocurrió? ¡rompieron al poco tiempo! Y encima la vio pasar de la mano de otro... ¡con el tapado puesto!



Lo que me gusta de los elegidos del día:
Ambos tangos son de la época de la Gran Depresión. Pareciera que la miseria es aceptada, pero no en el vestir. Cualquier sacrificio es válido para mejorar la pilcha y generar una falsa ilusión de bienestar. Me gusta lo que me hace reír: "Y mirá este pobre mozo cómo ha perdido el estado, amargado, pobre y flaco como perro de botón" ¡es cierto! los perros de policía no son felices... Y que la fama de gigoló estuviera afirmada en el smoking y no quien lo lleva, me encanta. Fetichismo extremo probablemente el de esta letra, pero es el triste reconocimiento de que uno puede ser solamente la ropa que viste. Terrible, cruel verdad, pero la vemos a diario. Y si no, reparemos en la actitud de los uniformados, cualquiera sea el uniforme que llevan...



Y del tapado me gusta: "Me resultó, al fin y al cabo, más durable que tu amor: el tapado lo estoy pagando y tu amor ya se apagó" ¿Nunca les pasó? Uno le compra algo costoso a la persona que ama. No está muy seguro del regalo, porque el precio es casi inaccesible. Luego viene la ruptura, y el amargo recuerdo se hace presente....El amor se terminó pero las cuotas del tapado, todavía no... ¿Y los sacrificios? Le pidió (mangó) a amigos, y cuando se le terminaron, no dudó en recurrir a usureros. Y como no alcanzaba, el sacrificio extremo: ¡¡¡un mes sin fumar!!! Cualquiera que fume sabe lo que ha sufrido este hombre...(aunque me da a pensar que el tabaco era más caro en esos tiempos) pero un poco merecido lo tiene. Yo creo que el tapado lo hacía sentir mejor a él. No fue todo obra de ella, lo vestía a él también.



Varios clásicos del género se dan en estos tangos: los hombres ven al gigoló como un triunfador, como la única manera de salvarse en los tiempos difíciles. Además del provecho económico, la estampa es la forma de enamorar a las mujeres, que bien pueden ser maquiavélicas como la del tapado, o superficiales como las que se enamoraban del smoking, no de su dueño...Menuda opción para las chicas! También está la alusión al tiempo pasado como lo mejor de la vida, claro. Y el sentido del humor para narrar las actuales "desgracias".
En síntesis, tienen todo lo que a nosotros nos gusta del tango. Y claro, los canta El Mudo....¿Lo escuchamos? Tiene que ser como en misa.
¡silencio por favor!





martes, 23 de junio de 2009

La suerte de un cantante


En el subte hay un tipo que es cantante
Lo hace muy mal, sólo tiene tres canciones
Y se ríe todo el tiempo
Me parece que se ríe de la gente somnolienta:
“yo soy libre, ustedes no”
Hace frío y el andén está repleto
Y él se ríe, con su burla es estridente;
hace mucho que lo veo
cuando voy para el trabajo.

Es feriado, bajo al metro con mi hija
y ahí está.
El se ríe y desafina sus canciones
(tres canciones que ensordecen)
Ella frena para verlo y yo me callo
Nada digo de la historia, ya lo observa
Yo no aguanto y le pregunto
Qué? te gusta?
Es gracioso por su risa me contesta
Pero no, canta muy mal
es lapidaria
Suficiente para mí, habló vox dei.

Desde ahora me preparo para hacerlo
Unas pinzas, una bolsa, unas tijeras
Lo que sea pero el próximo feriado
es mi deseo
Que se calle el cantor.

sábado, 20 de junio de 2009

La Menor Idea presenta...ADN: ¡TANGO!



Nos escribe nuestro querido amigo Hermann Burmeister de Villa General Belgrano para preguntarnos:
“Marcelo, Ud. que tanto ama al tango, por qué no nos cuenta a los que sabemos poco cuáles son los que le gustan y por qué?"


La verdad es que el amigo teutón tuvo una Idea Mayor, que por supuesto nos encargaremos de malograr. Pero la haremos igual, porque uno es un amigo de ley, y eso es ser tanguero. Así que de vez en cuando hablaremos de algún tango que nos ha marcado. Contaremos muchas historias de amor. No nos privaremos de ninguno de los tópicos de nuestra música, así que modernos y feministas abstenerse por un rato de las justicieras quejas, porque el tango es machista. Pero no siempre triste, como veremos. Tiene un sentido del humor oculto unas veces, feroz otras, que nos gusta mucho, muchísimo. ¿Que el universo tanguero muchas veces está errado? En efecto. El Imperio Romano también lo estaba y sin embargo duró casi dos mil años. El tango, les aviso compañeros, durará más…
Eso sí: resistiremos la tentación de hablar sobre los diez tangos más conocidos, porque creemos en esta casa que habiendo tantos y tan hermosos, a ellos hay que dejarlos descansar, al menos veinte años: Volver, Caminito, El día que me quieras, Naranjo en Flor, Mi Buenos Aires querido, por ejemplo, serán respetuosamente omitidos en esta recordación. Buscaremos caminos menos transitados...

Señoras y Señores, a lo nuestro.

Hoy presentamos: “Tres puntos” (Milonga con Letra de Luis Alposta y música de Edmundo Rivero)


Era lungo y delgado como alambre;
siempre de traje azul y portafolio;
con un pibe mordido por la polio,
una mujer histérica y el hambre.

Yugaba como un buey
y su desgracia,
reflejada en el brillo de su traje,
la arrastraba al volver del corretaje
para dejar la guita en la farmacia.

Lo que pasó después fue inesperado.
Un domingo a la noche, ya cansado,
decidió que espicharan los tres
juntos.

Le dio manija al gas, cerró con llave...
y en la mesa quedó como una clave
la boleta del Prode con tres puntos.

¿Qué ha sucedido aquí? Nuestro alto ("lungo") protagonista está en graves problemas. Tiene un solo traje y trabaja mucho (“yugaba como un buey”) La familia es difícil: un niño enfermo ("mordido por la polio") y una mujer histérica. En la casa, reina el hambre…Este señor es corredor de comercio, una especie de viajante diría yo, y el poco dinero ("guita") que gana, termina para remedios en la farmacia. ¿Quién puede vivir así? El hombre dijo basta y un domingo a la noche (nótese el momento elegido) decide la muerte ("espiche") de la familia entera. ¿De qué manera? Abriendo la llave de gas ("le dio manija")
Ya se acerca el final de antología, la clave que explicará todo. Antiguamente en Argentina había un juego llamado “Prode” (pronósticos deportivos) que consistía en acertar el resultado de trece partidos de fútbol, lo cual era harto difícil. Los premios eran millonarios. Normalmente el número promedio de aciertos era entre seis y nueve puntos. Si se tenía un poco más de suerte y conocimientos se podían sacar diez u once, por ejemplo. Ahora lo que resultaba tan difícil como sacar trece, doce u once puntos, era no sacar ninguno, o muy poquitos. Ni a propósito se podía conseguir. Y sacar dos o tres puntos era vergonzante. El momento del protagonista es el siguiente: harto de trabajar como un buey para que sólo le alcance para remedios, muerto de hambre, decide pedirle ayuda a la suerte y juega al prode. Es domingo a la tarde, momento en que cualquier mortal se plantea ciertas angustias metafísicas. También es la hora en que terminan los partidos de fútbol. El hombre viene angustiado, pero aún tiene una esperanza, la boleta de prode que jugó…Y el destino lo premia con…¡tres puntos! Entonces, impotente, le da manija al gas…


Es tétrico, ok. Pero a mí, esa fatalidad inconmensurable me parece fascinante y…si no hay un sentido del humor en el sótano de la historia, en la manera que la cuenta, que me fusilen. Sí, es un poquito ácido, al pobre tipo le pasa de todo, no debiéramos reírnos de semejante drama...
Y ahora, si les resultó interesante la historia, pueden escucharla. Para ello los dejo con Edmundo Rivero, autor de la música, cantando la milonga. ¿Les parecía la letra insuperablemente dramática? Porque no escucharon todavía la versión del “Feo” (que agrega "orillando el velatorio" en lugar de "mordido por la polio")…que la disfruten!










Notas del Editor
Lamentablemente el musicalizador que auspicia este blog, se empecina en almacenar pocos tangos. Ya hemos elevado la queja correspondiente a Mr. John Patrick Mc Enroe, quien desde su penthouse de Manhattan nos asegura que se está abocando a la solución del problema.
El análisis de la milonga corre por exclusiva cuenta de La Menor Idea. Cualquier error interpretativo o de otra naturaleza que algún lector detecte, le agradeceremos que nos los haga saber, aunque se trate de una mera diferencia de opinión.
Aceptamos todo tipo de interrogantes; y si está a nuestro alcance, lo responderemos. Excepto uno: si alguien pregunta por qué le decían a Rivero “El feo” nos negaremos terminantemente a responder (y eso que nos esmeramos en buscar una foto que no lo desfavoreciera demasiado)
Muchas gracias

jueves, 18 de junio de 2009

Periplo de Rayuela (II)


Respondiendo a una orden directa del Hurgador de Libros, un equipo de La Menor Idea se dirigió a la escuela de cuya biblioteca partió con fecha incierta el ejemplar de "Rayuela", para proceder a su devolución (los que no conozcan la primera parte de la historia, por favor leer primero la entrada anterior)
Fuimos recibidos por la Dirección del establecimiento educativo, quien con sorpresa escuchó la historia. En primer lugar diremos que la sorpresa fue recíproca, porque insistieron en que el Hurgador se quedara con el ejemplar, a lo que nos opusimos, anticipándonos a la proverbial tozudez de nuestro mandante. Tampoco accedimos a demorar la entrega del ejemplar hasta que fuera leído. Simplemente notificamos que había un pedido expreso que la escuela debía cumplir como condición sine qua non: investigar en los archivos de la biblioteca cualquier dato que pudiera subsistir sobre el libro recuperado, lo que fue aceptado entre agradecimientos. Así que la Srta. Bárbara, la bibliotecaria, tiene un trabajo que cumplir, o caerá sobre ella la ira del Hurgador de Libros. Una vez terminada la tarea rendimos cuentas de la gestión encomendada, reconviniendo al Hurgador por su pertinaz negativa a negociar cualquier otra salida que la indicada, ya que aún podía revisar dicha actitud, atendiendo a la amabilidad del personal de la institución educativa. Por ejemplo podría retirar él en primer término el volumen recuperado, leerlo y devolverlo. La furia del Hurgador se desató sobre nosotros. Es que ya tiene previsto la continuación de la historia: el próximo sábado se apersonará en el mismo puesto de libros y desafiará la memoria de la misma librera para comprobar si recuerda los hechos ocurridos la semana anterior: alguien querrá saber si tiene "Rayuela" de Cortázar, pero la edición que tiene una rayuela dibujada en la etapa. Y si la tiene, el Hurgador verificará que contenga la famosa página del capítulo 7 de la que nos diera cuenta Susana en la entrada anterior, y procederá a comprarla nuevamente. Así, cree el Hurgador que el círculo se cierra definitivamente. Los mantendremos al tanto de las novedades.

domingo, 14 de junio de 2009

Periplo de Rayuela




El Hurgador de Libros estaba en la feria del Parque Centenario haciendo su trabajo. Cuando encontró sin buscar “Papeles de Macedonio Fernández” se alegró, y si bien la tarea estaba cumplida, no pudo resistir la tentación de continuar merodeando en el puesto. Le gustaba la memoria de la vendedora que respondía de inmediato si tenía o no los libros que los visitantes le requerían, sin consultar listas ni pilas de volúmenes. El Hurgador ya se aprestaba a comprar el libro encontrado, y en eso llega una señora y pregunta por “Rayuela”, de Julio Cortázar. Pero no buscaba cualquier edición. Ella quería la que tiene el dibujo de una rayuela en la tapa. Al Hurgador le gustó ese interés específico y escuchó cuando la señora le explicaba a la vendedora que era un pedido de su hija. La librera le dijo que sí lo tenía y en un segundo lo puso frente a sus ojos. El ejemplar le pareció hermoso al Hurgador de Libros. Castigado por el tiempo, pero digno. Y el interés de la madre por cumplir el deseo de su hija, estimulante. Historia cerrada con final feliz, pensó. Pero la interesada frunció el ceño. Preguntó si no le faltaría alguna página. Le pareció muy viejo. Desconfió. La vendedora le dijo que tenía otras ediciones más modernas. Incluso tenía uno nuevo, impecable, envuelto en celofán. Ahora la madre tenía tres Rayuelas ante sus ojos morosos, de distintos tamaños y colores. La “Rayuela” con la rayuela en la tapa se había empequeñecido. La señora insistía en que su hija quería ese, pero no estaba convencida. Para peor, la vendedora suspiró por la cantidad de personas que habrían leído ese volumen, y en lugar de acercar el interés de aquella, lo alejó. Como era la primera caseta de la fila, la señora decidió caminar un poco más. A esta altura es menester aclarar que al Hurgador de Libros no le gustó su desconfianza. Nunca entendió bien por qué hay personas que buscan algo y cuando lo tienen frente a sus ojos, automáticamente se pierden en una especie de marasmo. Puede comprender eso ante la posesión de la cosa, como el juguete que un niño abandona luego de interminables aventuras. Lo que no se explica El Hurgador es la inmediata insatisfacción ante la mera visualización de lo deseado. Y esa actitud provocó su propio interés. Cuando la compradora comenzó a dar vueltas, su boca se empezó a llenar de agua, sus rasgos se endurecieron. Mutó de Hurgador a Cazador. Ni bien giró la interesada hacia el puesto siguiente, indagó por los principios morales de la vendedora, que como todos sabemos, están completamente ausentes en el decálogo del arte de la compraventa. El ejemplar de Macedonio (124 páginas) salía quince pesos, que sumados a los increíbles diecisiete de Rayuela daban treinta y dos. El Hurgador, con prisa, puso cuatro billetes de diez ante los ojos de la vendedora, que no tenía problemas de moral, pero sí de cambio. Con el rabillo del ojo izquierdo El Hurgador notó que la madre ya volvía, decidida a confirmar la venta. Era menester liquidar la operación de inmediato, entonces sumó un tercer volumen (La Risa, de Bergson, que salía diez) no sin antes regatear dos pesitos para redondear los cuarenta. Se cruzó con la madre y le sonrió con cierta malicia porque sabía que la desazón se apoderaría de ella tres pasos más adelante. Pudo sentir el índice vengativo de la vendedora señalando a su espalda quien acababa de llevarse la “Rayuela” de su hija. Apuró el paso y cruzó el Parque Centenario, pero no podía esperar más para revisar su botín. Se detuvo en un banco y empezó a observar los libros. Entonces una pena anuló su felicidad pueril: en la página 435 de Rayuela había un sello borroso, pero que El Hurgador alcanzó a descifrar:

“Instituto...................- Incorporado a la Enseñanza Oficial”

Comprendió de inmediato que el libro, hacía muchísimo tiempo, había sido robado de la biblioteca de una escuela. Entendió también que eso, tarde o temprano, lo llevaría a devolver el libro al lugar de donde no debió salir. Alentó una última esperanza, porque era un colegio privado: tal vez no existiera más, con los vaivenes de la educación argentina. Lo buscó y allí sigue, en el barrio de Flores. Le queda al Hurgador de Libros decidir si lo va a devolver antes o después de leerlo. Siempre tuvo una deuda con Cortázar, al cual leyó y apreció bastante, pero no lo suficiente para amarlo sin reservas, como sabe que se merece el querido Julio. Y siendo que le faltaba su novela principal, era un acto de justicia leerla. Seguía cavilando desilusionado cuando lo comprendió. Todo lo que acababa de vivir había ocurrido para que se produjera un acto de justicia poética. Haber estado en ese puesto de libros viejos, admirando la memoria de la vendedora; escuchar la tierna historia de la madre preocupada pero dubitativa; su pequeño acto de maldad depredadora: todo eso había ocurrido simplemente para que El Hurgador repusiera el libro al lugar que le pertenece y que había perdido por décadas. La biblioteca de una escuela, donde seguramente, quiere creer El Hurgador, aún se juega a la rayuela.
//

"Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos" Julio Cortázar (en la edición de Rayuela que tengo efímeramente, lo dice en la página 15)

sábado, 13 de junio de 2009

En la administración



El Sr. K estaba feliz por haber terminado su trámite, pero se perdió en las escaleras de la inmensa oficina estatal. Los empleados estaban trabajando, cada uno en su escritorio, con las miradas fijas en los ordenados papeles. El Sr. K. no se atrevía a interrumpirlos, y comenzó a deambular por los corredores oscuros buscando la salida. En determinado momento le pareció que estaba andando en círculos, cuadrados por supuesto, como los pasillos de todas las reparticiones. Lo que notó fue que los empleados iban desapareciendo de las estructuras modulares, pero para su sorpresa, se esfumaban sin poder acertar por dónde, porque en ese caso los hubiera seguido. La noche lo tapaba todo. Cuando el miedo comenzó su invasión, se detuvo en la máquina del agua. Las burbujas gigantes se elevaban por el botellón invertido y el sordo borbotón lo tranquilizó. El agua fresca fue un bálsamo para su boca seca. Entonces vio al sujeto que leía en la penumbra de una Sala de Espera.

-Disculpe caballero ¿Me podría indicar la salida?


Y el hombre replicó:

“Zeus no podría desatar las redes

de piedra que me cercan. He olvidado

los hombres que antes fui; sigo el odiado

camino de monótonas paredes

que es mi destino. Rectas galerías

que se curvan en círculos secretos

al cabo de los años. Parapetos

que ha agrietado la usura de los días.

En el pálido polvo he descifrado

rastros que temo. El aire me ha traído

en las cóncavas tardes un bramido

o el eco de un bramido desolado.

Sé que en la sombra hay Otro, cuya suerte

es fatigar las largas soledades

que tejen y destejen este Hades

y ansiar mi sangre y devorar mi muerte.

Nos buscamos los dos. Ojalá fuera

éste el último día de la espera”

La garganta del Sr. K se secó nuevamente. Miró a su alrededor para asegurarse que el sujeto le hubiera hablado a él…

- Perdone si lo interrumpí, sólo quiero saber cómo salgo de aquí…

“No habrá nunca una puerta. Estás adentro

y el alcázar abarca el universo

y no tiene ni anverso ni reverso

ni externo muro ni secreto centro.

No esperes que el rigor de tu camino

que tercamente se bifurca en otro,

que tercamente se bifurca en otro,

tendrá fin. Es de hierro tu destino

como tu juez. No aguardes la embestida

del toro que es un hombre y cuya extraña

forma plural da horror a la maraña

de interminable piedra entretejida.

No existe. Nada esperes. Ni siquiera

en el negro crepúsculo la fiera."



El Sr. K., se sentó, agobiado. El sujeto le hablaba a él, y sintió que con él, le hablaba el universo, y repitió lo que le había dicho: "No esperes que el rigor de tu camino, que tercamente se bifurca en otro, que tercamente se bifurca en otro, tendrá fin. Es de hierro tu destino" Decidió acostarse en las butacas de la Sala de Espera. El hombre seguía leyendo, ajeno a él, a la Oficina, a la noche fría. Pero no al Universo. Pensó que dormir no sería una mala elección. A lo sumo, vendría un guardia y lo echaría a la calle. Mientras tanto, el hombre seguía leyendo, ahora con la ayuda de la luz de la luna y la de un cigarrillo, al lado del cartel que, en vano, prohibía fumar.

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Las poesías "El Laberinto" y "Laberinto" son de Jorge Luis Borges

viernes, 12 de junio de 2009

Caballos salvajes




Sueño con caballos salvajes
paciendo por los llanos
del norte o del oeste
de la tierra sin alambres;
sin monturas sin aperos
sin jinetes
ni desfiles militares

Dueños de su tiempo
Orgullosos invictos
Sin carreras sin espuelas.

Detrás de las pupilas apagadas
del caballo viejo
Que recoge las miserias
frente al carro del paupérrimo
Veo el alma victoriosa
que resiste que recuerda
los inmemoriales tiempos
no vividos
De la libertad.
//
//

martes, 9 de junio de 2009

Fue primicia de "La Menor Idea": Kafka no era kafkiano (al menos, no todo el tiempo)




Los especialistas en análisis literario de LMI lo vienen sosteniendo en las entradas del Sr. K y desde antes también: Don Francisco podía ser simpático, mujeriego y juerguista, y sus escritos no. Sin embargo pasó a la historia como un personaje sufrido, solitario y torturado. Siguiendo con la sección "recomendados no vistos por el recomendador", les vamos a sugerir un libro que aún no hemos leído, aunque en este caso nos salva el hecho de no haber llegado a nuestras librerías: "Cuando Kafka vino hacia mi" (Acantilado), que recoge 45 testimonios de personas que conocieron a uno de los grandes, pero grandes de la literatura de todos los tiempos. Repasemos qué dicen algunos según nos ilustra Xavi Ayen del diario La Vanguardia:
"¿Kafka? ¡Sí, hombre, el señor aquel con que me fui de juerga!" "Era mi antiguo novio" "Qué hombre más guapo, alto y con aquellos ojos grises!" "Hum, llegaba siempre 15 minutos tarde al trabajo en la compañía de seguros"
Hans-Gerd Koch, el editor de esta obra, dice que fue el primero en darse cuenta que los testimonios recogidos chocaban con "la imagen estereotipada de un Kafka introvertido, que sufría por sus circunstancias vitales, místico, visionario de un mundo dominado por oscuras, absurdas y anónimas burocracias" Aunque hay algún testimonio así, muchos también lo destacan como un tipo alegre, vital y seductor. Sí es cierto que el tipo no soltaba un manuscrito hasta que no lo consideraba perfecto. Sigamos con las aventuras de Don Franz: su hermana se quejaba de que "de vez en cuando se escapaba para irse a vivir con alguna mujer" le gustaba jugar con los niños en la plaza y eso sí, nadie en la oficina sabía que escribía... "no era un hombre introvertido. en sociedad se mostraba alegre y divertido, siempre con un juego de palabras a mano, fuera en alemán o en checo"..."qué es lo que eres, querido, siempre tan guapo y con una sonrisa? la suya era una sonrisa especialmente hermosa" Así que estimado lector, ya lo sabe. En esta casa nos gusta mucho Kafka, alegre o triste. Particularmente creemos que era todo a la vez: sórdido, simpático, sufrido, divertido, torturado y amable.

Y por sobre todas las cosas, nos gusta imaginarlo a don Franz riéndose mientras escribía sus universos kafkianos, anticipándose a la perplejidad y vacío que pudiera provocar en sus lectores...


Fuente:http://www.lavanguardia.es/cultura/noticias/20090608/53718944067/un-nuevo-libro-sobre-kafka-rompe-con-su-imagen-torturada.html

domingo, 7 de junio de 2009

En la sala de espera

El Sr. K. estaba en la sala, aguardando su turno con el Doctor. Estaba solo porque era el último paciente del día y la secretaria ya se había marchado. Mientras leía distraído una revista, se cortó la luz. El Sr. K. se quedó quieto, esperando que algo sucediera; que volviese la luz, que apareciera alguien. Pero nada de eso ocurría. Luego de unos minutos en total oscuridad y donde sólo escuchaba su propia respiración, el Sr. K., tanto como para demostrarse iniciativa, se levantó. Trató de avanzar un poco pero tropezó con la mesita de las revistas, y al caer se desorientó. Era la primera vez que iba a ese consultorio, y no recordaba bien las formas de la sala de espera. Se sentó en el piso, y se preguntó cómo podía ser que nadie apareciese. Como mínimo esperaba la llegada del médico o del paciente que tendría que estar atendiendo en ese momento, si es que lo había, y nada. El tiempo pasaba y murmuró un auxilio, pero le dio vergüenza y se calló. Comenzó a gatear, buscando el escritorio de la secretaria. En los cajones tal vez tuviera una linterna. Palpando, empezó a moverse, mientras sentía que el miedo y la transpiración comenzaban a esparcirse por su cuerpo. Finalmente halló el escritorio, y empezó a revolver con angustia los cajones. Temía que al hacerlo a ciegas se pudiera lastimar con unas tijeras, por ejemplo. Felizmente tanteó una caja de fósforos. Encendió uno, y allí aparecieron en penumbras, las sillas, las revistas y la mesita que quedó ladeada por su tropiezo. De nuevo se hizo la oscuridad, y prendió otra cerilla. Decidió buscar el consultorio del médico, a quien no conocía aún. Golpeó y solamente encontró silencio. No podía ser que lo hubieran dejado solo, tendría que haber alguien del otro lado. Encendió el tercer fósforo y abrió la puerta. Lo primero que vio fueron las decenas de diplomas en la pared, que reflejaban en el vidrio que los cubría su propia figura, fantasmal. El Doctor era una eminencia. Al costado del escritorio, la biblioteca, repleta de volúmenes especializados. Y detrás del cómodo sillón, acurrucado y con los ojos cerrados, casi en posición fetal, invadido por el pánico, encontró al Doctor. Cuando regresó la luz, el Sr. K. ya había alzado su voz y el médico parecía empezar a reaccionar, dándole las gracias por su ayuda. Ya repuesto, el Doctor lo invitó a sentarse, pero el Sr. K. declinó gentilmente la invitación, aduciendo que su tiempo se había terminado. Es que quería pensarlo mejor. Tal vez el Doctor no fuera el psiquiatra adecuado para atender su problema.
/

sábado, 6 de junio de 2009

Heartbeats

El viento golpea duro en la cara
y moja el alma.
Nadie podría caminar en una tarde como esta
Nadie en su sano juicio.

Nadie camina en un día de lluvia
y viento
sin saber adonde va
a menos que esté loco
o perdido.

Eso me digo yo
que estoy cuerdo
mientras apuro el paso
buscando adonde ir.

Los diamantes son el mejor amigo de la mujer (final)




Era la típica rubia platino: curvas abundantes, zapatos de taco alto y risita ingenua. Pero de ingenua sólo tenía la risa…


- él tiene razón en esto: Agostino está involucrado. Pero no con él. Conmigo. Más o menos desde que mi marido dejó de trabajar para su “grupo”. ¿O por qué se cree que lo dejó ir tan campante? Pero el idiota del Tenso, cuando vio la dirección adonde tenía que llevar la caja, pensó que era para el contador, no para su esposa. Mañana es la boda de la hija del gobernador, que como usted sabrá es muy amigo de Agostino. Y nosotros también estamos invitados. El quiere que luzca los diamantes. Pero ahora Ud. tiene que averiguar quien los dejó allí, por qué y entregarlos. Lo primero acabo de contárselo. Qué piensa hacer con ellos?

Nuestro detective estaba perplejo. Todavía no había conseguido digerir que un tipo que lo ubicó por la guía telefónica le hubiera dejado un millón de dólares en diamantes y cien mil dólares en efectivo para averiguar algo que su esposa le diría una hora después. Y ahora debía decidir qué hacer con las joyas. Pensó en ganar tiempo.


- Dígamelo usted…
- Démelos a mi.
- Y qué haría con ellos? Si los luce en la fiesta tendrá un problema con su marido. Y si no, lo tendrá con Agostino…
- Es verdad, Ud. es muy inteligente. Tenemos un problema, encanto.

Toda la frase le retumbó en la cabeza como un escalofrío. Sabía perfectamente lo que significaba: una invitación. Pero lo que más lo inquietaba es que ella no parecía preocupada por poner en riesgo su matrimonio y su vida. Nadie, pero nadie, le hace un desprecio a Agostino. Ni siquiera una chica platino como ella.


- Voy a hacer unas llamadas. Por favor, espere en la sala contigua.
- O.K., pero me llevo el whisky.

Odiaba tener que caer en las manos del Zurdo, pero no tenía opción. Sabía que solamente él podría chequearle toda la historia, empezando por el contador, siguiendo por el romance y terminando con los diamantes. El Zurdo también hizo un par de llamadas y le dijo que el cuento era verdad.

- Hola, Contador? Le habla el Detective. Tiene Ud. razón. Los diamantes los envió Agostino. Disculpe que se lo diga brutalmente, pero tiene dos opciones. El lado bueno es que Ud. puede escoger. El lado malo es que no pintan muy bien ninguna de las dos. Dígame qué prefiere ser: ¿viudo o cornudo? Porque si mañana su esposa luce los diamantes en la fiesta, su vida y la de ella no corren peligro. No sé como se lleva con las cuestiones del honor y esas estupideces. En cambio si no los luce, o no van, le aseguro que la vida de su chica platino no vale nada. Y si encima Ud. los devuelve, la suya tampoco.

Al rato, el Contador estaba otra vez en la oficina del Detective. Fue a buscar a su esposa, y también a llevarse los diamantes. Estaba serio, pero no furioso. Tal vez fuera miedo, o que se sentía acabado. Tuvo ánimo para pedirle al detective el dinero porque el trabajo no estaba terminado. Ya no tendría que entregar los diamantes, él se ocuparía de eso. Nuestro hombre dijo que jamás devolvía el adelanto salvo que él renunciara al trabajo, aunque en este caso tal vez hiciera alguna excepción, pero que lo resolvería un poco más tarde al ver cómo terminaban las cosas.…
Los acompañó hasta el ascensor, y luego se quedó un poco más en el pasillo. Era un elevador abierto, de los antiguos, por lo que escucharía perfectamente si el matrimonio peleaba mientras descendía. Sin embargo solo escuchó una risita. La de ella. En ese mismo instante se dio cuenta que la historia no podía terminar así, sin enterarse qué fuera a pasar en la fiesta. Es que su maldita moral no alcanzaba a decidir si le devolvería una parte del dinero, o no. Seguramente ella sería fotografiada al entrar pero…para qué arriesgarse? Ya de regreso en su oficina, se sirvió el último whisky de la noche. O el primero de la mañana, porque el reloj marcaba las seis.



A la noche siguiente, el Sr. Contador y su esposa entraron a la fiesta. Ella lucía radiante, y el brillo de su sonrisa competía con el fulgor de los hermosos diamantes que llevaba puestos. Al verla, todos se olvidaron de la novia. El gobernador los recibió cálidamente y los ubicó en la mesa de Don Agostino, quien también sonreía. Nuestro detective estaba adentro del salón, confundido entre los invitados, observando. Hacía siglos iba a una fiesta, y aunque a esta no lo habían invitado, tal vez se quedara un rato. Un mozo le ofreció un martini pero él le pidió un whisky. Sus ojos se cruzaron con los de ella. Estaba lejos, pero se dio cuenta que le sonreía a él…

Apuró el trago y se decidió. Nunca, pero nunca, devolvía el dinero que recibía por adelantado. Salvo que él mismo renunciara al trabajo. Era hora de volver a casa. Bah, a la oficina.

miércoles, 3 de junio de 2009

Los diamantes son el mejor amigo de la mujer




Cuando el detective comenzó, siempre soñó con dos trabajos: una llamada femenina pidiendo ayuda en el silencio de la noche, y alguien buscando unos diamantes. Eran dos clásicos que no le pueden faltar a ningún investigador privado. El primer llamado lo había recibido, con suerte regular. Pero el segundo no, y ya tenía olvidado el asunto, preocupado por el inminente corte de luz por falta de pago.
Por eso, cuando el teléfono sonó, dudó en atender. Lo único que le faltaba era el dueño del lugar reclamando los cuatro meses de atraso. Un teléfono que no se responde es un acto de libertad que nuestro detective no estaba en condiciones de realizar.


- Se trata de unos diamantes que valen un millón de dólares. Si me lo resuelve, le doy el diez por ciento. Pero no sé si puede recibirme ahora mismo…



Eran las doce de la noche y el detective había decidido dormir en el sofá. Pero estaba desvelado y sin un centavo, así que dijo que no había problema, fingiendo algo de desinterés al responder. Media hora después estaba bebiendo whisky con el desconocido:


- Encontré su número en la guía telefónica, ¿le explico?
- Por supuesto. Cuénteme sobre la última vez que vio los diamantes.
- Los vi hace un minuto mientras subía por el ascensor. Quiero que me diga quien los dejó en mi oficina y por qué. Y que se los devuelva, naturalmente.


Si había algo poco “natural” era devolver un millón de dólares en diamantes. Le contó que era un exitoso contador, y que hace unos años se había enredado con algunos tipos pesados, pero que consiguió salir a tiempo. Eso pensaba, pero los diamantes parecían decir lo contrario. No quería, no podía esperar el paso siguiente del “benefactor”, porque no le traería nada bueno. Pensó que si demostraba iniciativa devolviendo el obsequio discretamente, resolvería su situación. Por supuesto que no tenía manera de pedir ayuda a la policía, se vería arrastrado él también por ese pasado que quería dejar atrás.
Nuestro hombre estaba algo distraído. Cien mil poderosas razones eran difíciles de desatender, pero alcanzó a preguntarle por los nombres de sus ex clientes.


-¿Agostino? ¿Victorio? Esa gente no es pesada. Esa gente es de cemento, el mismo con que despiden a sus enemigos en el fondo del río…
- Tiene razón. Por eso le pagaré más. ¿Doscientos mil le parece bien?


El detective le dijo que sí, y que su forma de trabajar era por un adelanto del 50% y el resto al terminar. Encendió el enésimo cigarrillo y se preparó otro whisky. Una hora antes estaba leyendo la intimación de la compañía de electricidad. Ahora tenía unos diamantes envueltos en un paño bordó, cien mil dólares y dos nombres, Agostino y Victorio. Puso los dólares, los diamantes y la pistola debajo del almohadón y apagó la luz. El sueño no venía. Las cien mil poderosas razones que le dio un tipo que lo sacó de la guía seguían siendo difíciles de desatender. Cuando parecía que iba a conseguir dormitar un poco, el teléfono sonó de nuevo. Se preguntó si aquella llamada femenina –la primera- no fuera la que él había imaginado. A lo mejor, sus dos sueños se producían a la vez, en una noche en que el sueño no llegaba. Se maldijo por soñar tanto y levantó el tubo del teléfono. Del otro lado de la línea, una sensual voz femenina le dijo:

- Detective, los diamantes no eran para mi marido. Eran para mí. Necesito verlo ahora mismo.
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martes, 2 de junio de 2009

Ray Van

- Pibe, te vendo los lentes…
- No, jefe.
- Son Ray Van, pibe, ¿no te parece que valgan dos pesos? Cuando te de el sol y te los pongas las chicas se van a morir por vos.
- No
- En cualquier lado valen trescientos...
- Maestro, no me interesan. Gracias.
- Después vos jugás a lo que yo juegue.
- ¿…?
- Se me terminó la plata y en la que viene tengo un caballo que no puede perder. Vos me das los dos pesos, te llevás los anteojos y encima le jugás al que te diga, es una fija y nadie la conoce más que yo. Va a pagar, mínimo, noventa y nueve por peso a ganador.
- …
- Cuántos años tenés pibe?
- Dieciocho
- ¿Y no tenés dos pesos?
- Sí, pero vine al hipódromo a mirar un rato, no quiero sus anteojos y no quiero apostar al caballo suyo, jefe.
- Pendejo, sos un pelotudo. ¡En tu puta vida vas a agarrar un caballo de noventa y nueve pesos! Te estoy pidiendo dos mangos de mierda, lo que vale un boleto de colectivo, un diario. ¡Dame dos pesos la puta que te parió! ¡Mirás el caballo al que le apuesto y ganamos los dos!
- No me putee viejo, no le doy los dos pesos.

Nunca supe si su caballo ganó porque no me dijo cual era, claro. Cuando sonó la campana de largada me seguía insultando. Y tuvo razón. En mi vida, puta o no, jamás gané en el hipódromo. Yo le hubiera dado los dos pesos. Pero no me gustó cómo me los pidió. Y las gafas eran horribles.

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Jockey uruguayo Ireneo Leguisamo junto a Carlos Gardel en el Hipódromo de Palermo (Buenos Aires, 1.930) Entre nosotros, Legui y Carlitos